Bastante tengo con lo mío – @sor_furcia

Sor Furcia @Sor_furcia, krakens y sirenas, Perspectivas

Me miro al espejo mientras me afeito, y me repito a mí mismo “Soy heterosexual”, “HETEROSEXUAL”, “Me gustan las mujeres”, “Soy heterosexual”, pero entonces me veo la marca del mordisco en el hombro y tengo dudas de si lo que estoy diciendo es cierto o si simplemente estoy intentando convencerme a mí mismo.

Las últimas semanas han sido, por llamarlas de alguna manera, raras. No sabría muy bien decir en qué momento empezó todo. O quizá sí.

Soy policía, me encanta mi profesión, poder ayudar a la gente, sentir que tengo autoridad, que me respetan. Puede parecer una tontería, pero me pongo el uniforme, cojo mi arma y me siento como un superhéroe de esos que salen en los comics de mi hijo mayor.

Siempre me he considerado un hombre muy sexual. Me encanta follar. Me gusta mucho más de lo que le gusta a mi mujer, eso hay que reconocerlo. Aunque ella intenta seguirme el ritmo. Llevamos juntos prácticamente toda la vida. Fui el primer hombre con el que se acostó. Yo le dije que ella también había sido la primera, pero no era cierto. Antes de conocerla ya me había acostado con unas cuantas chicas —digamos que siempre he sido un tío guapete— y también había frecuentado un par de veces con mis amigos un puticlub a las afueras de la ciudad. Nos gustaba organizar ese tipo de escapadas juntos. Vacilar entre nosotros a ver quién se follaba a la puta más guapa, quién tardaba más en correrse, o quién conseguía que se la chuparan sin condón. Pero claro, eso no se lo iba a contar a mi mujer. Ya sabéis cómo son.

Al principio con ella el sexo era bueno, pero un poco monótono, así que poco a poco le fui convenciendo para probar cosas nuevas, posturas nuevas, juguetes… Alguna vez la persuadí para que fuéramos a un local de intercambio. Ella nunca quiso hacer nada allí, decía que iba a sentir celos, pero sí que hicimos cosas entre nosotros y pude cumplir mi fantasía de que me vieran follar. Realmente pienso que lo hago bien, y además me preocupé por lucirme cuando me estaban mirando. Me regocijaba viendo las caras de envidia de otros hombres. Sé que a muchos de ellos les hubiera encantado entrar a jugar con nosotros. Pero mi mujer no quería. Y, aunque me hubiera gustado por lo menos que dejara participar a otra tía, nunca lo conseguí. Esas son las cosas que pasan cuando te casas, que dejas sin cumplir muchas fantasías que, a la larga, pueden llegar a obsesionarte.

Hace seis meses que nació nuestro segundo hijo, y digamos que estamos un poco de capa caída. Es verdad que el primero durmió muy bien, no daba guerra, y por eso nos animamos a tener otro, pero este está siendo diferente, más difícil. Se pasa las noches berreando, mi mujer no es capaz de pegar ojo, está muy desmejorada, y ha adelgazado muchísimo. Ella dejó de trabajar, decidimos que con mi sueldo podíamos tirar, y que era mejor que se quedara en casa cuidando de los niños. Últimamente, cuando nos acostamos, siempre está cansada o le duele la cabeza, y en mitad de la noche el niño llora y ella se va a dormir con él a la otra habitación para dejarme descansar, con lo cual un acercamiento sexual entre nosotros está siendo prácticamente imposible. Y yo me muero de ganas de follar, para qué nos vamos a engañar.

En el trabajo, entre mis compañeros siempre hemos tenido muy buen rollo, y en los vestuarios hacemos las típicas bromas de tíos: a ver quién la tiene más grande, nos damos palmadas en el culo cuando nos vamos a duchar… pero sin mariconadas ¿eh? Por suerte somos todos heterosexuales, y por eso podemos actuar así, porque si hubiera algún maricón entre nosotros sé que no estaríamos tan cómodos.

La otra noche salimos a despedir a uno que se iba destinado a otra provincia. La celebración, por supuesto, incluía cena, copas y, según habían bromeado algunos compañeros en el grupo de wasap que habíamos creado para el evento, visitar un local de striptease. Uno de mis compañeros, con el que siempre he tenido muy buen rollo, me dijo que si me apetecía que pillásemos algo de farlopa. Hace bastante que no me meto, pero me pareció que la ocasión lo merecía.

Salimos a cenar ya colocados, y bebimos como cosacos. En uno de los garitos que entramos, a altas horas de la noche, se me acercó al oído y me dijo que si me apetecía meterme otra raya más, y yo simplemente sonreí y le seguí hasta el baño. Era un habitáculo minúsculo, y ahí estábamos los dos sacando el material entre risas. En una de esas, él se agachó para preparar las rayas y, como el espacio era tan estrecho, su culo rozó mi paquete. Se dio la vuelta sonriendo y me dijo “No te pongas cachondo, maricón” y yo también me reí. Se metió su raya, todavía restregándose contra mí a cada movimiento que hacía, y después me invitó a hacer lo mismo con la mía. Cuando me levanté me miró la entrepierna y exclamó “¿¡Te has empalmado?!”. Yo me acomodé el paquete en los pantalones, intentando ocultar lo que era totalmente evidente, pero él se rió y me dijo “Tranquilo, no pasa nada” y me dio unas palmadas en la mejilla. Salimos del baño pero ya no pude quitarme esa imagen de la cabeza, me rallé, y me piré a casa. Solo estábamos borrachos, drogados, y yo llevaba mucho tiempo sin follar. Eso era lo que había pasado. Sin más. No debía darle más vueltas.

La semana siguiente, una tarde, coincidí con él en el gimnasio del trabajo. Nos saludamos y, mientras hacíamos pesas, me estuvo contando que habían terminado la noche en un local de striptease, como habían dicho, y que algunos se habían ido después de putas, pero que él ya se fue a casa. La verdad es que me sentía incómodo. ¿No pensaría que era gay? Terminé mis ejercicios y me fui al vestuario, no había nadie, así que me metí bajo el chorro de la ducha intentando olvidarme de todos esos pensamientos que me tenían agobiado.

Al cabo de un rato noté una palmada en el culo y me sobresalté. Era él. “Qué pronto has acabado hoy, estás mayor ¿eh?”. Me quedé callado, mirándole fijamente, y le dije “Oye, colega, a mí no me van los tíos, así que no te confundas”. Las palabras salieron de mi boca sin que pudiera controlarlas, y a él se le torció el rictus. “¿Qué dices?”, me dijo, “Que no soy maricón”, le contesté. “No, lo que eres es gilipollas, tronco”, y se fue a la ducha que estaba más alejada de la mía y encendió el grifo mientras resoplaba. Yo seguía ahí parado, sin saber qué hacer, sintiendo como la ira crecía dentro de mí. Apagué mi ducha y me volví a acercar a él. “El otro día en el baño, no estaba empalmado porque tú me gustes, simplemente…”, me cortó “Mira, tío, olvídalo”, “No, no lo voy a olvidar, porque no quiero que vayas diciendo por ahí que se me puso la polla dura contigo”, “Bueno, pero es lo que pasó, aunque tranquilo, no diré nada”, “No, no fue lo que pasó, lo que pasó es que estaba borracho y colocado, sin más”, “Ya, y entonces ¿por qué vuelves a tener la polla dura ahora?”. Me quedé helado, miré hacia abajo y vi que tenía razón. ¿Qué me estaba pasando? “Anda, maricón, que no pasa nada” y se echó a reír. A mí no me estaba haciendo ni puta gracia, “No me llames maricón”, le dije, y acto seguido le di un puñetazo en la cara. No sé por qué lo hice. Pero lo hice. Él se volvió hacia mí, me empujó, me empezó a insultar, empezamos a forcejear, ambos caímos al suelo, él era más fuerte que yo y de repente, sin darme cuenta, estaba bocabajo, con una mano suya apretándome la cara contra el suelo y la otra sujetándome las manos a la espalda, mientras me restregaba la polla entre los glúteos y me decía “Esto era lo que querías ¿verdad? Pues aquí lo tienes”. Yo intenté zafarme. Quitarme de encima aquel hombre, pero no podía. ¿O no quería? No sabía por qué pero me sentía tremendamente excitado. Sentía el peso de su cuerpo, un cuerpo fuerte y duro como no había sentido nunca, sentía su olor, su barba rugosa rozándome la espalda cuando me susurraba cosas al oído, su polla dura restregándose contra mí. Soltó la mano que me apretaba la cabeza, se cogió la polla e intentó metérmela por el culo, pero empecé a gritar y entonces dejó de intentarlo y me tapó la boca. “No grites”, me dijo. Y acto seguido dejó de forcejear, jadeando, me soltó la boca y me dijo “Esto tampoco se lo voy a contar a nadie, tranquilo” y me dio un mordisco en el hombro. Acto seguido se levantó y se marchó. Yo me quedé ahí tirado, en posición fetal. Solo. Humillado. Y con la polla todavía dura. Cuando salí de la ducha ya no había rastro de él por el vestuario. Me sentí avergonzado, así que me vestí rápidamente y me marché.

Eso no era normal. Tenía que hacer algo. Lo que necesitaba era volver a follar con mi mujer. Así que esa misma tarde decidí acercarme a un sex shop para comprar algunos juguetes, algún conjunto de lencería sexy para ella… algo, no sé, para avivar nuestra llama. A ella no le convenció mucho la idea, me dijo que no estaba de humor, pero me dio igual y salí en dirección al centro. El sex shop que había elegido era uno muy grande que tenía todo tipo de artilugios. Empecé mirando vibradores, bolas chinas; después pasé por la sección de bondage entre esposas, antifaces y correas; y, de repente, tuve frente a mí un torno en el que ponía “Cabinas 10€”. Nunca había entrado ahí ¿qué habría? Miré a los lados, no había nadie cerca. La verdad es que me daba vergüenza entrar a ese sitio. Así que pasé de largo y seguí fisgando por la zona de la ropa. Me gustaron especialmente los catsuits de vinilo y unos zapatos con un tacón altísimo de metacrilato, pero sabía que mi mujer nunca se pondría nada de eso. Me paseé por otro pasillo barajando la posibilidad de comprar alguna película, pero finalmente saqué un billete de 10€, lo metí en la ranura, y empujé el torno hasta que estuve dentro.

Tras la cortina que separaba el torno del interior, me encontré con un pasillo oscuro iluminado por dos bombillas rojas. Cuando se me acostumbró la vista a la oscuridad me di cuenta de lo largo que era. Empecé a caminar por él, despacio, mirando a los lados. Había pequeños cubículos donde solo cabía una silla empotrada a la pared y una pequeña televisión con botones en uno de los extremos. Todas estaban vacías, lo cual me tranquilizó. No quería que nadie me viera allí. Seguí andando y vi que algunas cabinas tenían agujeros, supuse que serían glory holes, pero tampoco vi a nadie, y en ese momento sentí un ruido tras de mí. Vi entrar a un hombre. Era negro, alto, de complexión fuerte, con la cabeza rapada, y se dirigía hacia donde estaba yo. No sabía qué hacer, pensé en meterme en alguna cabina y cerrar la puerta. Esconderme. Pero finalmente me quedé quieto, pegado a una de las paredes, y le dejé pasar. Era un pasillo tan estrecho que, cuando se cruzó conmigo, nuestros cuerpo se rozaron y sentí como él deslizaba su mano por mi culo. Intenté no mirarle pero, cuando sentí que se había alejado un poco, levanté la vista y le vi al fondo del pasillo, haciéndome un gesto con la cabeza para que le siguiera, y girando la esquina hasta desaparecer. Eché a andar. En mi cabeza había una voz que me decía que no, que me diera la vuelta, que me marchara. Pero mi cuerpo no le hacía caso, ya solo hacía caso a mis instintos. Así que yo también giré la esquina y le vi en la puerta de una habitación esperándome. Me acerqué hasta él, vi que dentro había unas correas de cuero atadas a cuatro cadenas que colgaban del techo como si fueran un columpio. Le miré y entonces lo vi claro. No quería tener sexo con aquel hombre. No me gustan los hombres. “Lo siento, no es lo que estoy buscando”, susurré, y salí corriendo de aquel lugar.

Cuando llegué a casa mi mujer estaba en la cocina recogiendo la cena, los niños ya estaban acostados y, por una vez, reinaba el silencio. Me preguntó que qué había comprado, y le dije “Nada, no he visto nada interesante, se ve que yo tampoco estoy de humor”, y me fui a la ducha directo. Lloré, lo reconozco. No sé por qué, pero lloré. ¿Qué me está pasando?

Decidí que esto no podía seguir así, que las cosas debían volver a la normalidad, que no iría nunca más a ese sex shop, que bastante tenía con lo mío, con mi vida, con mis problemas cotidianos, como para empezar a hacer cosas raras. Procuré relajarme y sacar todas esas escenas que rebotaban en mi cabeza. Pero, pasados un par de días, en el grupo de wasap de los compañeros, que todavía teníamos activo y que ahora solo usábamos para intercambiar fotos de tías y para hablar de las compañeras del trabajo que estaban más buenas, alguien compartió un vídeo en el que un hombre era penetrado por una transexual. De primeras me sentí incómodo. ¿Lo harían porque se habían enterado de mi incidente en la ducha? Pero pensé que no debía emparanoiarme y me dediqué a mofarme y criticarlo, como hacían todos, para no levantar sospechas. Aunque la verdad es que, cuando lo vi, algo volvió a despertarse dentro de mí.

Esa tarde, al llegar a casa, me encerré en el baño decidido a verlo de nuevo, esta vez entero, para ver realmente lo que sentía. Me fijé en cada plano, en los pechos de aquella mujer, en los zapatos de tacón tan espectaculares que llevaba, en su minivestido de cuero con cadenas… pero sobre todo en su pene, en cómo se lo metía en la boca sin compasión al hombre que lo recibía casi con ansia, en como después le penetraba con asombrosa facilidad… Y, cuando me quise dar cuenta, me estaba masturbando. De repente me invadió otra vez ese sentimiento de culpa, esa lucha entre mis deseos y mis propios prejuicios. Pero finalmente me relajé y pensé que no había nada malo en ver este tipo de porno ¿no? Solo era porno.

Así que, por curiosidad, empecé a navegar por webs buscando contenido de ese tipo y me di cuenta de que realmente me excitaba más que el cine X convencional. Esto era una novedad, algo diferente, y a mí siempre me había gustado probar cosas nuevas. Y esto era solo eso, curiosidad, no estaba haciendo nada malo. Intenté ponerme alguna película donde un hombre mantuviera sexo con una mujer, una con coño, para demostrarme a mí mismo que me seguían gustando, y sí, me excitaba, pero me daba cuenta de que al final acababa fijándome más en el miembro del hombre que en la chica en cuestión. Pero es que era inevitable, todas las escenas estaban enfocadas a la polla, tan gorda, tan dura, tan poderosa… Y yo, inexplicablemente, quería sentirla en mi boca. Me gustaba imaginarme asumiendo el papel del que acaba sometido, del que es poseído por el otro, del que, por una vez, no tiene que llevar las riendas sino que se deja llevar. Era una sensación tan extraña… tan liberadora.

De repente, en una de las páginas por las que estaba navegando me salió un banner con una mujer vestida completamente de látex, Ama Eva se llamaba. Allí estaba ella, con un traje negro con ribetes rojos, con unas medias de rejilla, una peluca morena larga y con una fusta en la mano. Sentí algo que me recorría por dentro, una necesidad en la que, hasta ahora, nunca había reparado. Había un teléfono de contacto. Estuve un rato mirándolo, sintiendo mis nervios en el estómago, y finalmente, lo apunté en mi agenda y le escribí un mensaje con un tímido “Hola”. Estuve esperando un rato su contestación pero no obtuve respuesta, así que apague el ordenador y me fui al salón a tomarme una cerveza. Y de repente el teléfono vibró. “Hola”. La mano me temblaba. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Qué coño era lo que estaba haciendo exactamente? Me puse nervioso, dejé el móvil en la mesita del televisor y me fui a la cama.

A la mañana siguiente, nada más levantarme, no me pasaba otra cosa por la cabeza. ¿Qué hago? ¿Contesto? ¿No contesto? Y finalmente, lo hice. Estuvimos hablando un rato. La verdad es que ella hizo que todo fuera fácil. Me gustaba la educación con la que se dirigía hacia mí, su discreción, cómo se interesaba por mis fantasías, por las razones que me habían llevado a contactar con ella. Me sentí cómodo. Y finalmente le pregunté si podíamos quedar. Para mi sorpresa dijo que sí, que le gustaría mucho. En ese momento reconozco que estaba muy excitado y nervioso, y que lo que más me gustaba de ella es que sí, era una diosa, pero era una diosa con polla.

Acordamos vernos ese mismo día a las 7 de la tarde. Me venía bien porque a esa hora suelo estar en el gimnasio y tengo coartada con mi mujer.

Así que aquí estoy, frente al espejo, diciéndome a mí mismo una y otra vez que soy heterosexual, que no vaya a mi cita, que la anule, que deje de hacer el gilipollas… pero, mientras repito todo eso, termino de pasarme la cuchilla, me echo aftershave, me pongo unos vaqueros, una camisa y unas deportivas, y salgo a la calle.

De camino a su mazmorra no paro de darle vueltas a cómo será, a si me gustará, a si yo le gustaré a ella, si sabré estar a la altura de la situación… Ya le he dicho que no tengo experiencia en este terreno, y que no me gusta el dolor, y que por supuesto no puede dejarme marcas que pueda ver mi mujer. Pero ella me ha dicho que no me preocupe, que hace dominación erótica, que su fin es que los dos nos lo pasemos bien, y que no tendré que hacer nada que no quiera. Eso me ha tranquilizado bastante, aunque no lo suficiente.

Por fin llego a su portal, me paro un rato frente al telefonillo, preguntándome a mí mismo si realmente estoy seguro del paso que voy a dar. Y no, puede que no, pero decido darlo igualmente y llamo. Una voz dulce me habla a través del interfono “Te estaba esperando, cariño, pasa”. Y al abrir la puerta noto que me tiembla la mano. Subo los cuatro escalones que me separan de un nueva parte de mí que desconozco y, cuando ella abre y la veo, me fascina tanto su imagen que dejo todos mis prejuicios fuera y entro decidido a su mundo.

Nada más cruzar el umbral Eva me tiende la mano para que se la bese y yo lo hago. Lleva puesta una falda de látex roja, un corpiño negro, una camiseta de puntilla que deja entrever sus pechos y unas botas de cuero hasta la rodilla con cordones y con unos maravillosos tacones de aguja metálicos. Todo su atuendo es extremadamente femenino, la personificación del morbo, y eso me encanta, pero lo que más me llama la atención es su cara. Lleva puesta una peluca roja hasta los hombros y una máscara de látex que resalta unos ojos preciosos con unas pestañas espectaculares y unos labios perfectamente maquillados. La estoy mirando ensimismado, sin saber qué decir, cuando de repente ella me ordena “Deja aquí tus cosas y acompáñame”, y yo obedezco sin ser capaz de emitir ningún tipo de sonido.

Se coloca en medio de la habitación y me explica, con una voz muy sensual, lo que hay en cada uno de los habitáculos. Un ropero con muchísima ropa y zapatos, una zona con una cama y un baño, una cruz con correas, una jaula… Me asusta y me fascina a partes iguales estar en este lugar. Una vez que ha terminado de enseñarme todo me pide que me siente en una camilla que hay al fondo de la habitación y ella se sienta en un trono negro que está justo al lado. Estamos un rato hablando, no mucho. Primero me dice que en cualquier momento puedo marcharme, o pedirle que deje de hacer algo que esté haciendo, o pedirle que haga algo que me apetezca probar, que no me corte, que si ella cree que me estoy pasando, ya me frenará. Después me pide que le cuente algo sobre mí, sobre los fetiches que tengo, sobre lo que busco encontrar en ella, y sobre alguna fantasía que quiera llevar a cabo. No sé muy bien qué decir, porque ni yo mismo lo sé, pero esa pequeña conversación consigue que me relaje.

De repente ella se levanta y me pide que vuelva a la entrada, donde he dejado mis cosas, y que me desnude. “¿Del todo?”, le digo. Y ella me contesta que sí, que del todo, pero que en una percha ha dejado las prendas que quiere que me ponga. Yo prefiero no pensar y me limito a obedecer, asumo que este es su terreno y que ahora es ella quien manda, la que lleva las riendas, y yo me abandono a su voluntad. Subo las escaleras y veo que en la percha hay colgados unos pantalones de cuero negros, una camiseta negra sin mangas, y una máscara de cuero también negra. Me desnudo, y siento que lo hago en el sentido más profundo, de cuerpo y alma, y al hacerlo me doy cuenta de que mi pene ya está erecto. Pero claro, es normal, todo el ambiente en este lugar, el olor a látex, Eva… siento que es lo más excitante que he experimentado jamás.

Ataviado con la ropa que ella ha escogido para mí, bajo de nuevo las escaleras y veo que me está indicando con el dedo que me acerque a la zona de la cruz. Me coloco de espaldas a las aspas y ella, con mucha suavidad, me dice que cierre los ojos. Lo hago y noto como me va atando de pies y manos mientras me susurra palabras para tranquilizarme. Acaricia mis brazos con sus guantes de látex, me encanta el tacto, pellizca mis pezones y eso hace que me retuerza y emita un ligero quejido. Poco a poco va bajando por mi abdomen y empieza a desabrocharme el pantalón. No llevo nada debajo y el simple roce de sus dedos me vuelve loco. Me los baja hasta las rodillas y después noto como sus manos van subiendo por mis muslos, despacio, hasta llegar a mi polla. La acaricia levemente con los dedos y después la agarra y la sacude con suavidad mientras dice “Así me gusta, que te pongas cachondo para mí”. En ese momento noto que se aleja, estoy unos segundos escuchando mi respiración entrecortada cuando de repente me ordena “Abre los ojos”, y yo de nuevo, obedezco.

La imagen que tengo frente a mí jamás me la hubiera podido imaginar. Ha colocado un espejo enorme justo enfrente de la cruz donde puedo verme de cuerpo entero, atado, vestido de negro, con mi miembro erecto fuera de los pantalones; y junto a mí, ella, una auténtica diosa del fetichismo. Siento como mis deseos afloran sin que yo pueda resistirme, sin que pueda evitar lanzarme a ellos sin remordimientos, sin necesidad de controlarlos, porque lo hago de su mano. Así que me miro, nos miro, y pienso “Hoy, el protagonista de mi fantasía, el actor de mi propia película porno, voy a ser yo”, y ya, por fin, me dejo llevar y me limito a disfrutar.

 

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