Coleccionista de desastres – @J_eSeKa

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Quisiera poder bajar la luna, puede que me resulte más fácil que acordarme siempre de bajar la tapa del wáter. Dios sabe que se la he robado más de una vez, en alguna ocasión la regalé sin haber preguntado antes y acabé con ella como compañera de almohada, la luna me refiero, no la tapa. Como pretendía decir: quisiera poder desear bajar la luna, la tapa del wáter y escuchar a Nacho Vegas a cuatro oídos, dos sexos extasiados y sonrisa a doble boca. Quisiera cocinar a medias, pelar la cebolla para ser yo el que la llore y después ofrecer las lágrimas para ser lamidas justo antes de batir los huevos. Sí, antes de los de la tortilla también. Quisiera ser el gran asesino de todas y cada una de sus pequeñas muertes, aprenderme todos los caminos que lleven a su Roma —la de ella, quien quiera que fuese— y prenderle fuego cada vez que necesite arder. En serio, me gustaría despertar sabiendo que antes de acostarme, por muy jodido que sea el día, recibiré un “buenas noches, te quiero” y con eso todo lo demás sobraría.

Quisiera ser el fiel vagabundo que duerma en el banco de sus dudas —las de ella, quien quiera que sea, fue o sería—, el polizón sin nombre que viaja en las páginas de su diario y la voz que pone a las canciones que más le ponen. Quisiera poner mi mundo a sus pies y que estuviese hecho a medida de sus zapatos, invitar a todos y cada uno de nuestros respectivos monstruos a cenas privadas y ausentarnos, tras el postre, con la excusa de que les dedicaremos el mejor de los orgasmos de esa noche. Quisiera que, cada vez que veo a los buitres sobrevolando mi cama, pudiese pensar que al techo no le vendría mal una mano de su alegría. La de ella. Quién pudiese serlo. A ésa, quisiera verla sentada al borde del sofá, cualquier viernes por la noche, en bragas, eligiendo qué peli nos haremos el domingo por la tarde. Quisiera querer odiar cada discusión con ella, poner a hervir mi mala leche cada vez que insinúe un “¿cuándo decías que debías haber dejado de fumar?”, y desnudo, descalzo y aún sin aliento, correr tras ella cada vez que huya; y atraparla, aunque sólo sea para volver a cargar la pistola y descubrir quién es el próximo en morir o matar.

Quisiera descubrirle, sin temor, mi colección de desastres: que cada vez que me olvide de algo, acepte que es culpa de mi mala memoria, pero que eso me hace tan mal mentiroso que no me queda más remedio que ser sincero; que si alguna vez encuentra medio kilo de azúcar moreno en la basura, es porque viene en un caja y tiene una forma parecida al cous cous y más de una vez mi cabeza los ha confundido, mientras pensaba con qué verso darle los buenos días a la mañana siguiente. Que no se enfade cuando yo vaya a hacer la compra y le llame siempre para preguntarle cuál es el tipo de tampones que necesita, o que comprenda que no necesito acabar ninguna de mis novelas, porque para mí lo importante es haber descubierto en mi mente como son sus finales y poder contárselos a ella, tras uno de esos inolvidables “hacer el amor”, tumbados en el sofá con las piernas entrecruzadas, a las tantas de la mañana y con la tele puesta en Crímenes Imperfectos. Al fin y al cabo, eso son mis desastres: crímenes imperfectos que ella —quien quiera que fue, sea o pudiese ser— acabará descubriendo. Claro que quisiera tener a alguien delante de mí, mirarla a los ojos y decirle que nunca he coleccionado un desastre con esos labios y esa caída de bragas. Que estoy loco por comprobar si el color de sus ojos hace cambiar los del sol al atardecer, y decirle que sí. Que hoy, el último color del sol antes de perderse en el horizonte, no ha sido el verde porque el color de sus ojos lo ha hecho cambiar; y que ella me mire, sonría y me bese, mientras nos resguardamos de la tremenda lluvia y los relámpagos que caen esa tarde.

 

Pero lo siento, me da que hace cosa de un año, acabé con el cupo de “El más mejor amor de mi vida”, y si no me fallan las cuentas, aunque no soy gato, creo ya haber vivido siete. Y aquí paz, y después gloria. Y aquí soledad y silencio. Y aquí, entre los restos del veneno que vierto cada vez que me masturbo, yacen las únicas y verdaderas ganas de sentirme acompañado. Y aquí, entre las sombras de quien se sospecha que puedo ser, sólo se adivina un engendro de quien fui. Y por mucho que en la cuchara mezclo autoestima y esperanza, el viaje sólo da para ver los hologramas de un cuadro que jamás llegaré a pintar; quizás debería cambiar de camello, pero la sangre que resbala de entre la aguja y mi pajar, sabe tan dulce como el último del mejor beso que supe dar: lamerme las heridas es la guillotina que decapita cualquier atisbo de nueva musa. Y aquí, y ahora, y probablemente durante un número indefinido de: y mañana, la lista de mis deseos continuará apostando en una prima de riesgo emocional de dudosa fiabilidad. Y aunque muchos me crean licenciado en no sé qué, la realidad es que vuelvo a repetir 1º de Quererse, que pierdo los apuntes a diario y me echa de clase cada dos por tres, por no hacer los deberes, esa puta profesora que se hace llamar “Vida”.

Y todo esto se traduce en un: no doy para más, porque mis ganas de “estar para alguien” pierden la cobertura con mucha más facilidad que mi Smartphone, para mi mayor desgracia; porque últimamente mi inspiración solo da para escribir dos listas: una, las más llena, de café y punto; y otra con los… café y lo que surja o lo que surja y según cómo surja, igual llega para el café de buenos días; porque cada día, cuando bajo la luna, es para acostarme abrazado a ella y preguntarle, justo antes de dormirnos, si me ha vuelto hacer el favor de bajarme la tapa del wáter para que no huelan mis miserias.

 

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