Cartas marcadas – @Netbookk

Ricardo García @Netbookk, krakens y sirenas, Perspectivas

La vida es una partida que algunas personas juegan con las cartas marcadas. Debería haber sospechado cuando la conocí y observé que, en su muñeca izquierda llevaba tatuado un as de corazones, pero cerré los ojos, me deje arrastrar a la profundidad de su escote y perdí de vista el peligro que asomaba en su mirada.

La partida más importante la gané yo ayer, cuando la convencí de que me acompañara a la de esta noche con la sufrida excusa del productor de televisión. Apelar a la vanidad y a su ego suele ser una carta marcada que funciona. La miro ahora, subida a ese taburete, haciendo equilibrios para conservar su dignidad, con el vestido ceñido color rojo putón pegado a su cuerpo como una segunda piel y esos taconazos que le hacen un culo de infarto. Sonriendo, blandamente, a los dos matones que la flanquean, haciendo como que la protegen y engordando su soberbia con piropos baratos.

Todo esto me pasa por la cabeza justo antes de pedir dos cartas en la mano definitiva. Después de cinco horas jugando, sospecho que la partida entera se ha jugado con cartas marcadas para que nos quedáramos solos los dos, pero en esta última mano el padrino, por sorpresa, ha cambiado la baraja por una nueva.

-Me dará suerte – ha dicho, mientras el sol empezaba a asomarse por entre las tupidas cortinas del reservado, al fondo del bar de Lou. Hay mucho dinero encima de la mesa y, al levantar la vista la sorprendo mirándome, sonriendo con esa mueca torcida de desprecio que tan poco le favorece. Ella sabe que la partida es a muerte, no hay límite, quedamos el traficante y yo, pero tan sólo tengo para una última apuesta, después de poner encima de la mesa el coche y la escritura del apartamento, si quiero acabar la partida, sólo puedo jugar esta última mano hasta el final.

Dejo las cartas que acabo de ver y con mi mejor sonrisa, la que tanto le gusta, me saco el anillo de boda. Mirándola a los ojos, lo pongo encima del tapete. El rival me mira sorprendido, pero asiente por encima de los gritos de ella, que ha entendido el gesto. Un leve movimiento de la mano del capo y uno de sus amables sicarios la obliga a sentarse de nuevo en el taburete y a cerrar la boca. Ella, impotente, me taladra con una mirada furiosa, incapaz de decir nada. Nunca habría esperado esa jugada de mí, de un perdedor.

Mientras ella vuelve a subirse al taburete, el padrino baja un poco las gafas de sol para repasar su cuerpo con una mirada espesa, turbia, que no deja lugar a dudas de sus intenciones. Se las vuelve a levantar y empuja al centro de la mesa el resto de las fichas que le quedan, aceptando mi envite.

Una gota de sudor empieza a resbalar por mi nuca mientras tuerzo el gesto, quizá haya ido demasiado lejos en mi apuesta y la última mirada a los ojos inyectados en sangre de ella, es de súplica…

El anciano levanta las cartas, full de ases y reyes.

Pasan varios segundos en los cuales, el aire parece hacerse sólido a nuestro alrededor. La miro con gesto serio. Mi cara debe ser un poema cuando arrojo al centro del tapete un full de reinas y reyes. Era muy buena mano, pero no suficiente.

Las risas de los mafiosos mientras se la llevan arrastrando por la puerta de atrás, seguramente con destino a algún prostíbulo de Oriente Medio, le quitan cierta tensión al momento. Pero el capo no se mueve del sitio. Me mira fijamente unos segundos antes de quitarse las gafas de sol y ofrecerme un último whisky.

Después de un primer trago, largo y silencioso, me pregunta:

– ¿Por qué? – y me parece ver un signo de interrogación que se queda rebotando entre los cortinajes de terciopelo violeta y el humo que inunda la sala.

– Me la estaba pegando con el jardinero. Intentaron envenenarme con el zumo del desayuno mezclado con matarratas y los pillé… – le contesto apurando la copa -. El jardinero fue arrestado ayer con 200 gramos de coca en su coche. Pero si pudiera pedirle un par de favores… – me atrevo a decirle mientras me levanto.

– Me caes bien. Dime. – me contesta vaciando su vaso de un trago.

– Lo primero es que quiero que el chico recuerde su paso por la cárcel. No es mala gente y quiero que no le queden ganas de volver. Ha sido ella… quien le ha seducido. El segundo favor…

– Por ella ya no puedes hacer nada – me interrumpe.

– No era eso – le contesto sonriendo – necesito mi coche para marcharme lejos y empezar de nuevo. Pasaré por casa a coger sólo lo necesario. Todo lo demás es suyo – le digo señalando la mesa.

– Jajajjajajjaaa. ¿Ves? Me gusta tu sentido del humor – contesta el capo – Sea. – dice mientras señala a su chófer para que me deje coger las llaves del coche – Y toma esto – me dice lanzándome un fajo de billetes – lo necesitarás.

– Gracias – le digo antes de inclinarme a besarle como mandan las normas de la familia, mientras le susurro al oído – recuerdos a mi tía cuando la vea, Padrino.

– Adiós sobrino. No vuelvas por la ciudad en un tiempo y aprende la lección: nunca intentes jugar contra unas cartas marcadas.

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