Berta Kamikaze – @LaBernhardt

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Cada vez que, mientras conduzco, adelanto un camión con ganado porcino o que paso por un tanatorio me acuerdo de Berta Kamikaze.
La conocí en el grupo de apoyo de los jueves, ella llegó tarde porque su último intento la había dejado tan floja que andaba en silla de ruedas.
Las terapias grupales eran una mierda, y si me la juego puedo decir son y serán, para quienes no queríamos estar allí ni en ningún otro sitio en el que se nos exigiera seguir vivos.
Estábamos cansados hasta de tener que levantar la vista y asentir, que ni un Hola se nos escapaba —cada vez que la puerta se abría y disculpad que nos hayamos retrasado, chicos, aquí llega da igual cómo se llame; seguid, seguid— que cuando Berta entró en la sala, nadie miró. Dicen que cuando una persona pierde la curiosidad, está más muerta que viva; exactamente lo que nos sucedía a nosotros.
La trajo Virginia, la psicóloga, hazle un sitio, me indicó con un gesto, y ése fue el primer día en el que Berta y yo nos sentamos juntas en la terapia. Luego vendrían tantos que perdimos la cuenta de los días en los que Roberto, el psiquiatra, nos intentó recordar por qué hay que vivir.
Yo no lo recuerdo pero ella sí, cómo fue aquello de acabar hablando a diario, por teléfono o en persona —en el parque de delante del hospital— mientras llegaba el 54, mi bus para llegar a casa.
Sí me acuerdo de las reservas que tenían mis padres hacia Berta porque, hija, es que ella es alguien “como tú”… no sabemos si es bueno que seáis amigas. En esos momentos los odiaba porque no quería sentirme señalada y a la vez me gustaba llevar esa distinción, que me pesaba como una losa y me aplastaba en los días de arrepentimientos, que me hacía poderosa frente al resto de mis compañeros del instituto porque yo ya no le tenía miedo a la muerte, cuando la certeza de que no fallaría en el siguiente intento me llenaba de vida.
Las terapias, conforme nos fuimos haciendo amigas, empezaron a ser más divertidas. Berta opinaba que no podíamos sentir empatía por nadie de los del grupo, que no, Ade, que si los conocemos, si hablamos de ellos y usamos sus nombres los acabaremos queriendo y eso no, que por un lado, si se van, nos romperemos. Y por otro lado, si queremos irnos nosotras, pensaremos en ellos y en la putada que les haremos.
—Tienes razón, Berta
—Pues entonces los numeraremos, así no tendrán nombres.
—Genial, Berta.
—Llámame Kamikaze
—No, ti te llamo por tu nombre, no me jodas.
—Valeeeeee… para ti y solo para ti seré Berta Kamikaze.
—Me mola.
—Y a mí, pero no te acostumbres, Ade, que yo me iré en cuanto coja fuerzas.
Así fue como, cuando salíamos de terapia y esperábamos el 54, pusimos números a los demás compañeros del grupo, joder, no podemos numerarlos por intentos, nadie pasa del 3 y hay mil del uno y del dos. Y nos reíamos porque cuando no quieres vivir te ríes de la muerte.
Resultó que no nos fuimos de ningún lado; Número 7 y Número 13, sí.
Yo no quería, lo juro, pero Berta insistió en ir al tanatorio en las dos ocasiones. Le reventó los sesos a Roberto, primero con 7 y meses después con 13 para que le diera el nombre del tanatorio donde los habían llevado. Roberto dudó mucho pero acabó cediendo, habéis sido compañeros de batalla, dijo.
Berta era rara por mil motivos pero el primero de mi lista era esa naturalidad que tenía para demostrar amor, amor del verdadero a los desconocidos. En las dos visitas, repartió besos y abrazos a esas dos familias rotas. La vi llorar y sorberse los mocos, la vi rota de vida y yo me sentí tan vacía, tanto que cuando salimos del velatorio de Número 13 pensé en que yo sería la próxima.
La segunda de sus rarezas era la puñetera manía que tenía de meterse en mi cabeza y verbalizar mis pensamientos antes de que yo abriera la boca.
Saliendo del tanatorio aquel día me dijo: “Ni se te ocurra marcharte antes que yo”. Cuánto te odié ese día, Berta. Cuánto.

La tercera y maravillosa rareza de Berta era mirar el mundo distinto. Un día, preparando una ensalada en su casa, abrí una lata de ventresca de atún, hala, porque sí y porque hoy es martes, y la pillé mirando la lata.
—¿Qué?
—Nada
—¿Qué pasa, no te gusta? pero si es el Atún de los atunes, el Deluxe del mar.
—No, que estoy pensando que qué paciencia la de los envasadores. Mira, el atún está laminado; parece un dibujo
—Berta, no me jodas, que ahora me con sales con el “¿Qué clase de persona vivirá en un faro?”
—Tú eres gilipollas o qué, ¿de qué hablas? ¿Qué dices del faro?
—Nada, que cada vez que escucho a alguien reflexionar así recuerdo el remake, infumable por cierto, de “Sabrina”.
—Joer, qué rara eres
—Tú más, Berta.

Cuando íbamos en coche y pasábamos por delante del tanatorio, siempre apoyaba la palma de la mano en el cristal; siempre decía en voz baja: “Ánimo”.
Si adelantábamos a un camión con cerdos, de los que los llevan al matadero siempre les pedía perdón. Siempre les deseaba un minuto corto hasta el descanso.

Sus ganas de morir colisionaban contra su visión de la vida, tan empática.
Pasaron los años y creímos estar curadas, no sé; igual nos hicimos grandes o algo así. Dejé el grupo dos semanas antes que ella.
Por entonces ya estábamos en la universidad y sucedió que “romper” con nuestra cita de los jueves en el hospital nos cambió porque comenzamos a alejarnos.
No fue traumático, fueron la vida y sus horarios, las fiestas de las facultades, los novios, los exámenes… los que redujeron nuestra amistad a un par de WhatsApps por semana, luego por los cumpleaños, uno por Navidad y la nada.
Hace 7 años que no sé de ella y sigo mirando las páginas de Sucesos con ansiedad; temo encontrarla en ellas.
Cada vez que paso por delante de un tanatorio, cada vez que adelanto a un camión de matadero, te recuerdo, Berta Kamikaze.

 

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