Barba de tres días – @kike_vasallo

Enrique Vasallo @kike_vasallo, krakens y sirenas, Perspectivas

Y al tercer día se afeitó. Mateo 3.14.

Hace ya casi cinco años que dejé de tener barba de tres días, y hoy os voy a contar el origen de la leyenda.

Era verano, agosto para más señas, y como cada verano por aquellas fechas yo estaba en mi pueblo, una pequeña aglomeración de casas cerca de Puebla de Sanabria, Zamora. Por aquel entonces lucía una fantástica perilla al más puro estilo D’Artagnan que sufría continuos tirones por parte de una mano derecha que actuaba por su cuenta y riesgo.
Como dice el dicho: Quien tiene barba con ella se entretiene.

Mi casa, decenios atrás, había alojado, en la planta baja, la única fragua que había a muchos kilómetros a la redonda. Con el paso del tiempo el herrero, un primo de mi abuelo, se hizo una casa y llevó allí la herrería, dejando tan solo unas vigas negras, por el humo de los años.

Era un día caluroso, y ya me había acabado el enésimo libro de aquel verano. Decidí que aprendería algo más, algo distinto a lo que me enseñaban las letras impresas sobre el papel amarilleado por los años. Fui a casa del primo de mi abuelo.

-Pepe, quiero que me enseñes a usar una fragua y a hacer herramientas con mis propias manos.

Un brillo de alegría cruzó por un momento los viejos ojos de aquel hombre mientras con su mano dura, fuerte y llena de callos me cogía del hombro y apretaba.
Preparamos el carbón, lo pusimos en la fragua con un poco de brezo seco que arranca la llama como en el infierno mismo.

-Dale a esa palanca, es el fuelle. Dime, ¿qué quieres hacer?
-No quiero hacer algo en especial, quiero que me enseñes los secretos antes de que se pierdan y no quede nadie que me los pueda mostrar.
-Bien, presta atención, mírame, observa y, sobretodo, pregunta. Ya iremos viendo qué sale.

El primer día aprendí cómo encender, preparar el carbón, a coger ascuas con la mano sin quemarme y que las ampollas del martillo y las quemaduras del metal al rojo dolían como el demonio.

El segundo me di cuenta que debía golpear con el martillo repiqueteando en el yunque para ver qué había hecho en el metal, para analizar el trabajo. Conseguí saber cuándo éste estaba listo para salir del fuego y a diferenciar metales por el sonido que soltaban al ser arreados con el martillo, casi gemían como una mujer bajo tu mano.

Al tercer día ya había forjado mi primer martillo. Era un martillo mediano, con un mango de roble que había hecho la noche anterior y que desde entonces conservo y utilizo.Tuve mis primeras nociones de cómo templar metales con aceite y agua dependiendo de cómo quisiera el acabado de la pieza y su uso posterior.
Acabando el día la perilla ya no adornaba sola la cara y una barba de tres jornadas de forja cubría mi cara ensombreciendo mis mejillas, a juego con los negruzcos manchurrones que tenía por la frente y nariz por secarme el sudor con las manos tiznadas de hollín.

A la mañana del cuarto día decidí que no me afeitaría; me rebajé la perilla al nivel del resto de la cara, me vestí con el mono de trabajo y me puse el delantal de cuero que usaba.

Fui a la fragua, la encendí como me había enseñado, metí una pletina de acero y accioné la palanca del fuelle mientras observaba el crepitar del metal cogiendo color. Esperé a que el metal casi soltara chispas, era la señal. Lo saqué, lo puse en el yunque y comencé a golpear con mi martillo.

 

Cada verano, me paso mi estancia en el pueblo golpeando metal, entre metal y metal, para darle forma y crear herramientas a partir de trozos amorfos bajo la atenta mirada de Pepe y el ensordecedor gemido del metal. Pero sobre todo, me meso la barba mientras espero a que el metal alcance la temperatura necesaria para volver otra vez a atizarlo con mi martillo.

Esa barba que empezó oliendo a humo de forja y hierro al rojo ahora huele a tabaco de pipa, whisky y café. Hay hasta quien dice que huele bien cuando huele a mí.

 

PD: No considero barba a una que no tenga al menos 4 días de vida.
PPD: No me he visto la cara desde entonces.

 

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