Besando sapos – @Candid_Albicans

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Cuando el criterio a seguir a la hora de escoger pareja es la apariencia física, suele pasar que el interior no es tan bonito como el envoltorio. Suele pasar también que quizás esta persona a su vez se interese solamente por tu físico y luego lo único que se logre alcanzar sea la decepción mútua. No siempre, pero a veces sí.

Raquel es una chica guapa, atractiva, graciosa, con don de gentes y una carrera profesional brillante. No entiende cómo los hombres no caen rendidos a sus pies en el acto. Los que ella escoge, claro. A los que de verdad se enamoraron no los ha tenido en cuenta porque o tenían el pelo demasiado corto, o no tenían tatuajes, o eran más bajitos que ella. Simplemente, no les daba una oportunidad.

No se puede decir que no haya conocido el amor verdadero. La única historia de Amor (sí, el amor con A mayúscula) que ha vivido hasta el día de hoy duró 10 años y decidió ponerle fin porque quería «algo más». Llegó un día en el que Raquel se sintió por encima de él en todos los aspectos. Cuando le pregunto me dice que no, pero yo creo que esa decisión todavía le sigue pesando. Él le ha pedido cien veces que vuelva, y ella cien veces ha contestado no. Por orgullo. El que a él le faltaba, lo tenía ella todo.

Desde entonces ha ido buscando el amor saltando de cama en cama, besando sapos atractivos y mujeriegos, con la esperanza de que se convirtiesen en príncipes que la tratasen como si fuese la única mujer del planeta. A lo más que llegaban era a prometerle una segunda cita, pero nunca más volvían a contestar sus whatsapps, o sus e-mails, o sus llamadas. Y cada vez que esto ocurría, ambas sabíamos que el siguiente fin de semana lo pasaría bebiendo hasta perder el conocimiento en casa, o hasta caer por las escaleras, o bebiendo en casa de alguna amiga hasta que la encontrasen tirada en el baño, meada y sobre un charco de vómitos. Al día siguiente el resultado siempre era el mismo: la autocompasión, la vergüenza y unos cuantos pasos más hacia adentro en la espiral de autodestrucción en la que estaba sumida.

La semana pasada me llamó, feliz y eufórica:

-¿Sabes qué? Estoy saliendo con un tío guapísimo que toca la batería en el grupo de Duncan. Tiene novia, pero dice que la va a dejar ya, que no la soporta. Creo que esta vez va en serio, porque ya nos hemos visto tres veces, dice que le gusto y el próximo fin de semana nos vamos a Wight, ¡solos!

-Raquel… me alegro mucho por ti, de verdad. Espero que lo paséis muy bien. Y dile que como se le ocurra hacerte daño le corto los huevos.

-¡Jajajaja! ¡Cómo eres! Te quiero, guapa. Te llamo a la vuelta.

En este momento estoy acariciando su melena mientras permanecemos tiradas en la cama. Ha venido a verme totalmente bebida, con varias marcas en los brazos. Dice que se los hizo alguien al agarrarla para ayudarla a ponerse en pie en la calle, pero que no está segura. Mañana no se acordará de la mitad de las cosas que me ha contado hoy, me pedirá disculpas y se marchará sin querer que la acompañe a casa, ni que hablemos de su forma de reaccionar ante la decepción.

Si tan sólo dejase de andar besando sapos y viese a los auténticos príncipes que tiene haciendo cola para probarle un zapato de cristal.

 

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