Bajo los árboles – @dtrejoz

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Junto al enorme rótulo de neón verde fosforescente del supermercado de la esquina, un hombre decide cual será el siguiente paso que dará en su vida, con la dificultad de que su mente tiene recuerdos que su corazón lamenta, y además la decisión incluye el seguir o no a la mujer que está cruzando la calle hacia la otra esquina, y esas decisiones (que incluyen perder o no a una mujer) de ninguna manera se pueden tomar a la ligera.

Quizás debería empezar a contarles desde más atrás, y no desde el punto en que lo hago. No es justo para nadie que empiece el relato ahora que el niño ya es un hombre, sin hablarles antes de su infancia, de cuando el cielo le cabía en la mirada, cuando no habían fronteras para sus sueños, cuando su corazón latía a la intemperie, en fin, agreguemos un poco de contexto. Todos hemos sido niños alguna vez, y si digo todos, es porque quiero que usted se incluya en esta historia, tan metafórica como probable, tan real como inventada, tan normal que no me cabe duda, que alguna vez habrán sentido a una niña entrando en su corazón, y luego la habrán visto también salir muy a prisa alejándose de todo y sobre todo de ustedes, haciendo añicos todos los sueños que ya tenían con ella, y de paso dejando hecho confeti –en el acto de su huida–a sus corazones ingenuos y enamorados.

Hasta aquí nada inusual, simplemente ella tuvo un día la ocurrencia de besarse con otro chico al frente suyo durante una clase de piano, y el estruendo que su corazón hizo al partirse se ahogó en el silencio que una lágrima deshizo, cuando se estrelló irremediablemente contra el piso. El corazón se le murió un poquito aquella tarde. Metafóricamente, le crecieron árboles por todo el pecho, su corazón primerizo en asunto de traiciones necesitaba refugiarse, guarecerse del dolor, protegerse del rocío… entonces se ocultó en sus árboles. Ya ustedes podrán hacer comparaciones entre la niñez de Josep y la de ustedes, les pido que lo intenten, no pueden ser tan diferentes. Después de un golpe como ese no es fácil reponerse. Cuando un niño se enamora por primera vez, tiene un concepto sobre el amor que resulta difícil de repetir, en su caso creía que el resto del mundo había desaparecido a su alrededor, y ahí, encerrados en una burbuja de cristal, estaban ellos dos juntitos, aislados de todos, como si el mar hubiera sido creado solo para ellos dos. Llamémosle a esto “un amor de niños”, el caso es que volvieron a juntarse, ella volvió a sus brazos  y el volvió a soñar con un horizonte para dos.

Sandra se hizo mujer primero que Josep. Ambos rondaban para entonces los catorce, ella ya era toda una señorita, de caderas anchas y cintura de ensueño, mientras Josep era un renacuajo sin forma, en pleno inicio de crecimiento, con un intento de voz grave que le hacía sonar ridículo. Para ese tiempo apareció Cristofer en la vida de todos. “Cris” era un chico de 17 años, mucho más formado físicamente, con un trabajo “estable” en una hacienda, y además un tipo de los que llamábamos “malos”, de los que volvían locas a las jovencitas…  ya saben lo que sigue: Sandra volvió a salirse de la burbuja donde la tenía Josep protegida y el corazón de “Jop” volvió a romperse por las mismas partes que ya lo había hecho cuando niño, se le abrieron las cicatrices, y los árboles que le crecieron la primera vez, se multiplicaron para crear un bosque, un fuerte donde atrincherarse, hasta que pudiera entender que el mar no era exclusivo para ellos, ni las noches de luna, ni los ratitos en el parque, hasta que comprendiera que no moriría si pasaba un otoño sin sus manos.

(Voy a adelantarme con la historia, hay pormenores que prefiero conservar en secreto por ahora, así que me saltaré diez años y contaré lo que por ahora nos va quedando)

Resumiendo, nos encontramos entonces ante un niño que se hizo grande, que ha sido desafortunado en el amor, que se enamoró  y no encontró reciprocidad para ese cariño, su corazón ha sido herido en reiteradas ocasiones por la misma niña, adolescente y mujer. Tres heridas, tres cicatrices. Cero olvidos…esas cosas duelen (la tercer herida se las cuento el 26 de Marzo, lo prometo)  Estamos ante un hombre que no cree en los milagros, alguien que ha llegado a pensar que nadie nació para él, que cualquier intento por establecer una relación va a terminar en desgracia, en dolor o en infidelidad. Es difícil vivir así, con miedo, y entre más miedo más fuertes sus bosques, los árboles con los que protege su corazón. Y qué cosa más bella es el destino, tan inesperado, tan improbable, tan sorpresivo e inevitable, tan hermoso cuando llega acomodado en la sonrisa de una mujer.

Una tarde de domingo coincidieron sin planearlo. Él la había visto un par de veces pero no tenía ojos para soñar, no tenía corazón para latir por nadie que no fuera él mismo, era su forma de morir. Luego de una reunión y de charlar con algunos amigos en común, sucedió dentro del corazón de Jop lo impensable y el milagro se hizo posible. Caminaron unos metros todos juntos charlando amenamente, y al llegar a la esquina del supermercado todo el grupo se detuvo brevemente, como haciendo un recuento de lo compartido aquella tarde, era la típica charla previa a una despedida masiva, una despedida grupal de domingo por la tarde, cada quien deberá tomar su camino y dejar un “hasta pronto” de promesa.

–Ahí la miró.

La miró esa vez y una extraña emoción le murmuró un escalofrío de norte a sur por toda su espalda. Dudó. Dijo un par de cosas intentando distraer la atención de los presentes hacia otro lado, porque se sintió desnudo, empezó a creer que su mirada lo delataba, que los nervios que estaba sintiendo al conversar con ella eran notorios a la vista de todos. Respiró. Se armó de valor y la vio una vez más. La miró de frente. Directo a los ojos. Buscó en lo profundo de sus ojos cafés una explicación a su repentino desasosiego, algo que silenciara la música que empezaba a sonar dentro de su pecho, era un coro de ángeles acompañados de violonchelos en fa sostenido que hacía callar todas las demás voces del exterior, una brisa fresca que empezaba a despeinar las copas de sus árboles de olvido, las hojas empezaban a volar, y a caer, como si todo adentro suyo fuera otoño. Y no encontró explicación alguna en aquel par de ojos cafés que lo miraban a cielo abierto, con un concierto de violines en re menor entre parpadeo y parpadeo. Tembló. Tembló por fuera, desde adentro. Porque por ésta vez estaba cayendo en la razón de que no había sentido nada similar arder en la historia de su infierno. Y entonces sintió pavor. Porque estaba ahí viéndola de nuevo, descaradamente, mientras se despedía de todos los presentes, y mientras lo hacía pensó que quizás jamás la volvería a ver de nuevo, porque no conocía su dirección, ni su teléfono, ni su nombre…ni siquiera conocía su nombre, y el hecho de imaginar que jamás volvería a verla se sintió como morir, muy parecido a morir de desconsuelo.

Ahora sí. Volvamos al inicio.

Junto al enorme rótulo de neón verde fosforescente del supermercado de la esquina, un hombre decide cual será el siguiente paso que dará en su vida, con la dificultad de que su mente tiene recuerdos que su corazón lamenta, y además la decisión incluye el seguir o no a la mujer que está cruzando la calle hacia la otra esquina, y esas decisiones (que incluyen perder o no para siempre a una mujer) de ninguna manera se pueden tomar a la ligera.

 

Pudo quedarse ahí la vida entera, en esos segundos que quedaron flotando mientras ella cruzaba la calle. Cada paso que daba la alejaba un poco más de sus manos, el dilema era si podía permitirse esa tragedia, si se puede perder a alguien después de tan poco tiempo de haberlo encontrado, después de haberla esperado –sin saberlo– toda una vida. Sin embargo, esperó un poco más. Esperó que de alguna parte viniera una señal. La miró de nuevo mientras se alejaba para siempre, pareció perderse en la poesía que recitaba su cabello al viento, en el zigzagueo de sus caderas proclamándose  dueñas de su universo,  y escuchó en su interior aquel concierto de violonchelos y violines ajustándose al vaivén de sus pasos, toda una sinfonía emergiendo del centro de su ser, con una voz que parecía lamento, que parecía reclamo, que parecía suplicar por un milagro.

De forma desesperada siguió inmóvil cada movimiento, alcanzó a verla detenerse al otro lado de la calle, la vio girar buscando un taxi, sus miradas volvieron a cruzarse en el vuelo de una casualidad obligada y recibió con sumo placer la estocada de aquella sonrisa inexplicable, desentendida y angelical que cruzó la calle de regreso para abofetearle los letargos.

Sintió aquella brisa frágil y fresca que empezaba a convertirse en un tornado.

Entonces lo entendió. Ella, con aquella sonrisa, estaba derribando los bosques que él había plantado para refugiar su corazón, los estaba invadiendo, estaba entrando a placer, provocando una tormenta que sacudía las ramas de los árboles mientras sus hojas caían al abismo. Ahí decidió que ya no quería seguir muriendo, se dio cuenta que después de mucho tiempo estaba soñando con esos ojos cafés de atardecer herido, de ocasos plenos de horizontes separados por sus parpadeos, estaba flotando en esa sonrisa que detenía el cielo, que sostenía una galaxia entera de esperanza, en toda esa luz que podía resumirse entre sus labios, estaba temblando de pensar en la fortuna que había tenido, de encontrarse aquella tarde tan libre como el viento, sin pasados que lo atasen, sin futuros definidos, con un destino disponible en la recámara del tiempo, y se rindió.

Y allá,

bajo los árboles,

escuchó el latido de un corazón que ya vivía,

la insinuación de un corazón que se llenaba de promesa,

la voz de un corazón reconociendo su destino…

 

-Y fue tras ella.

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