Buscando la salida en la habitación sin puertas – @candid_albicans + @GraceKlimt

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Me gusta subir al acantilado a cruzar el océano con la mirada, a huír de los límites de la ciudad, a comprobar que efectivamente existe un mundo que se extiende más allá de los barrotes de mi mente. Me gusta cerrar los ojos, respirar tan hondo que duela, y dejar que el viento azote mi cara y enmarañe mi pelo impregnándolo en el salitre que desprenden las olas que rompen a mis pies.
A veces también grito, aunque no ha sido fácil conseguirlo. Al principio era el miedo el que me contenía. El miedo a que alguien me estuviese mirando o escuchando, al qué dirán, al mira esa, pobrecita, qué le pasará, estará loca. Ahora grito, grito mucho. Le grito al mundo hasta romperme la voz, cuando lo que realmente deseo es romperme a mí misma en mil grietas por las que poder escapar de esta lápida que cae persistente sobre mi pecho.

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He buscado la salida en el inicio del laberinto, en la biblia, en la poesía, en las novelas de amor y en los libros que no he escrito, en los besos de otros y en los cuerpos extraños, en las drogas que enganchan, en la cerveza fría, en el vino tinto, en las habitaciones de los hoteles de paso.
He contado los pasos de mi cuarto, los segundos que tardo en llegar al orgasmo, las voces que me hablan descontroladas, los latidos de mi pecho cuando me odio, los azulejos del cuarto de baño, las veces que he querido irme de mí y he vuelto, los miles de barrotes en los que me sigo aún enredando.
Soy el rehén de mi cuerpo, la gota que casi se atreve a colmar el vaso, la angustia del Minotauro, mi propio infierno eterno, los círculos de Dante atrapándome, el mismo Tártaro, el pájaro que huye de la jaula y cae por no usar las alas.

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Inhalo. Exhalo. Y con cada exhalación el deseo de desintegrarme cada vez un poco más, de perderme entre las volutas de bruma, de salir corriendo de esta maldita habitación sin puertas que es mi mente, mi prisión. Han vuelto las voces, y con ellas los gritos y el caos incontrolable. Me hablan todas a la vez. Me chillan, me dicen que ya es la hora. Observo mis pies desnudos, mis uñas pintadas de negro mimetizándose con la roca del acantilado. Doy un paso adelante. Tengo el viento a favor, nada puede salir mal. Otro paso más. Extiendo los brazos, cierro los ojos. Soy un puto ángel.

Silencio. Calla. Escucha el estruendo. Cae la lápida. Cae el pájaro. Y yo caigo. Golpeo contra el mundo. Me agrieto al fin. Me rompo con un ruido sordo. Estallo. Las fauces atroces de todos los miedos ancestrales que esperaban para devorarme huyen espantadas. Ya nada puede contenerme. No hay barreras. Vuelvo a ser inicio y fin. Entrada y salida. Huída y regreso. Eterna. Infinita.

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