Cerrado como un libro – @LaBernhardt

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Suspende porque no estudia, claro. Y porque se porta fatal, que siempre está en el pasillo, qué pena de criatura.
Suspende aunque la profesora de mates le deja un libro con los problemas resueltos, que yo no te puedo ayudar si tú no me dejas ayudarte, Manu y a él le da igual porque está harto de ese verbo que le recuerda a Cáritas y su abuelo mirando el cielo, esperando que caiga lluvia o dinero o algo. Suspende y llaman a su madre y allí está él, en Jefatura de Estudios, hola, Manu, hola, Teresa, sentaos, por favor. Y habla la psicóloga del instituto, y el jefe de estudios que cada día está más gordo. Éste no quiere estar aquí, pensará Manu. No lo dice pero se le nota en la papada; se le notan las ganas de llegar a su casa entre los pliegues de grasa. Y sonríe Manu con su ocurrencia silenciosa y lo miran y no entienden por qué coño se ríe este desastre. Y Teresa, que claro que sí, que tengo que estar más pendiente del niño y no, no, por supuesto que no, que yo no quiero que vuelva a repetir pero es que estamos pasando un mal momento, que no se imaginan cuántos problemas hay en casa… que, que, que.
Siente ganas de abrazar a su madre, que no cuentes nuestras miserias, jo, mamá. Necesita que termine esta reunión porque no soporta esas miradas comprensivas que no son más que miradas.
Está terminando este circo porque llegan las promesas; promete la psicóloga que no lo va a dejar perderse, la madre, que no lo precupará con asuntos de mayores, con su depresión, el gordo, que desde Jefatura lo ayudarán y promete Manu que sí, que también, que todo. Cuídese, Teresa. Adiós y muchas gracias por querer ayudarnos.
Manu no habla; está cerrado como un libro pero tiene tanto que contar. Sabe, por ejemplo, de qué humor amanece su madre dependiendo de la emisora que pille a las 7 y qué mal rollo si suena el Herrera ése en la cocina porque su cerebro despierta apagado, fijo.
Esos días son difíciles de pasar y se va de casa lleno de miedo porque no quiere dejarla a solas.
La última vez, en un descuido del abuelo, se tragó una caja entera de Dreprax 60.
Una movida lo del hospital y claro, el abuelo que no te preocupes, que no dejes de ir a la escuela -instituto, Elo, instituto- pues eso, como lo llamen ahora, pero no faltes, Manuel, que yo sólo no puedo con todo, hijo.
Y otro peso más que lleva en la mochila. Dicen los médicos de la espalda que salen en La Primera que los escolares no deben cargar con tanto material y Manu piensa que lo que realmente hunde son las movidas en casa. Ésas sí que pesan.
En clase no escucha a los profesores, bueno, a la de teatro sí porque habla con voz de cuento y hace que los demás se rían. A veces a él también lo hace sonreír un poco.
Los exámenes de esta mañana no le importan nada porque tiene en mente a su abuelo y es que cada día que amanece gris se acuerda de él, de lo que sufre lejos de sus frutales, de sus planticas.
Hace unos cuatro años vendió su parcela para ayudar en casa y eso, dice su madre, lo convirtió en un hombre de 200 años.
Cuando el día amanece feo, se asoma por la ventana y cierra los ojos. No sabe Manu en qué piensa y sin embargo, entiende ese libro cerrado que es su abuelo.
Suena el timbre de salida y otro día que termina sin hacer nada en el instituto.
Algunos de clase se han liado con unas de 4ºD. Él pasa porque sabe que su madre se volvió loca por culpa del amor, hostias, Manu, que es sólo un lío y poco más, le dicen pero él no quiere saber nada porque sabe que detrás del sexo puede llegar el amor y eso no. Eso nunca.
Su madre lo espera hoy, que he pensado que igual llovía y que así pasamos por el Lidl y compramos algo para cenar.
Manu sabe que cuando su madre quiere ir a comprar cuatro tonterías al super es buena señal y si no se rompe de aquí a la noche una pizza, una ensalada y tres copas de chocolate y nata pueden hacer que el mundo, en casa, vuelva a girar un poquito.
Hoy termina de comer y recoge la mesa, descansa, mamá que yo friego y luego me pongo a hacer una cosa de Lengua.
Miente porque no sabe por dónde empezar pero lee el libro cerrado que es su madre y la sabe feliz.
Al pasar por la habitación del abuelo lo ha visto asomado a la ventana. Llueve y el viejito sonríe.
Seguro que en el libro cerrado de su abuelo, un hombre de 80 años que perdió sus tierras es feliz porque, esta tarde, sus frutales beberán de ese agua.

 

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