Búscame en mis fracasos – @Macon_inMotion

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Papel. Lápiz. Whisky. La Santísima Trinidad acompañaba, una noche más,  que se sentaba en la mesa del fondo. Los camareros solo se pasaban por allí cada cierto tiempo a rellenar el vaso. Nunca hablaba con nadie, más de lo imprescindible. Nunca aparecía acompañado. Nunca sonreía. Siempre había un punto en la noche en que pagaba, cerraba su cuaderno y se marchaba trastabillado.

Aquella noche, sin embargo, algo cambió. Una de las camareras más nuevas en el local, que apenas pasaba de los veinte y acababa de terminar su turno, se sentó frente a él y empezó a comentarle que acababa de empezar bellas artes. La chica pudo observar con detenimiento sus profundos ojos azules y se dio cuenta de que el viejo no era en realidad tan viejo. Su actitud, su piel oscura y su tupida barba gris ocultaban su auténtica edad. El (no tan) viejo apenas levantó la mirada de su cuaderno, dio un trago de whisky y mandó a la chica a la mierda. Ella se levantó con una gran sonrisa y se marchó. De camino a la puerta, sus compañeros la miraban como si fuera una extraterrestre.

La noche siguiente sucedió lo mismo. Y la siguiente. Y la siguiente. Y la siguiente. La sexta noche la historia fue diferente. La joven tenía la noche libre así que en vez de sentarse con el viejo una vez acabado su turno, apareció mucho antes, vestida de calle y con un cuaderno y unas acuarelas bajo el brazo. Sin mediar palabra se sentó frente al hombre y se puso a dibujar. El viejo, entonces, se permitió sonreír. Una de las compañeras se acercó a la mesa y al oído la preguntó que qué diablos estaba haciendo. La joven en voz alta contestó que se tomaría un whisky. El viejo sonrió por segunda vez pero a pesar de ello, siguió sin dirigirle la palabra a su acompañante. Al cabo de un par de minutos, le trajeron el whisky y la muchacha dio un sorbo demasiado optimista, haciendo imposible evitar la tos. El viejo entonces resopló y dejó el lapicero, malhumorado. —¿Qué estás haciendo? —dijo. La chica, avergonzada, recogió rápidamente sus cosas y se marchó atropellada.

Durante los dos días siguientes, el hombre no apareció por allí. La joven atendía la barra mientras miraba la mesa vacía del fondo pensando dónde estaría. Al tercer día, sin embargo, el hombre apareció. Lucía taciturno como siempre pero en vez de sentarse en su mesa habitual, fue directamente a la barra. La chica se sobresaltó al ver que iba hacia ella e inconscientemente retrocedió un paso. El hombre puso las manos en la barra y miró fijamente a los ojos azules de la mujer.

—No sabes quién soy. Me da igual que estudies bellas artes. No me interesa. No me interesa nadie. ¿Entiendes? —Sentenció. A continuación dio media vuelta y fue a su mesa. Un par de compañeros fueron a consolar a la chica, que se había quedado petrificada. Ya le habían advertido de lo antipático que era aquel hombre. De pronto  con paso enérgico, la joven fue a los vestuarios, a buscar algo a su taquilla. A los treinta segundos caminaba con decisión hacia la mesa del hombre. Llevaba un enorme libro en las manos. En letras blanca se leía “EL ARTE EN LOS SETENTA”. La chica dejó caer violentamente el libro en la mesa, derramando el whisky del hombre. Este la miró desconcertado.

Ella abrió el libro y señaló furiosa una foto.

—Sí sé quién eres, aunque no te había visto en mi vida. Eres tú el que no sabe quién soy yo.

El hombre apuró el poco whisky que no se había derramado.

—Ese de ahí no soy yo. Ese hombre triunfaba. Si quieres conocerme, tienes que buscarme en mis fracasos.

—Eso estoy haciendo. —dijo la chica con voz más grave de lo que en ella era habitual. —Es exactamente lo que me dijo mi madre antes de morir.

El hombre la miraba con la boca abierta.

—¿Quieres encontrar a tu padre? Búscalo en sus fracasos. —Continuó la joven. —Sí. Esas fueron sus palabras exactas. Al parecer te conocía bien.

—Tengo… tengo una… hija…. —Tartamudeaba el hombre, con la mirada perdida. Ni si quiera se apercibió de las lágrimas que serpenteaban entre sus arrugas y caían sobre el cuaderno.

La joven se sentó a su lado y abrió su propio bloc de dibujo. Sin darse cuenta, ambos sonreían.

 

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