Carrie – @LaBernhardt

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Carrie.

Dramatis personae:

Gaspar: tiene unos 75 años, está divorciado y es diabético. Le gustan los perros pero odia a los hombres con melena.
Esther: tiene 43 años,casada con un conductor internacional, embarazada de gemelos y con un perro.
Solo: labrador negro de 6 meses.
“Carrie”: novela de Stephen King. Editorial DeBolsillo. Séptima edición.

Acto I

(En la cocina de un piso muy modesto, suena música ochentera. Esther pela patatas en la encimera).
Si yo sabía que lo del perro no iría a ningún lado, que vas a estar más protegida cuando yo no esté, me dice. Pero qué morro tienes, Antonio, qué morro porque cuando estás, no lo atenderás y tampoco estás tanto tiempo fuera como para dejarme un perro en casa.
Si es que eres increíble. Llegaste contándome que tu hermano lo quería dar porque ellos, en el piso, no podían tenerlo, ¿y en dónde vivimos nosotros, Antonio, en un palacio?
Vamos, que lo que hizo tu hermano fue cargarte a ti con el problema. Lo de siempre.
Y ahora el problema lo tengo yo.
Lo de siempre, también.
Míralo, ahí está, en el “jardín”, ja, que me parto con tu concepto; 2 metros cuadrados de patio interior con tres plantas de albahaca para los mojitos que nunca haces y una enredadera que ya veremos la del 1º B si no acaba llamando a los municipales, joder, que no deja de crecer y ya le alcanza el tendedero.
Pues allí está el animal, que del cabreo que tengo ni nombre le he puesto. El pobre duerme entre las patas de la mesa y, oye, parece un milagro que quepa porque es grande. Pero se hace un ovillo y tan ricamente se pasa la mañana.
Me da miedo sacarlo porque tiene mucha fuerza, ¿y si me da un estirón y me hace caer, Antonio? ¿Es que no pensaste en eso, de verdad? Estoy embarazada de gemelos y ni puta idea tienes de cuánto te limita una barriga así.
Hace unos días, pasando por la puerta del banco, me vi reflejada en la cristalera y no me reconocí; soy un orco y no estás para comerte mis lágrimas mientras me intentas tocar estas tetas tan grandes y tan comestibles que se me han puesto. Te echo de menos en esas cosas, Antonio pero te quiero matar porque dime ¿y qué hago ahora yo con este animal?
Mira y ahora ladra. Lo que me faltaba, como si supiera que estoy hablando de él.
Ay, Antonio, cuándo dejarás de querer arreglarme la vida complicándomela.
No te lo he dicho pero ayer mismo puse un anuncio en MilAnuncios; voy a dar al perro. Me llamó un señor de Alicante, dice que vive en piso, también, pero que le encantan los labradores y que necesita compañía. Creo que este perro también la necesita. Le dije que sí pero que viniera él a recogerlo y ya sé lo que estás pensando, “eso, Esther: ábrele la puerta a un desconocido, que entre en casa, ponle un café y que luego, en las noticias, digan que era un tipo normal pero que se demenció justo en nuestra casa y te mató”, como si te estuviera escuchando. Y mira lo que te digo, que me da igual ya todo, que no entiendo de psicópatas pero que no puedo más con tanta puerta cerrada: el perro en tu patio, yo que no encuentro curro, las deudas que nos comen, tú siempre fuera, Antonio.
Y hoy hablando sola, siempre.
Llaman a la puerta, debe ser este hombre. Cruza los dedos pero no sueltes el volante, que te quiero vivo.

Acto II

(Tocan a la puerta. Aparece Gaspar. Esther lo mira con sorpresa; no lo imaginaba tan mayor)
—Buenos días, soy Gaspar.
—Buenos días, encantada, Esther. Por favor, pase, sí, sí. A la cocina, el perro está en el patio interior.
—No ladra, eso es bueno, ¿a que sí? Creo que es bueno, o eso me ha dicho una de mis sobrinas. La que está en una protectora o algo así. Tiene dos perros y un gato en casa, una loca de los animales. Ella me ha dicho que vivir, los perros viven donde sea pero convivir en un piso, si ladran, ya es más difícil.
—Pues sí, eso debe ser cierto. Yo es que nunca he tenido animales en casa y ahora mire en qué mal momento me ha traído mi marido uno.

(Esther abre la puerta del patio interior y el perro, muy excitado, entra en casa. Saluda a Gaspar, a ella, se va a hacer su ronda por el piso)

—Oiga, qué energía tiene y qué preciosidad.
—Lo que yo le comenté; que no puedo con él. No estoy para mucho ahora y para menos dentro de dos meses. Veremos cómo me apaño criando a dos.
—¿No me diga? ¿Gemelos? Yo también lo soy. Mi otra mitad, que no somos hermanos digan lo que le digan; que los gemelos somos mitades de un mismo ser, algo especial, Esther… lo que le decía, que mi mitad falleció hace ya 15 años. No me he repuesto, ¿sabe?, porque una parte de mí se me murió también y no he vuelto a ser el Gaspar de antes.
—Cuánto lo siento, de verdad, ¿un café?
(Gaspar recorre la cocina, quiere llamar al perro pero se da cuenta de que no sabe cómo se llama, se vuelve hacia Esther, que está metiendo una cápsula a la máquina)
-Sí, sí, uno largo, por favor, oiga, que no sé cómo se llama el perro, que igual me lo dijo pero es que soy un desastre…
—No tiene nombre (Esther le ofrece la taza), ¿azúcar?, ¿sacarina?
—No, nada, soy diabético. Hace años que me acostumbré a tomarlo solo y a la sacarina no puedo ni olerla.
(Se escucha un estruendo; algo de cristal se ha caído. Entra el perro en la cocina, Esther huele, molesta y resopla, se ha cagado en el pasillo)
—Vaya, vaya contigo, que además de revolucionar la casa, la ensucias, pues habrá que ponerte un nombre, ¿y si te llamo Solo? ¿Qué me dice, Esther, le gusta el nombre?
(Esther ha desaparecido de la escena; se la escucha llorar quedamente. Recoge los cristales. Ruidos de fregona, escurriéndose)

Acto III

—Perdone, Gaspar, no lo he escuchado (entra nuevamente, visiblemente afectada. Lleva un marco roto. Se suena los mocos. Se sienta en la mesa de la cocina. Allí está Gaspar con Solo)
—Mujer, pero no me llore, que todo tiene arreglo en esta vida, mire, que yo me llevo a Solo, que va a ser muy feliz conmigo y yo con él, a ver, déjeme ver eso que lleva en la mano, que no se corte.
Vaya, qué pintas el de la foto, su marido, imagino (Gaspar se ríe con ganas y Esther, comienza de nuevo a llorar) mire que a mí los hombres con el pelo largo nunca me han gustado, de verdad que no, y no lo digo por si parecen mariquitas, que usted no sabe pero mi mayor es marica, bueno, gay. Que él me dice que diga gay. Pero que lo de los pelos largos no lo entiendo yo.
(Esther ha dejado de llorar y lo escucha, atenta)
Le voy a contar una cosa para que se ría, verá: yo soy ya viejo, que en agosto me caen 77, y la cosa es que, igual se acuerda usted, hace muchos años había un grupo de melenudos de no sé dónde pero a mí me recordaban a una panda de vikingos maricas, y que mi hijo me perdone pero es que me llevaban unas pintas, no sé, que se puso de moda la música ésa…
—Música heavy, ya los recuerdo, creo que se llamaban Europe (Esther sonríe)
—Pues mi segunda hija se hizo novia de uno de esos que llevaban esas pintas. Creo que también era músico, creo. Yo no sabía que eran novios, qué iba a saber de esas cosas yo, si no me he enterado ni de criar ni de educar a mis cuatro chiquillos…la cosa es que un domingo que yo bajaba a por el pan me veo a mi Gema hecha un lío con otra chica; bueno, la chica que llevaba el pelo por la cintura, tan rubia como mi hija, que se la comía, oiga, y a mí me dio un dolor aquí en el pecho y que me moría en mi portería. Y no pensaba en otra cosa que en mi Juana, que hacía 3 meses me había dicho lo de mi hijo mariquita y ahora, me tocaba decirle a mí que mi Gema era marica pero con las mujeres.
(Esther se ríe)
—Lesbiana, Gaspar, ay, perdone que me ría… ¿pilló a su hija con una chica en el rellano de su portería?
—Eso creía yo pero resultó que cuando llegó la ambulancia, que de verdad que me dio un mal dolor en el costado, era un hombre melenudo, como los del grupo ese que dice usted.
(Se ríen los dos. Esther busca su móvil en el bolso y busca algo en él)
—Éstos son los que decía usted, ¿verdad? Mi marido se quedó en aquella época, me parece a mí, porque las melenas no se las corta ni Dios.
(Gaspar sonríe, mira hacia el suelo. Solo se ha dormido)
—Esther, ¿eso que tiene en el aparador es un libro, hija?
—Ah, sí, es que se nos cae la casa a trozos y busqué algo para evitar que se me cayera el mueble. Ya sé que no está bien pero…
—Muchacha, pues claro que no está bien, pero si es “Carrie”… ¿no lo ha leído? Virgen santa, qué manera de sufrir con este tipo, Stephen King se llama pero que no lo pronuncio bien, ¿eh? Solo le digo que con este libro y con otro de un pueblo lleno de vampiros… ¿cómo se llamaba? ah, sí, El misterio de Salem Lot, creo… uf, qué manera de pasar miedo. Mujer, yo la ayudo a quitar ese libro de ahí, le calzo el aparador con otra cosa pero no me tenga una historia de terror puesta de cuña, Esther.
(Mueven el mueble, Esther trae del patio un ladrillo, Gaspar lo calza. Solo se despierta y empieza a ponerse nervioso)
—Creo que nos tenemos que ir ya, moza. Tu perro va a estar en buenas manos, te lo aseguro
(Esther llora)
—Gracias, Gaspar, de verdad que gracias por hoy. Sé que Solo estará siempre acompañado. Mándeme fotos, por favor.
—¿No quieres leer el libro? (le tiende “Carrie”)
—Si es de miedo, mejor que no. Lléveselo usted también, que hoy lo ha salvado de vivir debajo de un armario de cocina.
—Anda ya, a ver quién salva a quién.
(Se abrazan. Solo ladra. Gaspar lo lleva de la correa. Esther se queda en la cocina, sola)
Ay, Antonio, a ver cómo te explico yo que hoy todos somos un poco más felices.

 

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