Cállate, tenemos que hablar – @GraceKlimt + @_soloB + @candid_albicans

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Es domingo. Un domingo de Mayo. El reloj de la estación marca las 7:43h. Parece que acabo de despertar. No sé cómo he llegado aquí. Pero me encuentro en el andén de una estación de tren a 325 kilómetros de mi ciudad. Estoy semidesnuda. Solo llevo las bragas y una camiseta medio rota de tirantes. Voy al baño. Tengo el rímel corrido y la cara desencajada. Lo último que recuerdo es la voz que me gritaba «Corre, coge ese tren. Huye. No mires lo que está pasando en tu cuarto». Y yo, he obedecido. Cuando ellos me hablan así no puedo negarme. Me ordenan. No puedo controlarlo. Me persiguen.

3…2….1… ¡Bang! Explosión en mi cabeza.

Mario está a mi lado, no sé desde hace cuanto. Me monta en el coche y nos dirigimos al Sur. Duermo. Cierro mis ojos. Entro en estado onírico. Bien. Ahí nadie me habla.

Me despierto sola en el coche, aturdida. El reloj marca las 09:36h. Estamos parados en el arcén de una carretera secundaria y no veo a Mario. Un velo de sudor frío perla mi rostro y siento náuseas. Me abrazo el vientre mientras salgo a que me dé el aire.
—Has dejado de tomar la medicación, ¿verdad, pequeña?—
Me giro y lo veo apoyado en el maletero, fumando. Ni siquiera me mira mientras habla. No distingo en su tono la preocupación del reproche y mi cabeza da vueltas. El miedo me atenaza. Es una sensación que ya he experimentado antes. Y la náusea vuelve.
—Contéstame.—
—¿Por qué no tengo ropa, Mario? ¿Qué hacía en aquella estación?—
—Contéstame, hija de puta.—
Se gira para mirarme. Empiezo a temblar.

3… 2… 1… Mi cabeza estalla en rojo y negro.

Las voces siseantes como serpientes vuelven, enredándose en mi pelo y alrededor de mi garganta. «Te va a matar. Él también quiere matarte. Es como los otros».

Correr, correr, no parar, correr, no hay dolor, correr, correr, correr. Me centro en esa especie de mantra y no sé si llevo huyendo minutos, horas o días. Y de pronto, no sé de qué huyo. Ni dónde.

Me duelen los pies. Miro hacia abajo y me encuentro cara a cara con mis uñas pintadas de rojo. Ni siquiera me había dado cuenta que estoy descalza. El reloj. El reloj sí lo tengo. Las 10:09h, dicen los números digitales. Estoy helada de frío, perdida, y muerta de miedo. Pero soy libre. Y esa idea se va abriendo paso en mi cabeza y me hace reír. Es como si toda la vida la hubiese pasado encerrada como un pájaro en una jaula de barrotes de oro, y un día al despertar y batir las alas, la jaula hubiese desaparecido. Me siento en el suelo, y algo helado acaricia mi muslo desnudo. El filo de una navaja me sonríe. ¿De dónde ha salido? «Es tuya, Elisa. No te hagas la tonta. Agárrala y sigue corriendo. No pares. Vienen a por ti. No eres libre. Aún no».

3… 2… 1… En mi cabeza retumba la bomba. Y corro.

El reloj que está en mi mesilla junto a la cama marcaba las 3:03h de la madrugada. Cada noche me despertaba a la misma hora. Eran ellos. Me hablaban. No me dejaban dormir. Me dijeron que tomara el tren de las 3:33h. Mario llegaría de trabajar a las 6:13h. «Corre Elisa. Va a violarte en cuanto llegue. Y tú ya te has follado al que duerme ahora a tu lado. Duerme plácido. En tu cama bañada de sangre. Mario solo quiere violarte y pegarte una y otra vez. Noche tras noche. Mírate. Has dejado casi todo el maquillaje en la almohada. Llegas de fiesta extasiada, puesta de coca hasta arriba. En menos de 3 horas viene. Huye. Vete donde no te encuentre».

Salí en bragas. El cadáver de ese tío era lo de menos. Se me enganchó la camiseta con la manilla de la puerta del portal. Rasgadura en el lado izquierdo. Media camiseta rota. Corrí por las calles y sus voces no cesaban de gritar. Luces de colores fosforitas me cegaban cada vez que parpadeaban mis ojos. Entré acelerada en la estación y nada más abrirse la puerta del tren, me colé. No tenía billete. Ni dinero. Ni tiempo que perder. Mi respiración era entrecortada. Mis ojos apuntaron a mis manos, manchadas de sangre. Uno más, uno menos. Todo daba igual, pero nada era lo mismo.

3… 2… 1… Vuelvo al presente. Sigo corriendo.

Deja de lamentarte de una puta vez. Mírate. Estás viva, pero, ¿por cuánto tiempo? Tarde o temprano te darán caza”.

Estoy empapada en sudor. Me seco la cara con el dorso de la mano ensangrentada que sujeta mi navaja. Todo a mi alrededor da vueltas. Me arrodillo en el suelo, agotada, sedienta, intentando ignorar las imágenes que acuden a mi cabeza una y otra vez. Mario acercándose. Sus dedos deslizándose dentro de mis bragas, su lengua recorriendo mi cara. Su polla empujándome.
—¿Qué pasa, no te gusta? Me pones cachondísimo cuando haces locuras, hija de puta.—
Pero las voces chillaban, no querían que le escuchase e intentaban advertirme. “Quiere matarte. Sálvate. No dejes que te haga daño. Hazlo. Ahora”. Intenté soltarme de su abrazo, pero él me giró, me bajó las bragas y continuó hablándome al oído. No lo oía. Sólo los oía a ellos. “Te violará y luego te dará de hostias hasta matarte”. De la mano que abrazaba mi cintura surgió la navaja con la que había matado a aquel pobre infeliz en mi cama. Me giré y seccioné su cuello en un acto de supervivencia.

3… 2… 1… Ya no sé ni quién soy. Suenan sirenas, me acorralan. Mi cabeza explota. Me derrumbo.

Es martes. Un martes de junio. Todo es blanco. Los pasos por el pasillo me dicen que son las 8:00h en punto. Estoy a salvo. Llevo aquí 36 días. Todo es blanco. Blanco. Blanco. Blanco. El mundo es blanco. Y yo estoy a salvo. Los pasos se acercan. Traen las pastillas. Estoy a salvo, todo es blanco, estoy a salvo. Lo repito sin parar. Blanco, blanco, blanco, estoy a salvo, estoy a salvo, todo es blanco.

3… 2… 1… Suena en mi cabeza. Explota el rojo.

«Cállate, Elisa. Cállate. Cállate de una puta vez y escucha. Tenemos que hablar. No te las tomes, ellos también quieren matarte, como todos. Como Mario. Tienes que hacer algo». La puerta se abre. Ataco.

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