Cerrando bares – @JokersMayCry

JokersMayCry @JokersMayCry, krakens y sirenas, Perspectivas

A la noche se le ha roto su negro corazón de relampagueantes venas y se desgañita con un ronco estertor en su quejumbrosa agonía azuzando sus lágrimas contra los cristales. Mierda, el mundo tiene tanta mierda que ningún llanto podrá purgarlo jamás y el cielo llora más de impotencia, berra desde su alto trono de desasosiego porque no sabe escupir bolas de fuego purificador, pero tampoco que todo ahí fuera ya es ceniza y el tiempo sigue impasible pasando sus frías manos lapidarias por nuestras calaveras maquilladas con una capa de piel. Y, a pesar de todo, siempre será mejor lo que haya fuera que lo esté dentro, en el interior de cada uno de nosotros retorciéndose violenta y espasmódicamente en las entrañas. No hemos venido al Betty Boop a refugiarnos de la tormenta bajo su techo con pálida luz amarillenta de bombilla que alarga nuestras ciclópeas sombras sobre las paredes del antro, hemos venido a huir, a desgarrar nuestro cuerpo de un alma a la que se aferran cien demonios que se pelean entre ellos porque no saben repartirse los siete pecados que habitan en nuestra carne. ¿Qué es un ángel? Me pregunto al ver a Morris secando charcos de alcohol derramados sobre la barra en los que navega Caronte llevándose un poco más nuestra alma al precio más alto que podemos pagar con nuestros insomnios y esa mugrienta bayeta arrugada color sepia enmarcada en nostalgia se me antoja pureza, inocencia, ensuciándose mientras el destino la arrastra a donde quiere. Inocencia, como la que perdió el Negro mientras iba siendo derrotado día a día hasta que ya no hubo primaveras de amapola ni danzarinas mariposas, únicamente veía volando las hostias que le aterrizaban en casa y más farlopa que sueños en sus bolsillos. Ahora apura su Brugal naranja mirando el fondo de la copa con el amanecer en los ojos. La Puta tampoco es un ángel ya, su luz fue envuelta en unos brazos que la sumergieron en las tinieblas de un dolor que le abrió en canal el corazón hasta desaguar la última gota de amor que poseía. También termina su Bacardí Sprite tras exhalar el humo de su última calada. La Puta y el Negro se levantan en perfecta sincronía y se despiden con unas tímidas palabras tan susurradas que son incomprensibles y un gesto de cabeza que son contestadas por Morris y por mí de las misma manera.
—Joker, es tarde —me insinúa Morris.
—¿Tarde para qué? Si nadie te espera, nunca llegas tarde.
Morris resopla malhumorado.
—Pues queda con alguien, échate novia o lo que coño sea que hace la gente para no estar metido en un bar un martes hasta estas horas.
—Morris…
—¿Qué?
—¿Por qué te empeñas en seguir llamando “bar” a este zulo?
Morris empieza a ponerse su abrigo sin dejar de mirarme de manera desafiante. No es que la simpatía sea una de sus virtudes, pero suele ser callado y no incordiar.
—¿Por qué te empeñas en venir a mamarte a un zulo en vez de a un bar?
—Buena respuesta —admito.
—No, buena pregunta —concisa.
—No, buenas noches —replico.
—Buenas noches —rezonga.
Morris desaparece tras una puerta que devuelve el fuerte ruido de la lluvia por un breve momento hasta que la puerta se cierra haciendo el mismo sonido que un disparo. Cojo la botella de Whitelabel, echo hasta el tercer hielo sin derretir de mi anterior copa y relleno con Trina de manzana. Yo tampoco soy un ángel, conozco demasiado bien el infierno, sus estrechos pasillos laberínticos recorridos una y otra vez hasta saberme de memoria por dentro, los insomnios de alas de cuervos batiéndose dentro de una almohada que juega con lo que anida en la cabeza que se apoya en ella. ¿Y tú, amor? Quizá seas lo más parecido a un ángel, con la luz floreciendo en cada una de tus sonrisas, el sueño de una noche de verano enredado en tu pelo revuelto por las gráciles yemas de las ilusiones, con la catarsis que envuelven tus besos… Un ángel, aunque caído, temblando de miedo bajo un cielo que te escupió como si fueras otra gota de lluvia más y llegaste a considerar tu nombre una blasfemia quemando en los labios.
La puerta se vuelve a abrir y asoma una oscura figura que está más cerca de ser sombra que persona, con un paraguas y un sombrero, mientras todo lo demás es negror y lluvia. No puedo evitar llamarle para mis adentros “Padre Karras”. El extraño entra y la enfermiza luz del Betty Boop desvela su auténtico aspecto. Es una chica vestida con una larga gabardina negra que ahora cierra su paraguas, lo apoya en la pared mientras el agua de lluvia resbala por él como si estuviera herido de muerte y no dejara de sangrar, se quita el sombrero liberando las lenguas de lava que forman su pelo. Se acerca clavándome su mirada color verde pantano que inunda y sumerge una ciudad al mismo tiempo que le alza un mito, y a cada paso va desabrochándose un botón de la gabardina. Tiene labios de pecado que no entienden de hacer rehenes, la piel de luna evaporada en nube y largas pestañas que no temen el precipicio de su mirada. Hablando de ángeles e infiernos, esta tía debe de ser el mismísimo puto Demonio. Suelta el último botón de la gabardina, echando los brazos para atrás, el abrigo resbala por ellos y deja caer la prenda a su espalda con soltura para después desentenderse de ella abandonándola sobre la barra. Ahora sus brazos están desnudos y exhibe un sugerente vestido negro con un escote casi tan generoso como sus tetas. Se sienta enfrente de mí y me dice con una sonrisa:
—Un café con leche, por favor.
Nadie ha pedido nunca hasta este momento semejante y estrambótico brebaje en el Betty Boop. Además, no he usado una cafetera en la vida.
—No queda café.
—¿Pero qué clase de bar es este? —Se queja.
—¡Eso le digo yo al dueño!
—¿Está el dueño? —Pregunta.
—Se acaba de ir. Bueno, hay café, pero debe de estar caducado y no he visto nunca en este tugurio una botella de leche.
—Creo que el dueño debería cambiar de camarero… por uno que no beba a las seis de la mañana nada más abrir, por ejemplo.
—¡No soy el camarero! Sólo un borracho. Esto lleva abierto desde ayer, el dueño se ha ido y me ha dejado las llaves para que cierre cuando me vaya. ¿Te vale una Coca Cola?
Ella me mira con cara extraña, frunce el ceño, gira la cabeza hacia la puerta y al final acepta:
—Vale, pero no te la pienso pagar. No trabajas aquí y la tomo sólo porque no hay lo que he pedido.
—Y porque no tienes ganas de salir otra vez con la que está cayendo —apunto.
—Sí, pero que llueva no es excusa para no pagarte la Coca Cola.
Le pongo la Coca Cola.
—¿Le puedes poner limón, por favor?
—Es gratis, no te pongas exigente —contesto.
—Es verdad —dice sonriendo de pronto.
Le echo un trago a la copa, ella hace lo mismo con su refresco. Me encuentro cómodo en este silencio que se acaba de producir, pero ella no. No sé por qué la gente se pone nerviosa guardando silencio y se obliga a socializar. El problema radica en que las personas tampoco se sienten a gusto hablando de su vida privada, así que resuelven esta situación con un proceso denominado “El tercer grado”.
—¿Y qué haces a estas horas?
—Beber —Respondo.
—Ya, ya lo veo —dice sonriendo falsamente—. Pero… ¿Por qué? Si no es mucho preguntar.
Suspiro mientras pienso qué responder. Podría contestar que es que he asesinado a alguien para que el miedo la haga callar. No, tiene toda la pinta de que preguntaría sobre el móvil, la metodología, intentaría hacer un perfil psicológico y, además, no me ayudaría a deshacerme del cadáver.
—A veces, es duro irse a la cama —respondo mientras pienso en ti, en las noches en las que te abrazaba sintiendo tu piel desnuda dando calor a la mía, estrechándote contra mí de una forma que supieras que no querría soltarte nunca.
—Sí… Entiendo…
Se revuelve en la butaca porque no sabe cómo seguir la conversación. Bebe un poco de Coca Cola de nuevo. Le facilito las cosas porque su intranquilidad me pone nervioso.
—¿Y tú, qué haces aquí?
Respira aliviada.
—No te lo vas a creer…
“Soy Lucifer y he venido a comprar tu alma” pienso.
—Soy escritora, ¿sabes? Y he venido a presentar un libro. He tenido que coger un bus que llegaba a esta hora porque había otro más tarde, pero no me hubiera dado tiempo. Así que necesi…
“Soy Lucifer y he venido a comprar tu alma” me hubiera resultado mucho más entretenido y, ante todo, breve. Debí ponerle el café caducado, no se tarda tanto en beber. No, estaría cagando en el baño durante una hora sin dejar de hablar a voces desde el otro lado de la puerta.
—…quí estoy. Soy bastante famosilla, ¿sabes?
Creo que ha intentado darse cierta humildad con el diminutivo, pero no hay manera, más que la ególatra, de decirle a alguien que eres famoso. Entonces saca de su bolso un libro y me lo enseña. En efecto, es famosa. Este libro está en todos los escaparates de las librerías.
—¿Lo has leído? Va por su quinta edición en menos de un año —me dice como teniendo la esperanza de que la conozca y que pueda ser un poco más amable con ella.
—No es una quinta edición.
Entonces me mira desafiante, aunque también sorprendida.
—Claro que lo es. Lo pone aquí, ¿ves? Quinta edición.
—Es una quinta reimpresión. Para que haya una reedición tiene que haber un cambio de portada, o una reedición en el cuerpo, aparte de tener un I.S.B.N. nuevo. Lo llaman “Quinta edición” por cuestiones comerciales. ¿Yo puedo escribir un libro, hacer una tirada de cinco, venderlos, hacer otra tirada y decir que es una segunda edición? No, pero las editoriales lo hacen para que la gente diga “¡Oh! ¡Voy a comprar este libro que va por la quinta edición” mientras al autor se le hincha el pecho de orgullo.
Se acaba de mosquear, lo noto, lo intuyo, lo sé.
—Eres uno de esos escritores fracasados que critican a los que hemos tenido éxito, ¿verdad? Pues yo no tengo la culpa de tu puta incompetencia para escribir. Te aseguro que las ediciones han sido de tiradas largas. ¿Sabes? Tengo miles de seguidores en Twitter que me leen y por eso no las van a hacer de cien libros.
—Reimpresiones, no ediciones. Y no, no sé, me tienes bloqueado. Ahora tengo unas ganas terribles de ir a tu presentación y esperar el momento de las preguntas y el debate.
Ella bebe la Coca Cola más deprisa, quiere terminar e irse. Creo que se ha imaginado que me presento borracho en su presentación y la dejo en ridículo o me vuelvo loco y la insulto. Pero la Coca Cola tiene demasiado gas para ella y no logra terminarla tan rápido como pretende. Otra vez, la necesidad de hablar, la puta necesidad de hablar:
—¿Qué me preguntarías, listillo?
—Si te has fijado en que nadie le ha prestado atención a tu libro porque no han dejado de mirarte las tetas, por ejemplo. Es broma, te preguntaría qué te llevó a publicar.
—Los escritores publicamos. ¿De qué sirve tener un libro sin publicar?
—No, los escritores escriben y publican los que pueden.
—Si eres bueno escribiendo, puedes publicar y, si no publicas, no eres un escritor. Ser escritor es un trabajo en el que estás obligado a publicar, porque entonces a ver qué diferencia hay entre un bloguero o un frustrado insatisfecho como tú de alguien con talento como yo.
—¿Ninguna? Simplemente, el incomprensible gusto de la ignorante plebe —digo sonriendo—. Si Cervantes no hubiera publicado nada en su vida y lo hubiera guardado en un cajón, no podría decirse que no dedicó su vida a escribir y, por tanto, que fue escritor.
—Normal que seas un fracasado cuando vas criticando el gusto de la gente con aires de prepotencia. Cervantes publicó porque era bueno.
Termino la copa, me sirvo otra. La Cervantes del siglo XXI, que seguro que no se ha leído el Quijote y, aun así, se atreve a decir que el manco era bueno escribiendo, me mira con estupefacción ante tal nivel de alcoholismo.
—Plebe, no gente. La he llamado plebe. Plebeyos e ignorantes responsables de que en este país haya ganado el partido político más corrupto, de que Tele5 sea líder de audiencia por sus programas de mierda, de que Van Gogh no hubiera vendido nunca un cuadro en vida o que un escritor tenga que morirse para ser valorado y que su obra sea relanzada. Y veo tu mierda de libro lleno de romanticismo adolescente y palabras puestas sin amor, líneas mutiladas a las que tienes los santos huevos de llamar versos, hablando de sufrimiento sin salpicar tu maldita sangre a quien te lee, hablando de amor sin besar al lector, hablando de infiernos cuando tus letras no queman… No eres más que una plebeya más, encumbrada por el vulgo y puesta en un trono de hojalata que crees de oro, eres el rey desnudo que el pueblo admira por las ilusorias telas que luces. Dime, ¿quién es el fracasado aquí: el alcohólico de mierda al que nadie conoce o la que prostituye la literatura en un circo abarrotado de público?
—Vete a la mierda. No sabes de qué hablas.
Me arranca el libro de las manos en un arrebato de ira, bebe un gran sorbo de Coca Cola que no logra terminar, se abrocha la gabardina, se pone el sombrero, coge su paraguas y sale a la calle mientras entra la primera luz de la alborada de una forma triste y perezosa durante el efímero instante en el que la puerta está abierta y se estrecha hasta desaparecer tras el seco golpe del portazo. Hay formas de irse que deberían ser consideradas arma de fuego. Sonrío, quizá me haya pasado… bebiendo, claro. Pienso en ti, me invade la nostalgia, eructo y creo que es hora de irme a casa. Puede que haya cerrado más bares que heridas en la vida.

 

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