Babel – @J_eSeKa

@J-eSeKa @J_eSeKa, krakens y sirenas, Perspectivas

No era muy habladora. Su discurso era breve y conciso, directo y demoledor, como su mirada. Todo lo contrario que sus silencios: largos y frágiles, indescifrables, capaces de hacer estallar cualquier mente que osase traducirlos. Sus silencios retumbaban como el rugido de la noche, como el estallido de una lágrima al caer sobre otra que ya tienes esparcida en la palma de la mano; como el universo, en el que no debe sonar nada, pero esa nada se hace eco en tus oídos y tú la percibes, aunque sabes que sólo es nada. Así sonaban sus silencios: como el silbido de una hoja a la deriva al romper el viento, a la que yo esperaba paciente que se posase. Entonces la recogía, la mimaba, la acariciaba y la guardaba entre alguna de las páginas del libro que nunca llegamos a terminar de escribir. Se acostumbró a hacerme saber que el silencio había terminado con una sonrisa, después se quedaba mirándome y yo ya preparaba los labios para el beso que ella llevaba varios segundos diseñando. Después de besarme, terminaba el ritual de sus silencios entonando a Chris Martin… “I hear Jerusalem bells are ringing, Roman cavalry choirs are singing, Be my mirror my sword and shield, My missionaries in a foreign field», mientras yo buscaba alguna forma amoldar un Viva la vida a ese estribillo, algo que nunca conseguí.

Me gustaba coleccionar sus silencios. El más glacial lo bordó una mañana mientras desayunábamos… La noche anterior se le escapó el primero de sus escasos «te quiero», mientras hacíamos el amor. Joder, al escucharlo mi alma eyaculó -no encuentro otra expresión para describir lo que sentí-. A la mañana siguiente, con la cocina oliendo a café recién hecho y a pan tostado, se lo devolví: «Yo también te quiero, Lara». Por una fracción de segundo, esbozó una sonrisa que rápidamente se perdió en un agujero negro del silencio que prosiguió. Aquel silencio no lo rompió con una sonrisa, ni me besó, ni tan siquiera cantó el Viva la vida.

Al cabo de un tiempo interminable, habló:

—¡No! Tú no debes quererme.

—¿Cómo? ¿Por qué no?

—Porque no. Porque así no funcionará lo nuestro. Yo sí puedo quererte, pero tú a mí no. Yo debo ser una de tus chicas, la que más, la primera, pero no puedes quererme. No debes quererme. O al menos nunca más me lo vuelvas a decir.

—Lara, qué cohones me estás contado.

 

Eso ocurrió a las pocas semanas de conocernos. Muchos silencios más tarde, comprendí que Lara necesitaba que yo fuese por delante. Perseguirme para no estancarse. Como si seguir el camino a la par, juntos, se le hiciese un charco de arenas movedizas que la paralizaba. Me admiraba. Desde abajo. Yo era la cima, por eso la ascensión no la podíamos hacer juntos. Su corazón hablaba de una forma, el mío de otra, porque yo quería caminar junto a ella, despacio, pero junto a ella. Y así se lo dije: «no quiero entrar en tu vida como un elefante en una cacharrería».

Su lengua estaba aprendiendo otro lenguaje muy diferente al que durante su vida había usado. Comenzaba a utilizar el NO, las palabras espacio, soy, autosuficiente, quiero crecer, o la de sustituir un “te quiero” por un “te necesito”, porque eso implicaba que solo me necesitaba en ese momento, ese día, esas noches, todo el tiempo que pudiese dedicarme sólo para gozarnos, mientras un te quiero era volver a entrar en la jaula de la que huyó tras su separación. Y para mí era todo lo contrario: te quiero ahora, solo para hablarnos, mirarnos, follarnos, comprendernos, porque un te necesito era un: te echo de menos a cada segundo. Te necesito para despertar cada día a tu lado, o para que mis camisas las planches más veces tú que yo, o para no ir solo a Barcelona a ver a mi familia, o para creer que si de algo vale la pena mi vida era por ella. Ella me necesitaba a su manera, yo la quería a la mía. Babel tuvo la culpa de que su corazón y el mío hablasen distintos idiomas.

Hasta que llegó un día, tras infinidad de silencios, en el que el elefante al ver que no cogía por la puerta de la cacharrería decidió tomar camino de su cementerio.

Cuando ya estaba a trescientos kilómetros de distancia, Lara me llamó:

—¿Por qué te vas?

—Porque te quiero.

—Yo no puedo ayudarte en eso.

—Lo sé.

Silencio.

Silencio.

Silencio.

Silencio.

—“I hear Jerusalem bells are ringing, Roman cavalry choirs are singing…

Tampoco esa vez pude encajar un Viva la vida en el estribillo.

 

«Lo nuestro fue un roce con derecho a amar
y un te quiero en libertad,
un sexo compartido sin ánimo de lucro
y un hazme tuy@
hasta que amanezcan nuestras dudas
y mañana Dios dirá…
Un sinfín de melodías prescritas
en un moribundo polvo asturiano
que nunca llegó, y
un prohibido prohibir
pero sácame de aquí
que deseo un todo contigo
pero sin ti.»

 

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