Callar a pleno pulmón – @tearsinrain_

Tearsinrain @tearsinrain_, krakens y sirenas, Perspectivas

Un pueblecito de la provincia de Girona, en la Costa Brava, en el Cap de Creus. Jueves, 17 de agosto de 2017. Recibo un WhatsApp de un familiar, de esos que son familiares políticos, una chica joven: “atentado en Barcelona, en la Rambla una furgoneta ha embestido a todo el mundo, hay un muerto”.

Es el primer mensaje de muchos. Tengo familia y amigos en Barcelona. Nací en Barcelona. Adoro Barcelona, aunque ya no vivo allí. Ponemos las noticias. Efectivamente, después de Londres, Bruselas, Berlín… Le ha tocado a Barcelona. Alguien que cree que le esperan vírgenes en un harén (o no, espera, que quizá sea algo más complicado que esto) se ha subido a una furgoneta alquilada, ha conducido por el centro de Barcelona y al llegar a la Rambla que lleva el nombre de la ciudad, ha subido por la calzada central, ha acelerado y haciendo eses ha empezado a atropellar gente hasta que se ha parado donde está el mosaico de Joan Miró. Una vez allí ha salido corriendo. Llegan rumores de que se ha atrincherado en una tienda o un bar, con algún rehén. No se sabe cuántos muertos hay, ni cuántos heridos. Es agosto, Barcelona es una de las ciudades más turísticas de Europa y del mundo. Es una ciudad encantadora, llena de arquitectura para sacarse los ojos y dejarlos allí observando unos días, llena de rincones poéticos y de espacios culturales. Y la Rambla es emblemática, por su historia, por su literatura, por su comercio, por su belleza. La estatua de Colón señalando hacia algún lugar pero no hacia América, al final de todo, bajando. Como casi cada día, pero más en agosto, estaba a reventar de turistas: norteamericanos, asiáticos, europeos, sudamericanos, australianos, africanos y de tantas nacionalidades como uno quiera imaginar o pueda recordar. Gente que paseaba, que miraba los quioscos de flores y de suvenires (hace tiempo se prohibió la venta de animales allí, antes había loros, hámsteres, conejos de indias, periquitos).

Mi hermano, de viaje de novios en Estados Unidos, también se ha enterado, han parado en un local del Death Valley y allí las noticias están a tope. Toda Europa, todo el mundo, habla del atentado. Damos por hecho que es un atentando, por el modus operandi, antes de saberlo. Llegan mensajes de amigos y conocidos que estaban algo cerca: “de repente la gente ha empezado a correr por todas partes” o “han llegado muchos coches de policía y han cortado todas las calles”. Pero lo peor no tarda: vídeos de heridos, de muertos, de gente llorando, de conmocionados que todavía no entienden qué cojones ha pasado, de los que corren por calles del Gótico y el Rabal, asustados. Uno especialmente demoledor, de dos minutos: alguien que se ha paseado por las Ramblas y ha ido filmando con su móvil lo que veía: sangre, gente tirada, una niña, policías y bomberos y ambulancias ayudando y él ahí, filmando, hasta que un policía le echa del lugar. Pienso en lo hijo de puta que hay que ser para no estar ayudando y que lo primero que se te ocurra sea colgar un puto vídeo en las redes. ¿Por qué enfermedad mental de la sociedad moderna este individuo no se ha detenido a socorrer a las víctimas, a abrazar a los que lloran, a echar un cable a los cuerpos de seguridad y sanidad?

La cifra de muertos sube de repente a 13. De 1 a 13. Hay un niño de tres años y su tío abuelo entre las víctimas. La policía pide por las redes que no se difundan imágenes. Nos salvamos como especie por la cantidad de gente que se arremanga y que se mancha de sangre en pos de los heridos y asustados. Nos salvamos como especie por la cantidad de mensajes de solidaridad solapando los mensajes fascistas, racistas, xenófobos, demagógicos, asquerosos, politizados, aprovechados, vomitivos. Gente que ofrece ayuda, que ofrece su local para que se refugien los que huían mientras pasa todo: bares, restaurantes, bibliotecas, salas de exposiciones, donde turistas y no turistas se quedan allí, consternados, esperando.

Mis hijos ven las noticias conmigo y en un momento de especial conmoción decido apartarles de esas imágenes. Les protejo. ¿Les protejo? ¿Cómo se lo cuento? Explicarles el hecho es una narración simple, uno lo entenderá, el otro todavía no. Pero cómo les cuento el por qué, ese es el tema. ¿Les digo que es un loco, un pirado, un trastornado? ¿Lo es? ¿Les cuento que es producto de un sinfín de cosas que se remontan al invento de la religión? ¿Les explico que es el resultado de unos malos contra unos buenos? ¿Les digo que es política? No, todo serían medias verdades y las medias verdades no dejan de ser medias mentiras. No hace demasiado mi hijo pequeño, al pasar cerca de un grupo de inmigrantes que charlaban en la portería de una casa, dejó caer que los «negritos» huelen mal. Le pregunté de dónde lo había sacado y respondió que se lo dijo otro de la clase. Le contesté que eso era mentira, porque lo es, y que no quería que volviera a decir este tipo de cosas. Hubo un discurso pedagógico que voy a ahorrarme aquí.  Me vienen y me vinieron en mente todas aquellas frases creadas desde la incomprensión, la ignorancia y el odio: “los moros están ahí sin hacer nada”, “vienen a quitarnos el trabajo”, “se llevan todo de servicios sociales y después van con móviles de última generación”. ¿Y tú, bocazas de mierda? El odio, el odio es la razón de todo, y el odio nace de la ignorancia, de la necesidad de culpar a alguien por lo que a ti, a TI te pasa. El odio es miedo. Cobardes. Claro, suben todos de África a jodernos porque allí se aburrían, no por las guerras, las sequías, la pobreza, el hambre. Claro, todos pegan a sus mujeres. Aquí eso no pasa, qué va, somos todos cojonudos amparados durante siglos en una religión que exterminó razas, que dijo que los negros no tenían alma y alimentó la esclavitud, que se ha servido de dictaduras toda la vida para alimentarse, que ha explotado al pueblo, que se ha enriquecido, que ha provocado guerras, que ha dicho más mentiras que verdades.

Pero no sigamos por ahí. Poco después, un coche se salta un control de los Mossos en la Diagonal, embiste a una agente y los demás disparan y matan al conductor. Y resulta que la explosión de la noche anterior en un piso de Alcanar es resultado de la misma célula, les salió mal el Plan A y pasaron al B. Estado Islámico reivindica el atentado. Hay una segunda furgoneta en Vic, abandonada. Un detenido en Ripoll. Y por la noche, en Cambrils, cuatro individuos con cinturones de explosivos que resultaron ser de mentira se saltan otro control policial y empiezan a apuñalar a gente por la calle hasta que la policía los abate a tiros. Al final, sin contar a los perpetradores de los atentados (¿no cuentan, no son personas, los soldados de las guerras sí y ellos no?) hay quince muertos, cientos de heridos, entre ellos quince muy graves. Heridos de más de 47 nacionalidades, creo que leí. Barcelona, capital del turismo.

¿Turismofobia? No, no saquemos las cosas de contexto. De lo que se quejan muchos ciudadanos de Barcelona es que hace muchos años que la política se ha destinado a potenciar el turismo, que ha llegado a límites para algunos intolerables, que se prioriza la construcción de hoteles a otras cosas para la ciudadanía, que los precios están por las nubes debido al turismo. No es turismofobia, bienvenidos los turistas, pero todo con cierta moderación, con respeto y sin convertirnos en un parque temático.

¿Islamismo? Los ingleses, ya americanos, cuando se cargaron casi por completo las civilizaciones indígenas en américa del norte, decían que “el único indio bueno es el indio muerto”. Antes todas las películas del Oeste nos enseñaban a bárbaros diciendo “Hau” y a americanos rubios y guapos defendiendo el honor, la valentía, la tradición. Hicieron lo mismo en Vietnam y, antes, durante la Guerra Fría. Los malos son los otros. La historia la escriben los vencedores. Claro, el Islam es malo de cojones. El Corán es machista. ¿La Biblia no? ¿La habéis leído? Deja a la mujer por los suelos, esclava del hombre, productora de niños, es la mala en todo lo que ocurre, hay que mantenerla a raya. El islamismo es radical, provoca la violencia. Aquí no, somos todos buenos, George Bush hijo era un ex alcohólico y fanático religioso que hizo una guerra por petróleo y por religión. Las Azores, he is my friend, ¿remember? No había armas de destrucción masiva, pero da igual. En el documental algo panfletario de Farenheit 9/11 (Michael Moore, 2004), se nos mostraba los negocios del mundo occidental con el Oriente Medio, como la CIA instruía a los soldados del Islam y luego bombardeaban escuelas, hospitales y pueblos de sus países y claro, ahora están algo enfadados; y como se hacían negocios con los mismos países que consideramos culpables de todo, alimentamos a los gobernantes, les vendemos armas.

Sí, de acuerdo. Una de las críticas que recibió la película El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972) fue que parecía justificar y encumbrar a la Mafia. Yo no estoy justificando a nadie, claro que no. El atentado en Barcelona me conmocionó y me conmovió, como los que hubo en París y en otras ciudades del mundo, como el de las torres gemelas en Nueva York. Eso no debería pasar, nada lo justifica, todo tipo de violencia merece la condena más grande que existe. Toda. Asimov dijo que “la violencia es el último recurso de los incompetentes”, porque los competentes tienen más recursos y no necesitan recurrir a ella. Pero vendemos armas a todos esos países, sí, nosotros, y nuestros bancos invierten en fábricas de armas. Ponemos dictadores y luego los quitamos, cuando nos molestan, cuando ya no son nuestros amigos ni velan por nuestros intereses. Europa colonizó África y la explotó hasta convertirla en una miseria y luego la abandonó a su suerte. Europa, Estados Unidos y Rusia podrían parar la guerra del Líbano, podían haber detenido la de Siria, pero no lo hacen. Ponemos vallas de espino, muros, pero defendemos una roca de mierda llamada Perejil, dejamos a miles y miles de refugiados en campos con tiendas de campaña y decimos que no podemos absorberlos.

A los que atentaron en Barcelona (llena de catalanes que se les ocurre poner “Fleca” en lugar de “Panadería”, qué se han pensado, llena de independentistas-nazis-separatistas, claro, porque los catalanes ponemos a gente en campos de concentración y los rociamos con gas, y hemos invadido Polonia y Francia y la República Checa) hay que condenarlos y los condeno. Pero nadie llega al final de un camino sin haber andado, y en lugar de ahora tirarles bombas e insultar y el ojo por ojo, quizá deberíamos preguntarnos qué flores silvestres hemos pisado para llegar hasta este jardín.

Felicito a los policías, los bomberos y los equipos médicos por su trabajo. Felicito a  muchos ciudadanos y ciudadanas que ayudaron, virtual y presencialmente y a la respuesta en general cívica y razonable de la mayoría. Felicito a los medios de comunicación que tuvieron respeto, que no pusieron fotos escabrosas ni titulares sensacionalistas, que por la radio o la televisión nos explicaban lo qué pasaba. Felicito a todos los que gritaron “NO TINC POR” la mañana siguiente. Felicito a los políticos que han sabido estar a la altura –no todos– y no mezclar uvas con peras e intentar beberse el zumo.

Condeno a los que cometieron el atentado. Condeno a los que les convencieron de hacerlo. Condeno a los que mandan en sus países de forma dictatorial. Condeno a los que grabaron las escenas para difundirlas por las redes antes que ayudar. Condeno a los que dicen que todos los moros, todo el islamismo, es malo. Condeno a los que ahora se escandalizan, pero permiten que pase. Condeno a los que interpretan la religión por el lado que no es. Condeno a los que aprovechan que se rompe el huevo para mojar pan. Y condeno a los que no hacen nada, porque callarlo, aunque sea a pleno pulmón, es lo mismo que no hacer nada.

Esta noche han abatido al conductor de la furgoneta.

Y me quedo corto, y seguramente me equivoco, y lo más probable es que no sea así o sea así, pero de otra forma.

 

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