Brujas – @JokersMayCry

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PREFACIO

—¿A Mortlak, mi Rey? ¿Vamos a recurrir a Mortlak? —Protestó uno de los consejeros del Pentáculo.

—¡Mi Rey! ¡Ruego que reconsideréis vuestra opción! —Se alzó una segunda voz.

El Pentáculo esperaba con el gesto desencajado un cambio en la voluntad de Bralmir, que ahora tenía su mirada perdida en un infinito lejano que atravesaba los muros de piedra que se levantaban sobre aquella oscura sala con velas agonizando entre abruptos parpadeos. Por fin, Bralmir volvió de su letargo ante la desesperada impaciencia del Pentáculo.

—¡Maldita sea! ¿Qué otro hombre hay capaz de librar a Glockham de este mal que nos turba?

—¡Mi Señor! ¡Mortlak quizá sea un mal mayor!

Levantose el rey enfurecido golpeando con su puño la mesa, el trueno calmó el murmullo y escándalo que alborotaban la sala, las velas temblaron, alguna se apagó  consumiéndose en su cobardía.

—¡Quimeras! ¿Qué se sabe de cierto sobre ese hombre más que tiene el sobrenombre del Brujicida? —Bramó Bralmir.

—Dicen que proviene del mismo Infierno que cada bruja que nos atormenta, que engañó a la muerte varias veces por medio de oscuros pactos con los Doce Demonios del Malfernum, que nació en noche de luna roja mientras las aves de mal agüero fornicaban con el cadáver de su madre tras haberle sacado con gran dolor de sus entrañas.

—¡Pues id vosotros a acabar con esas malditas brujas! ¡Id si sois mejores que ese demonio de Mortlak!

Silencio.

—¡Llamadlo a mi presencia, buscadlo por las Cuatro Tierras de Turdem si es necesario o sacadlo de la tumba en la que esté metido si es que es capaz de burlar a la muerte y yace bajo tierra en estos momentos!

—Sí, mi Rey —musitó el Pentáculo escalonadamente con sus correspondientes reverencias.

—¡Fuera! ¡Id a buscarlo!

El Pentáculo salió aprisa, cerrando la puerta tras de sí nerviosamente, apagando las velas que aún sobrevivían a la ira de Bralmir. Sus ojos brillaban en la oscuridad, llenos de furia, de rabia, de violencia, el negror envolvía y devoraba su figura. Quizá llegara a odiar con la misma fuerza que el miedo le poseía.

—Putas brujas —Musitó entre dientes.

I

Cuando las puertas de la sala del trono se abrieron, apareció Mortlak profanando con sus sucias botas llenas de barro y sangre seca la aterciopelada alfombra que lo guiaba hasta Bralmir, que esperaba la visita con su reina a su siniestra y con su hija de pie sobre el trono de su madre; a su diestra, el Pentáculo aguardaba en media luna tras él. Dos filas de guerreros con brillantes armaduras blancas alargábanse a ambos lados de la alfombra.

La sombra de Mortlak violaba la luz que se proyectaba sobre el pasillo que recorría, se alargaba como un cuchillo de negro acero forjado en las fraguas de Malfernum. Su armadura era negra, sin brillo, llena de polvo, de salpicaduras de sangre. Su cabello negro ondulante trotaba sobre su nuca en cada lento paso que daba, el eco de su andar metálico era el único sonido que había en ese silencio expectante. Una cicatriz cortaba levemente su barba desde el lóbulo de su oreja hasta las mediaciones de su barbilla. Tenía los ojos color gris ceniza nevando en un cianótico cielo de cobalto, la mirada apagada, triste… monótona. Cuadrose frente a Bralmir.

—¡Postraos ante el Rey! —Rugió una voz de algún escolta.

Mortlak escupió al suelo. Bralmir esbozó una sonrisa.

—No importa, no hay tiempo para las remilgadas cortesías. ¿Sois Mortlak el Brujicida?

Éste miró desafiante al rey.

—¿Acaso lo dudáis?

El Pentáculo cuchicheó y uno de ellos se acercó al Rey para susurrarle algo.

—Dicen que la espada de Mortlak arde en fuego. ¿Podéis desenvainar la vuestra?

Mortlak tomó la empuñadura de su espada, los guerreros pusiéronse en guardia y también agarraron su empuñadura. Mortlak sacó la espalda con fuerza, envuelta en llamas. El Pentáculo apretose, la Reina hizo amago de desmayarse, la Princesa miraba con fascinación a ese hombre, los guerreros sacaron sus espadas con un miedo que era ocultado por sus herméticos yelmos. Volvió a envainar la espada y los guerreros tornaron a su postura inicial. Bralmir sonreía con la mirada, pensando por un momento que todas las leyendas que pululaban sobre ese hombre tocado por las garras de los demonios eran ciertas y que, sin duda, libraría a su reino de las brujas. La Princesa seguía hipnotizada. Dándose cuenta de ello, uno de los sabios del Pentáculo se acercó al oído de Bralmir:

—Señor, Mortlak también tiene fama de ser un gran fornicador —musitó señalando  a su hija con un  gesto en la mirada.

Alzose el rey de su trono.

—La situación es esta: Glockham está infestada de brujas. Viven entre nosotros y atacan de noche. Hemos  intentado entrar en las casas de los aldeanos para retener a las mujeres y tratar de discernir la que es bruja de la que no, pero el pueblo se ha enfurecido. Intenta proteger a sus mujeres y está a punto de alzarse en armas contra nosotros. No podemos añadir otra guerra más a una que ya estamos perdiendo.

—¿Cuánto ofrecéis?

Bralmir chasqueó los dedos. De un ala de la sala apareció un sirviente portando un gran cofre. Fatigado, lo posó en el suelo y empezó a arrastrarlo entre gruñidos de esfuerzo hasta los pies de Mortlak. Después desapareció por el mismo lado de la sala mientras se llevaba una mano a los riñones. Mortlak abrió de una patada el cofre lleno de oro y piedras preciosas.

—Trato hecho.

—Descansad hasta la noche. Habéis tenido un viaje largo y las brujas atacarán a medianoche, debéis estar refortalecido.

Mortlak volvió sobre sus pasos mientras un sirviente esperaba a las puertas para acompañarle a sus aposentos.

—Llevadle el oro hasta su alcoba.

El mismo hombre que lo había traído apareció encorvado y tambaleándose. Al intentar portarlo cayó sobre su costado tras un sordo crujido de espalda. Un sabio del Pentáculo señaló con la mirada a la Princesa, que seguía en su estado de obnubilación contemplando cómo Mortlak abandonaba la sala del trono. Bralmir añadió:

—Llevadle también un par de furcias que lo sacien.

Otro siervo aparecía y se arrodillaba en la alfombra, frotando con esmero el lugar donde Mortlak acababa de escupir su heroica saliva.

II

Tal vez fuera la caricia de la luna sobre su torso desnudo colándose a través de las cortinas abiertas de la ventana, quizá el mudo aletear de la noche sobre Glockham… Puede que los casi inapreciables pasos de una sombra avanzando sobre él… O el pútrido olor de los cadáveres de las dos mujeres que habían dormido con él.  Seguramente, fuera el griterío que había por todo el reino lo que le despertó.

Reincorporose rápido a coger su espalda y desenvainarla con fuerza, creando la chispa con el roce del acero contra su cubierta, pero que no se había encendido por habérsele olvidado echarle aceite.

Una silueta femenina avanzaba hacia él, con una sonrisa de guadaña, con un brillo resplandeciente que recorría su mirada como lo hace por las hojas de cuchillo. Su pelo de lava levitaba con un aire que procedía de ningún lado y lanzaba un largo suspiro que resbalaba por sus labios asentándose en la cabeza de Mortlak haciendo eco. Cuando estuvo frente a él, éste le atravesó el vientre y ella sonrío exhalando un leve gemido en su oído mientras con una mano desnuda le acariciaba el pelo y con la otra danzaba una daga a su espalda.

Sin embargo, ella no vio en su mirada triste ningún apego por la vida, no vio en la cianosis de los ojos de Mortlak ningún destello de esperanza que le aferrara a este mundo, ningún miedo a la muerte. La muerte no era castigo para él, más bien, una recompensa. Pero vislumbró su terror al amor, a la esclavitud de ser fiel siervo de una amada, de la dependencia de unos besos, de la fragilidad de un corazón que late por otro… Y ella, soltando el cuchillo, le besó lentamente mientras se apretaba contra él, atravesándose aún más la fría espada.

Él arrancó el acero violentamente del vientre de ella para arrojarlo al suelo, postrose de rodillas ante la bruja, enamorado, frágil, servil, dócil, tomando su mano mientras la besaba levantando su mirada al cielo de sus ojos. Ella le alzó tomándole con dulzura de la barbilla.

—Esta maldición llevará mi nombre, mortal. Tú mal seré yo: Lilith.

Y cuando Mortlak se acercó hechizado al aquelarre de sus labios para besarla una vez más, para probar de nuevo la pócima que se cocía en su boca, ella hízose sombra y voló a la noche por la ventana.

III

Los guerreros de Glockham avivaron sus ánimos al ver salir a Mortlak con su espada de fuego, luciendo su esculpido y sucio torso. Los hombres lanzáronse con más violencia y vigor contra las brujas, aun cuando caía una por cada cincuenta de ellos.

Pero Mortlak no buscaba la cálida sangre de bruja resbalando por sus manos mientras la carne de la ramera infernal ardía con su flamígero acero, buscaba a Lilith, sus brazos, otro beso, doblegarla a su voluntad, aunque fuese a fuerza de espada. Algunas brujas morían envueltas en llamas tras ser atravesadas por flechas de fuego, otras eran arrojadas a hogueras, las vísceras de los hombres extendíanse por el suelo al ser abiertos en canal por las largas uñas que replegaban las brujas, por sus afiladas dagas que resplandecían en la noche. En su búsqueda, Mortlak había reducido a cenizas con su espada a una veintena de brujas que se tiraban en picado desde las alturas de la noche hacia él.

Los cuervos picoteaban intestinos, los perros habían abandonado su fidelidad al hombre y parecían lobos arrancándose trozos de carne de los colmillos de otros, la bella Muerte danzaba desnuda sobre los charcos de sangre arrebatando con la sonrisa de su guadaña las almas de los hombres mientras los Doce Demonios de Malfernum se llevaban consigo cada ánima de bruja que ardía.

Entonces vio Mortlak a Lilith, siendo atravesada por una docena de flechas con fuego y corrió hacia ella, levantando el vuelo a los cuervos, haciendo que los perros dejaran por un momento su batalla por la carne para dejarle paso a su violento y decidido correr desesperado. Llegose a ella y se abalanzó cubriéndola con su cuerpo que se quemaba con las llamas del de ella mientras sofocaba el fuego rodando por la dura piedra salpicada de amanecer líquido  que se coagulaba en el calor de la batalla, pero ya era tarde. La bruja yacía en sus brazos calcinada, los Doce Demonios de Malfernum se llevaban el humo de su alma.

De hinojos, con el cuerpo de su amada inerte en sus brazos, gritó sintiéndose por primera vez en su vida derrotado, débil, y una lágrima de fundido diamante cobijando la luz de la luna se despeñó por sus mejillas.

—¿Pero qué demonios hace Mortlak? —Preguntó uno de los guerreros que era testigo de la escena desde la lejanía.

El hombre que lo acompañaba se encogió de hombros mientras cercenaba la cabeza de una bruja y el otro le clavaba una flecha con fuego en la cabeza cuando su boca negra gritaba en el suelo.

Mortlak llevó en brazos el cadáver de su amor hacia su caballo y cabalgó tristemente alejándose de Glockham.

—¿Pero dónde va ese cabrón? —Preguntó de nuevo el mismo hombre.

—Tal vez, a entregarle a la Muerte lo que siempre quiso de él, a ser sincera con ella, a no engañarla más.

Mortlak ya no es más que una sombra fundiéndose con la oscuridad, cabalgando con su amor a cuestas, como hácese con los recuerdos de un amor muerto, con su fantasma.

EPÍLOGO

Refugiado en una cámara con su mujer y su hija, Bralmir rehúye de la batalla mientras su escolta de blanca armadura de luna protege las puertas. Asomado a una de las ventanas, ve cómo su reino cae, los hombres mueren, las hogueras descontrólanse.

—Glockham agoniza… —piensa en voz alta.

Su mujer y su hija estiran los dedos de sus manos replegando sus mortales uñas a espaldas de Bralmir y levitan velozmente hacia él. La reina le susurra:

—Que arda como el amor… Que arda…

 

[Continúa en «Pura maldad»]

 

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