Bastante tengo con lo mío – @asier_triguero

Asier Triguero @asier_triguero, krakens y sirenas, Perspectivas

–¡Machácamela, échale huevos! A la de tres… –Fernando sujeta el martillo de carpintero como si éste pesase dos toneladas; jamás ha hecho daño a nadie, pero a diario convive con gente que le insta a cometer actos violentos y que le llama marica por ser incapaz de aplastar una mosca con sus enormes dedos.

–¡Una! –grita Sesi con la pierna derecha extendida sobre la mesa tensando todos sus músculos a la espera del martillazo.

–¡Dos! –añade Cabeza Tuerca sediento de sangre y sudando morbo como el que asiste a una pelea de gallos en Puerto Rico. A sus puños apretados le faltan billetes arrugados asomando por los lados.

–¡Tres! –completo yo, sabiendo que no va a pasar nada.

Fernando cierra los ojos con tanta fuerza que sus pobladas cejas le cubren toda la cuenca ocular, Cabeza Tuerca alienta la escena con un “¡vamos, vamos!” mientras se rasca los huevos con lujuria y Sesi grita como un cerdo esperando el desenlace, pero al final, no hay martillazo. Deben llevar así todo el día; me ponen de los putos nervios. En lugar de proponerle a Cabeza Tuerca que sea el verdugo, cosa que le haría mucha ilusión, se ponen a pensar otro plan en el que Fernando sea el ejecutor. Quieren que Sesi consiga una discapacidad del treinta y tres por ciento. Sospecho que el motivo de mantener a Cabeza Tuerca con las manos limpias de sangre son los antecedentes  criminales que acumula. No quiero malgastar ni un minuto más en intentar comprender la forma de actuar de estos tarados, bastante tengo con lo mío, pero tengo que estar aquí un rato más.

Cabeza Tuerca me ha abierto la puerta cuando he llegado a casa de Sesi. Me ha dicho: “nos pillas con lo del treinta y tres por ciento, ya sabes. Ahora estamos a punto de solucionarlo”, y después me ha invitado a pasar con un gesto de lo más común. Yo estaba al tanto de lo que tramaban porque el otro día Fernando me llamó muy preocupado al trabajo para contarme lo que le iban a obligar a hacer. Intenté calmarle explicándole unas cuantas cosas muy sencillas con la intención de que se les quitase esa absurda idea de la cabeza, pero como siempre, Fernando no ha tenido huevos para decirles nada. Además… qué cojones, si ninguno de los tres tiene las más mínima idea de lo que quiere decir la oficina de empleo estatal cuando sitúa como requisito fundamental que el candidato al puesto de trabajo debe poseer una discapacidad del treinta y tres por ciento. Como he dicho antes, bastante tengo con lo mío, así que me importa una mierda lo que hagan; por eso me he sentado en el sofá y me he liado un porro de la marihuana que les acabo de comprar. A eso venía y en ello estoy: a comprarles cuatro bolsas y de paso mantener a flote la única fuente de ingresos que les permite seguir merodeando a los tres por casa de la abuela de Sesi sin trabajar en nada y colocándose a diario.

–Si sólo te jodemos una pierna tendrías una discapacidad del veinticinco, porque aún te quedaría la otra pierna y los dos brazos… ¿Cómo conseguiríamos ese ocho por ciento? –razona Cabeza Tuerca echando hacia atrás su feo rostro, y como si pensase en algo muy importante, cierra los ojos mirando al techo. Sesi y Fernando esperan resultados –Traed una calculadora, papel y lápiz–. Fernando sale disparado y sin rumbo alguno en busca de dichos ítems. Me muero de ganas por conocer sus cálculos, pero Fernando se demora. La senil y centenaria abuela de Sesi aparece caminando lentamente por el salón atestado de humo. Para ella no hay nadie en su casa y, pasito a pasito, avanza como aquel que busca refugio en la niebla. Lleva tres placas de un cuarto de kilo de hachís bajo el brazo con el estilo de quien porta una carpeta llena de documentos importantes. Se detiene unos segundos, titubeante, y al de poco, con sus andares de insecto, se acerca a la televisión recalentada por los tubos catódicos y posa las tres placas donde algunos, hace años, apoyaban figuritas de folclóricas. Doy una calada al porro y aparece Fernando con las cosas.

–Esta calculadora sólo sirve para convertir pesetas a euros, pedazo de inútil. Además, funciona con energía solar y están las persianas bajadas. ¿No puedes hacer nada bien? –esputa Cabeza Tuerca enfadado. Pero algo debe ver en el lápiz, ya que al instante, su expresión cambia–. Un momento… ¿y si Fernando te clava esto en el ojo? Ojos sólo tienes dos, y un ojo es más que una pierna; puede que con eso consigas una discapacidad del cincuenta por ciento por lo menos –silencio–. Eso mucho más que el treinta y tres… ¡Y tendrías ventaja sobre los demás candidatos!

–No… Tuerca, no… no me obligues hacer eso, por favor –suplica Fernando. Sesi, que se lo está pensando, al de unos segundos, dice:

–Es un puesto fijo, Fernando. Trabajar sólo por las mañanas seis horas de lunes a viernes, y son mil quinientos veintitrés euros al mes, ¿sabes cómo podríamos vivir con eso los tres? ¡Mil quinientos veintitrés euros al mes! –Al escuchar tal cosa, Cabeza Tuerca repite la cifra suavemente, perdiéndose en un mar de sueños y posibilidades. Sesi continúa–. Recuerda la descripción de la oferta que vimos en la página web. Comercial de productos de repostería con discapacidad, imprescindible discapacidad del treinta y tres por ciento o superior.

–¡O superior! –recalca Cabeza Tuerca como el moderador de un debate.

–¿No decía nada de un certificado oficial de discapacidad igual de imprescindible? –añado.

–Ya pensamos en eso, en falsificar el certificado, pero es muy difícil, creo que tienen marcas de agua como los billetes –contesta Sesi.

–Por lo que pasamos directamente a los hechos, y en estas estamos, si queremos certificado, debe haber daños –añade Cabeza Tuerca, magnánimo.

–Ajá, ¿y especificaba qué tipo de discapacidad? Quiero decir, puede que sólo busquen discapacitados mentales –trato de decirlo con delicadeza y sin que se note en mi rostro la contención de una carcajada.

–En ese caso sería Cabeza Tuerca quien se presentaría como candidato al puesto, tiene piezas de metal en el cráneo desde aquella hostia que se dio en la moto hace años. Además, tiene unos papeles auténticos que afirman que es retrasado, pero sólo para algunas cosas –contesta Sesi.

–Aun así, es mejor tener dos candidatos al puesto que uno, por lo que… ¿cómo veis lo del ojo? –pregunta Cabeza Tuerca.

–Creo que al final va a ser la mejor opción –afirma Sesi, convencido.

Me aparto de la conversación y sigo fumando, he llegado muy nervioso, pero me estoy recuperando. He tenido un día duro y la semana que entra va a ser peor. Mucho curro en el hospital. Dobles guardias y bastante psicosis por un virus infantil que los medios de comunicación ya tachan de epidemia.

–No puedo hacerlo –dice Fernando.

–¡Hostias tío, no seas marica! Sabes que Tuerca no puede por los antecedentes, ¿vas a ser toda la vida un maricón de mierda incapaz de hacer nada? –pregunta Sesi

A veces mi tranquilidad se evapora como el estallido de un globo lleno de agua tibia a velocidad súper lenta. ¿Habéis visto esas imágenes que se utilizan para los anuncios de móviles con cámaras de tropecientos mil mega píxeles en los que se ve reventar un globo tan despacio que casi parece de porcelana? Bien, pues eso ocurre con mi tranquilidad cuando veo a personas como Sesi y Cabeza Tuerca tratar de esa forma a personas como Fernando, y también cuando veo a personas como Sesi, Cabeza Tuerca y Fernando, actuar de esa forma ante la vida y los problemas cotidianos. Como si juntos no pudieran sumar el cerebro que permite huir al mosquito de un manotazo. La abuela de Sesi vuelve a aparecer en el salón como una viuda de guerra que salió hace tres décadas en busca de su marido y perdió la cabeza en el intento.

–¡Vete de aquí puta vieja! ¡Estamos tratando de hacer algo importante! ¡Nuestro futuro está en juego! –grita Sesi. Cabeza Tuerca se ríe y le lanza bolas de papel por la espalda; Fernando baja la mirada, apenado. Me levanto del sofá y apago la colilla del porro en el cenicero.

–Una vez vi en internet que si mezclas clara de huevo, vodka, bicarbonato, dos mililitros de lejía y tres de barniz en una taza de porcelana y te la bebes, entras en un coma del que despiertas con lesiones cerebrales irreversibles –dice Cabeza Tuerca.

–Eso es demasiado, Tuerca, un ojo, la pierna y cosas por el estilo, bien, pero la cabeza la quiero mantener sana porque voy a tener que manejar una furgoneta todos los días y tratar con gente –contesta Sesi.

Mi intención es clara: irme. Pero el globo de agua tibia ya se ha reventado dentro de mi pecho, y todo menos lo que se puede llamar tranquilidad, circula por mis venas.

–¡Tienes que hacerlo puto marica! –Grita Sesi.

–¡Hazlo ya! ¡Mil quinientos veintitrés euros al mes para los tres! –Berrea Cabeza Tuerca.

Mientras ellos se rebozan en el éxtasis de su propia estupidez, cojo el lápiz, se lo clavo con precisión a Sesi en el globo ocular y, con la mano izquierda (soy zurdo para la fuerza), agarro el martillo y golpeo con destreza médica su rótula derecha a la vez que los berreos de Tuerca y Fernando compiten en estridencia queriendo maridar la fascinación con el horror. Nadie dice nada. Cuando me dirijo a la puerta, observo a la abuela de Sesi; está metiendo con esfuerzo un montón de ropa sucia y ajada en el horno. Espero que al final consigan el trabajo, o cualquier cosa que le permita a esa pobre anciana pasar sus últimos días tranquila, alejada de hijos de puta como los que ocupan su casa.

 

Visita el perfil de @asier_triguero