Cinco minutos más – @candid_albicans

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“Los vivos eran los que no se daban cuenta de que sucedían cosas extrañas y maravillosas, porque la vida estaba demasiado llena de cosas aburridas y mundanas”

Terry Pratchett

 

Le gusta la pizza, las cosquillas, enterrarse en la arena y columpiarse hasta donde llegue el impulso para luego saltar desde el punto más alto y aterrizar intentando pisar la cabeza de su propia sombra. Yo le he visto volar, y puedo decir sin pudor que he estado tentada a hacer lo mismo que él en el columpio de al lado. Seguramente acabaría en el suelo con un esguince de tobillo, dos o tres madres ejemplares alarmadas por semejante exhibición de enajenación mental, y la dignidad descalabrada; pero creedme que daría cualquier cosa por saborear esos segundos de libertad patrocinados por la ausencia de miedo. Qué maravilla cerrar los ojos y no notar la tierra bajo mis pies, por una vez.

Él parece leerme el pensamiento mientras lo miro y se acerca con sus ojos picaruelos, sus pecas incipientes, su naricilla respingona y esa sonrisa de medio lado que provoca un pequeño hoyuelo en la comisura derecha. Los ojos le brillan de satisfacción y de curiosidad, y yo observo cómo devora con la mirada cada detalle de lo que ocurre a su alrededor sin decir una palabra. En ocasiones sonríe complacido, en otras su naricilla se arruga en un mohín de desaprobación. Y yo no puedo más que sentir una curiosidad infinita por saber qué es todo eso que él ve y que a mí se me está escapando aún teniéndolo delante de mis ojos. Es como tener una molesta telilla de esas, que no te dejan ver con nitidez. Porque llega un momento a partir del cual, como dice Pratchett, nos parece que la vida está demasiado llena de cosas aburridas y mundanas. Nos hemos cansado de mirar y hacemos nuestro camino sin detenernos a observar, porque para qué, si el objetivo es llegar a al destino deseado. Aunque, por lo menos en mi caso, no sepamos cuál es. Sin embargo, para los ojitos despiertos de un niño de cinco años la vida es una vertiginosa sucesión de cosas extrañas y maravillosas. Algo que en realidad nunca ha dejado de ser. Somos nosotros, los adultos, los que la hacemos aburrida, monótona, mundana. Yo es que es mirarlo a él y desear desaprenderlo todo para dejar que la vida me sorprenda de nuevo cada día.

De vez en cuando regala tequieros inesperados, abrazos infinitos y besos dulces de esos que dejan sabor a poco. Si le pides más es muy probable que sonría con los ojos pícaros y te diga que no. Si lo conoces bien sabrás que existe un acuerdo tácito que consiste en obsequiar con unos cuantos besos más a cambio de cosquillas. Por supuesto yo siempre cumplo el trato, y cuando ve mis manos acercarse lentamente a su cuerpecito, él comienza a revolverse y a gritar de emoción aunque no le toque. Y se ríe, se ríe mucho. Se ríe hasta caer al suelo, con los ojos llenos de esas lágrimas de la risa que siempre iluminan su mirada y mi existencia. Y yo me río con él, contagiada por esa risa que me da la vida.

Por las noches me pide que me acueste a su lado sólo cinco minutos. Él se queda dormido haciendo tirabuzones con mi pelo entre sus deditos. Yo contemplo cómo sus ojos se cierran poco a poco, mientras respiro toda la paz que durante el día no puedo o no me permito tener, agradeciendo a la vida cada minuto que a su lado se vuelve regalo. Quedándome siempre cinco minutos más.

 

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