Cierra al salir – @GraceKlimt

GraceKlimt krakens y sirenas

Hay primaveras que son como inviernos.

Inviernos de esos en que el frío se te mete en los huesos y da igual que te pongas mil capas y gorro y bufanda y guantes y abrigo y calcetines de montaña, porque se te congelan las venas y de nada sirve encender la calefacción. Que piensas que para qué bombear sangre, pudiendo bombear hielo. Que te tapas y te acurrucas en el sofá y sigues tiritando mientras nieva en el salón, y dentro de ti, en esa cavidad entre las costillas en la que se cree que un día latió un corazón caliente.

Haces frío, me dijo, y me congeló.

Quiero volver a los tiempos cálidos en los que se reía con mis manías, cuando yo le contaba que al salir del trabajo había pisado solo las baldosas rojas, que había dado dos saltitos esquivando una blanca, que si andaba hasta la siguiente esquina sin pisar los bordes tenía derecho a un deseo, que mientras tanto memorizaba matrículas, las leía de derecha a izquierda y viceversa, y sumaba los números. Cuando al fin me callaba, me hacía rabiar pidiendo que le acercase un bol de esos que guardamos en el armario más alto de la cocina, al que no llego casi ni de puntillas, y luego hacíamos el amor.

Me estoy resquebrajando, caen esquirlas.

Noto que se me pudren de golpe todas las mariposas que habitaban mi tripa, y siento unas ganas incontrolables de vomitar sus cadáveres hasta quedarme vacía. Los pájaros de mi cabeza escapan en bandada, oigo el ruido que hacen al batir sus alas huyendo del frío que me inunda. Si cierro los ojos, siento que empiezo a desmoronarme, y de mí solo queda un bloque de hielo que poco a poco se descongelará y fluirá, seré agua, y al final, nada.
Coge una mantita, y abrígate, corazón.

Empiezo a ver mis dedos tomando un tono azulado.

No sé si sabéis a que me refiero. Y miras por la ventana y joder, fuera hace sol, y la gente pasea en bicicleta, y los niños gritan en el parque, y hay chavales en camiseta de tirantes, y princesas en minifalda, y además en la tele dicen nosequé de una ola de calor procedente de África, y el termómetro digital marca 21° en la calle y 20° aquí, y sigue haciendo frío. Y temes que este puto microclima se instale para siempre en tu casa, y a ver quien coño le echa entonces, si ya se ha adueñado del mando de la tele y se ha traído el pijama y el cepillo de dientes. Y todo el mundo sabe que un cepillo de dientes ata más que un sí, quiero. Es una verdad mundialmente aceptada. Y vaya. Que no hay quien se atreva a plantarle cara al frío. No tenemos cojones. Y nos inventamos excusas de mierda para convencernos que tampoco se está tan mal con los huesos helados. Que tiene sus ventajas.

Me he cansado de ser enero.

Que yo solo quiero contarle que no he desayunado hoy, que perdí el bus ayer, que me tocó la cola lenta del súper, que esta noche volveré a cenar pizza mientras veo de nuevo Cabaret, esta vez sola, mientras él se aleja. Que he sido una buena chica y he llevado fruta para el almuerzo, que ha vuelto a salir el sol después de tanta lluvia, que estoy pensando en cortarme de nuevo el flequillo, que el grifo del baño aún gotea y el termostato no funciona bien. Que su lado de la cama no quiere abrazarme desde que él se queda en el sofá. Que los monstruos se han ido a vivir dentro de mí desde que él no los asusta.
Quiero coger un cuchillo, un hacha, un machete, una motosierra, y atravesar ese muro de hielo que le rodea. Golpear con mis puños su pecho hasta destrozarme los nudillos, como una niña enrabietada, hacerle reaccionar, gritarle que en la calle ya es abril, arrancarle el corazón y comprobar por mí misma que aún es rojo y palpita.
Quiero abrazarle y volver a entrar en calor.

Pero hago frío, me dijo.

Así que toma. Coge tus maletas, esas que llegaron cargadas de sueños y una botella de Châteauneuf-du-Pape. Yo te ayudo a llenarlas. Mete en ellas las fotos que nunca nos hicimos porque éramos demasiado felices, los orgasmos en la encimera, las risas en el cuarto de baño, los guiños de esquina a esquina de la mesa en las cenas familiares, los versos de Lope de Vega, los libros de ciencia ficción, el verano perpetuo de los tiempos en que nos comíamos con los ojos y nos devorábamos con las manos, las promesas y los parasiempres que se han vuelto paranuncas, la distancia insalvable de tu alma a la mía de esquina a esquina del sofá, los silencios que antes lo decían todo y ahora ya no dicen nada, los eres mía, me perteneces, que ya ni te pertenecen, ni son tuyos. Y no te olvides las putas canciones, por favor.

Y es que hay primaveras que son como inviernos, y hay veces que se alargan al verano, y al otoño, y se acaba viviendo en un invierno constante, infinito. Y yo no quiero ser invierno. Y no quiero un invierno eterno a mi lado. Así que puerta. Lárgate. Vete a congelar otro corazón.

Y escucha, cierra al salir. Que empiezo a calentarme. Y se escapa el calor.

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