Camino a la cumbre – @ZayasTruelove

Jesús Zayas @ZayasTruelove, Colaboraciones, krakens y sirenas, Perspectivas

Sabría encontrar tu mano aunque

estuviéramos en la más completa oscuridad.

I.

Corrían los años 20 y estábamos disfrutando de la época dorada de un París vivo y resplandeciente. No había nada que pudiera con nosotros; todo era alcohol, fiestas, risas, trajes caros, sexo, música y diversión. Las noches se prolongaban hasta el amanecer, y caía el sol con una copa del mejor champagne de la zona borboteando sobre nuestras delicadas manos de escritores.

El joven Hemingway y yo establecimos una fuerte amistad el verano anterior cuando veraneábamos en la costa de Nápoles, intentando evadirnos de tanta multitud, para dar rienda suelta a los sentimientos más puros y recónditos de nuestro corazón. Esas semanas intercambiamos todo tipo de conocimientos; gustos musicales, letras, largos poemas y textos, vitalidad y ganas de vivir… En ese momento éramos dos jóvenes de veintipocos con ganas de comernos el mundo, con ansias de poder conocer todo lo que la vida podía ofrecernos, queríamos crear magia en forma de palabras y conquistar el corazón del universo.

Tras volver a encontrarnos una noche en una de las múltiples fiestas de la capital, beber mucho hasta embriagar nuestros sentidos y deambular con fantasías, decidimos hacer un viaje a África, a encontrarnos a nosotros mismos en Tanzania, con el objetivo de experimentar todo tipo de sensaciones alcanzando la cima del Kilimanjaro. El joven Hemingway era docto en este tipo de aventuras y travesías, pero para mi era la primera experiencia tan extrema, fuera de conseguir llegar a mi cama cada noche embriagado, luchando por poder conciliar el sueño.

II.

Dicho esto, realizamos un largo viaje de muchos días hasta la base de la montaña solitaria. La primera impresión que tuve cuando estuve ante ella fue de sobrecogimiento, nunca me había sentido tan pequeño respecto a algo, nunca en la vida me había sentido tan inseguro como ante aquel gigante escarpado de cima blanca como el marfil. Tragué saliva y amarré fuerte mi mochila a la espalda para comenzar el duro ascenso que iba a llevar largos y duros días de frío y soledad.

En mi mente, miles de palabras comenzaban a brotar, nuevas sensaciones y sentimientos. Eso era lo que tanto tiempo llevaba buscando, esa experiencia nueva para mi que sacara los miedos y la alegría.

La primera noche la pasamos compartiendo café e historias como acostumbrábamos a hacer a menudo, recitando y citando a antiguos escritores de épocas pasadas, con la idea de que algún día dos jóvenes insensatos recitasen brindando por la alegría todas la palabras y poemas que íbamos a crear en este viaje. El color oscuro del café se transformó con las horas en el ámbar del whisky escocés que había guardado en mi mochila antes de partir, para poder sobrellevar las noches frías y oscuras lejos de casa.

III.

Pobres nosotros, no sabíamos lo que nos deparaban los próximos días de ascenso. Las siguientes jornadas fueron duras pero las superamos con éxito, viendo cada vez más de cerca la ansiada cima, nuestro trofeo, el santo grial del viaje. El último día, cuando teníamos previsto alcanzar el objetivo empezamos a celebrar la victoria con la última botella de nuestro elixir favorito, embriagando nuestros sentidos y dejando paso a la inconsciencia que llevaría a mi buen amigo Ernest a confiarse, perdiendo el respeto a la gran montaña y subiendo sin tener en cuenta las medidas de seguridad. Ese 10 de octubre de 1925, con tan sólo 26 años, mi gran compañero pasaría a la historia cayendo por una grieta helada a pocas horas de alcanzar la cima, perdiéndose en el olvido, sin llegar a ser ese mítico escritor con el que tantas veces soñó despierto.

En ese momento me sentí perdido, aislado y con miedo. El miedo se apoderó de mi cuerpo y no pude moverme durante horas. Los miembros se me entumecieron y perdí el sentido de la realidad. La muerte nos había alcanzado y ahora iba a por mí, la gran guadaña estaba sobre cuello y quería llevarme con ella para dejar este mundo.

¿Qué pudo pasar en ese momento que recuperé el sentido, me invadió calor y me cuerpo se llenó de energías?

Estaba ascendiendo a marchas forzadas hacia la cumbre de mi gran enemigo, ese monte que se había llevado a mi compañero de viaje. Pero no iba a permitirlo; sentía la necesidad de subir y subir, el frío desaparecía y únicamente podía pensar el alcanzar la cima del mundo. Mi obsesión llego hasta tal punto que a medida que daba un paso y estaba más cerca mi destino, veía luz en lo alto de la cima, cada vez más y más fuerte. El resplandor se transformó en un haz de luz insoportable para mis ojos que me cegó por un momento y me hizo caer de rodillas sobre la nieve cuando alcancé la cumbre. No podía ver nada, únicamente escuchaba el sonido del silencio del viento… y una respiración, pero no era la mía. Era imposible, había llegado sólo y no había nadie allí. El terror se apoderó de mi cuerpo de nuevo e intenté abrir los ojos con todas mis fuerzas para poder contemplar lo que allí estaba sucediendo. Al final pude ver.

IV.

En el punto más alto de la montaña me pude ver dos tronos, y en ambos estaba yo. Que terror, no era posible, esta situación parecía fruto de la locura, pero no, era completamente real. Ahí estaba yo, dos cuerpos como el mío, sentados uno en cada trono. En el derecho, me vi a mi mismo, congelado y encogido, con los brazos forzados y la mirada fija hacia el cielo. En el izquierdo, me vi a mi mismo de nuevo, pero estaba sonriendo, las mejillas sonrojadas y con un traje de terciopelo azul impecable, sosteniendo una copa de vino con la mano señalando hacía mi.

En ese momento, mi otro yo sonrió de nuevo, y con voz templada me dijo:

— ¿Cara o cruz? El mundo es tuyo.

[ Para los amantes de la música, he aquí un sentimiento – Civil War – Guns N’ Roses ]

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