Atraco a mano armada – @Macon_inMotion

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Un pedazo de metal surcaba lentamente el espacio que iba, desde el cañón de la pistola que el atracador sujetaba, hasta el pecho del dependiente de la tienda de ultramarinos. Cientos de pequeñas gotas de sangre comenzaban a volar en todas direcciones, brotando del agujero que la bala había provocado. El hijo de este último, surgía desde una puerta de servicio con una vieja escopeta de madera, justo a tiempo para ver como su viejo se desplomaba sobre una de las estanterias que se encontraban a su espalda. Un grito mudo le colgaba de la boca a la anciana que caminaba por el pasillo con un carro de tela escocesa en el que alojaba su compra.

Tic. El tiempo, alargándose hasta el infinito.

El cristal de la entrada saltaba en mil pedazos a la espalda del agresor, que cerraba los ojos y trataba de emular a una tortuga encogiendo su cabeza hasta ocultarla en su caparazón. Un instante antes, el joven de la escopeta, con pulso tembloroso, había encañonado al hombre que había disparado a su padre. Sus dedos habían apretado el gatillo sin su cerebro apenas haber procesado previamente ninguna orden. A la mujer mayor le fallaban las piernas y presa del pánico caía al suelo.

Tac. El segundero del reloj que había en el mostrador se movió una sexagésima parte de minuto.

El atracador retrocedía torpemente y tropezaba con una lata de refresco que había llegado rodando al caer de la estantería. Perdiendo el equilibrio totalmente, el hombre aterrizó sobre otro estante. La pistola se le disparaba entonces por accidente, dejando un agujero en el techo del que se desprendieron unos gramos de escayola blanca. Su torpeza le había salvado momentaneamente la vida, porque el hijo había efectuado un segundo disparo con la escopeta que debido al tropiezo del asaltante, solo consiguió reventar varias bolsas de patatas fritas, cuyo contenido se esparció por el aire.

Tic. La aguja avanzó de nuevo.

El dependiente se palpaba el pecho con las manos ensangrentadas, sin poder dar crédito a lo que estaba pasando. Un charco de color granate oscuro comenzaba a aparecer debajo de su cuerpo, recostado sobre la pared. El atracador a su vez, buscaba la pistola que se le había escapado de la mano en su caída. La cámara de seguridad registraba la escena en una pobre escala de grises y la hora y la fecha superpuestas en color blanco.

Tac. Un segundo más desaparecía del presente.

La anciana, tirada en el sucio suelo del pasillo, observaba la escena sin poder moverse. El rostro absolutamente desencajado.

Tic.

El dependiente, muerto y con el rostro rígido, permanecía sentado como una grotesca estatua tras el mostrador. La mirada perdida en el infinito.

Tac.

El atracador buscaba desesperadamente la pistola. Los ojos a punto de salírsele de sus órbitas.

Tic.

El joven observaba el cañón humeante del rifle que sostenía en las manos. Los ojos nublándosele por las lágrimas.

Tac.

Todo se detuvo. Excepto el tiempo.

 

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