Coleccionista de desastres – @sor_furcia

Sor Furcia @Sor_furcia, krakens y sirenas, Perspectivas 0 Comments

Se acerca al tocadiscos y lo pone en marcha. Mientras suenan los primeros acordes de La bohème, de Charles Aznavour, camina hacia su escritorio y se sienta. Moja la pluma en el tintero y comienza a escribir:

       “Mis primeros recuerdos se remontan al taller de mi padre. Era taxidermista. Vivíamos en el Goierri, en un caserío al sur de Gabiria. Era una construcción del siglo XVI que había pertenecido a los antepasados de mi madre y que ella, hija única, había heredado tras la muerte de mis abuelos. Allí convivíamos mis padres y yo con nuestros tres perros, las gallinas, las ovejas y Beltza, un caballo que llevaba en la familia casi tanto tiempo como mi madre. El caserío tenía dos plantas, la primera era para los animales y la segunda para los humanos; y, en uno de los laterales, había un pequeño txoko donde mi padre había establecido su guarida. Residíamos en una comunidad de cazadores así que, normalmente, no le faltaba trabajo; aunque casi siempre tenía que hacerlo bajo cuerda pues muchos de los animales que le traían para disecar pertenecían a especies protegidas.

       Y allí estaba yo, un mocoso de 5 años, tirado en el suelo entre pieles y huesos, jugando a las chapas con pequeños ojos de cristal que después adornarían las más variadas piezas de aves y mamíferos. Desde entonces me fascinan, y desde entonces estoy obsesionado con ellos. Los ojos. Todavía tengo guardados algunos de los que le robaba a mi padre, forman parte de mi colección. Pero ese fue solo el comienzo.

       Cuando crecí me mandaron a Bilbao con mi tía Gotzone, para poder ir a la universidad en Leioa. Estudié medicina. Fui “uno de los estudiantes más brillantes que ha pasado por la facultad”, tal y como me presentó el decano el día de mi graduación, cuando subí a dar el discurso de fin de carrera para mis compañeros. Con esas credenciales, como es lógico, no tardó en salirme trabajo, pero yo preferí seguir estudiando y especializarme en oftalmología (era de esperar), centrándome en cirugía oculoplástica y convirtiéndome en uno de los mejores cirujanos de España experto en enucleación con restauración orbitaria para colocación de prótesis. Y por fin sentí que había encontrado mi sitio.

       Cada vez que recibía a un paciente que necesitaba una intervención ocular reconozco que me sentía feliz. Me encantaba hacer mi trabajo. Sufría lástima por ellos, sí, pero era mucho mayor la satisfacción, lo admito. Y después, cada vez que colocaba una prótesis, me recordaba a mi padre, devolviéndole la vida a miradas que ya la habían perdido.

       Al principio nunca se me pasó por la cabeza, pero un día, después de una cirugía tras la que habíamos tenido que amputarle un ojo a una niña que tenía un maravilloso iris de color azul grisáceo, cogí aquella víscera, la observé e, instintivamente, la metí dentro de un guante de látex y me la guardé en el bolsillo. Al llegar a casa, nervioso por lo que acababa de hacer, saqué mi nueva adquisición con suma delicadeza, lo coloqué sobre mi escritorio, y lo observé hipnotizado. Fui hacia mi maletín y escudriñé en busca de un pequeño frasco lleno de formol que había cogido también a hurtadillas de mi trabajo y, con cuidado, lo metí dentro. Pasé horas mirándolo, sintiéndome entre culpable y orgulloso. Recordaba a su anterior dueña, se llamaba Maider y tenía 7 años. Había tenido un accidente y tenía tal traumatismo ocular que no habíamos podido hacer nada más que extirpárselo. Intenté imaginar qué habría visto aquella pequeña niña con él, antes de perderlo. Al cabo de un rato, cogí un papel y mi pluma y escribí una pequeña historia. Su historia. La de un ojo que había vivido muy poco pero que ya habría visto mucho. La primera historia para mi repertorio. Enrollé el papel en forma de canutillo, le coloqué una goma alrededor y lo colgué del cuello de la botella que contenía aquel trofeo de color azul.

       Esa fue la primera, pero después vinieron muchas más. Aitor, Itziar, Andoni, Leire, Maite, Naiara, Irati, Julen, Ekaitz, tumores, infecciones, inflamaciones… A todos los conocí y de todos ellos deseé sus ojos. Algunos más que otros. Reconozco que en algunos casos podría haber intentado salvarles, pero no quise. Los quería para mí. Y cada vez que conseguía uno nuevo me sentía más orgulloso.

       Sin embargo, hoy para mí es un día triste. Mientras escribo estas líneas tengo sobre mi mesa una tijera de enucleación bañada en oro puesta sobre una peana de madera donde luce una placa en la que se puede leer: “Al Doctor Goikoetxea, en reconocimiento a toda una vida de trabajo ¡Feliz jubilación!”. Toda una vida de trabajo, así es… Y, ahora que ya no tengo trabajo ¿qué significado tiene mi vida?”.

Se recuesta sobre la silla, que chirría con un sonido lastimero que hace juego con su estado de ánimo. Levanta la vista y los ve. Todos juntos, metidos en pequeños recipientes. Sus pequeños tesoros. Enrolla la carta que acaba de escribir, como tantas veces ha hecho, y la cuelga de un bote que está vacío. Coge su premio de la jubilación, arranca la tijera y comprueba que funciona. Se levanta, vuelve a poner en marcha el tocadiscos, que hace tiempo que ha dejado de sonar, y se dirige al baño dispuesto a terminar su colección.

 

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