Borderline – @Candid_Albicans

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Hola, soy Lucía. A lo mejor no me conoces por mi nombre. Me presento:

Soy tu compañera de facultad, la que siempre está sola, la pirada, la sociópata, la borde, la rara, de la que dicen que la chupa en los aseos del campus a cambio de unas cuantas anfetaminas.

Soy tu ex, la que hoy te reprocha que no la quieres lo suficiente y mañana que no le dejas espacio ni para respirar. La chantajista emocional, la que un día te amaba con locura y al día siguiente te odiaba con pasión. La que desaparecía por completo durante días, y con la que follabas como nunca volverás a hacerlo con nadie. La relación más tóxica de tu vida.

Soy esa prima tuya que apenas conoces ya porque no se deja ver en las reuniones familiares. De la que solamente tienes noticias cuando preguntas y te dicen que la han echado nuevamente del trabajo, que no se sabe dónde vive ahora ni con quién, y que hace poco estuvo ingresada por pasarse con las drogas y el alcohol. Soy la vergüenza de la familia.

Soy tu vecina, la malencarada esa con la que siempre te cruzas en algún momento del día y jamás saluda porque nunca levanta los ojos del suelo mientras camina.

Podría ser cualquier persona a la que has juzgado sin conocer.

Y ahora que ya sabes quién soy, dame la mano y baja conmigo al Infierno. Te presentaré a mis demonios.

Cuando tenía 7 años a mi madre la operaron de un tumor cerebral. Tras la operación quedó bastante debilitada y no se sentía capaz de cuidarme al cien por cien. Su aspecto se deterioró bastante y dejó de ser atractiva para mi padre, quien empezó a pasar el día y parte de la noche fuera de casa, con lo cual el único apoyo psicológico que ella tenía era yo.

Un día, cuando volvía del colegio, fui violada en el garaje de un pederasta oportunista que me veía ir y venir sola cada día. No se lo pude contar a mi madre, porque ella apenas podía hacer frente a sus propios problemas. Tampoco se lo conté a mi padre, al que apenas veía, y quien creía que mi madre me acompañaba cada día al colegio. Y así, entre pesadillas, flashbacks, y el miedo a que mi agresor estuviese esperándome cada día en el mismo lugar, me convertí en una niña extremadamente introvertida y con un secreto más grande que ella misma. A los 8 años mi padre comenzó a venir por las noches a mi cama, se acostaba a mi lado y mientras yo me hacía la dormida, jadeaba entre mi pelo mientras se masturbaba. Al igual que hacía un año, no pude contárselo a mi madre debido a su propia fragilidad, ya que esto la destrozaría por completo y tampoco sabía cómo reaccionaría mi padre. Cuando tenía 11 años dejó de visitarme por las noches y comenzó una relación con una mujer a la que traía a casa cada vez con mayor frecuencia. Bebían, reían y se emborrachaban mientras veían la tele delante de nosotras, como si no existiésemos. Nada de esto trascendió. Mi madre y yo nos teníamos para cuidarnos la una a la otra y eso era suficiente. La familia de mi madre no estaba al corriente, y ambas convivimos sepultadas cada una bajo nuestros propios secretos.

Mi madre murió con 42 años, víctima de otro tumor cerebral. La cuidé hasta el último día administrándole su medicación, lavándola y peinándola, limpiando sus vómitos, llorando con ella, sintiendo su dolor. Mi padre jamás fue a visitarla al hospital en sus últimos días de vida. Yo tenía 16 años. Él se casó con aquella mujer y yo me fui a vivir con una hermana de mi madre hasta que cumplí los 18. Se podría decir que mi vida por fin era normal, pero todos los secretos y traumas con los que había crecido se hicieron tan grandes que me rompieron por dentro y todo el dolor que me provocaba tenía que hacerlo perceptible para los demás de alguna manera. Y como si gritar por las noches con la cara hundida en la almohada no fuese suficiente, comencé a provocarme todo el daño posible. Con frecuencia me hacía cortes en los brazos con cuchillos, con cuchillas de afeitar, tijeras o cualquier otro objeto afilado que encontrara por casa. Cuando no disponía de objetos cortantes, los clips o las grapas eran una opción. El dolor físico hacía que olvidase el psicológico y las heridas que me infligía eran una especie de paso franco para que todo el mal que había tomado posesión de mi vida pudiese salir al exterior. Pero el dolor se hacía cada día más insoportable. Lo único que me aliviaba temporalmente era la atención que se concentraba en mí por parte de mi tía, mis primos, y el personal sanitario del psiquiátrico que visitaba con asiduidad.

El sexo con desconocidos y las drogas se convirtieron en una vía de escape de pacotilla, que no me aportaba más que grandes dosis de autodesprecio y una necesidad extrema de autodestrucción que arrastraba conmigo a todos aquellos que intentaban acercarse a mí para ayudar. Como consecuencia, lo único que conseguía era todo lo contrario de lo que yo deseaba: soledad.

La diferencia entre una persona «normal» pero despreciable y una con trastorno límite de la personalidad (TLP) o borderline, es tan delgada como el cristal a través del que os miro desde mi reducida habitación de paredes blancas y sillas incómodas que no están hechas para recibir visitas, o por lo menos a sabiendas de que la visita no se prolongará demasiado. Los borderline nos paseamos por la línea imaginaria que separa la cordura de la locura, como el trapecista que camina haciendo malabarismos sobre la cuerda floja. Hasta que inevitablemente caemos, golpeándonos contra nosotros mismos, rompiendo cada uno de nuestros mil pedazos en mil pedazos a su vez. Y así hasta desaparecer.

Cuando me vuelvas a ver, piensa que a lo mejor detrás de esta mirada que tú interpretas como odio al mundo, se oculta un trastorno mental grave fruto de una detonación de la que muy pocos saldrían intactos.

 

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