Astronautas – @kike_vasallo

Enrique Vasallo @kike_vasallo, krakens y sirenas, Perspectivas

Llevaban ya varias horas preparando el descenso de regreso a la Tierra con todos los procedimientos habituales. Dio un último paseo por el interior de la Estación Espacial Internacional despidiéndose de sus camaradas espaciales. Había pasado un total de 264 días en aquella maravilla tecnológica dando vueltas alrededor de nuestro planeta natal, en eterna caída libre, compartiendo aquel espacio reducido entre la inmensidad del vacío que les rodeaba y los lazos que se formaban resultaban verdaderos. Las lágrimas, que se quedaban en los ojos pegadas sin jamás rodar por sus mejillas formando esferas temblorosas que se deformaban con cada espasmo, eran lágrimas agrias de pena por dejar a sus amigos mezcladas con lágrimas dulces de felicidad por volver a verla.

Ella no quería que él fuera astronauta. El día antes de que él se montara en ese inmenso cohete que lo propulsaría tan lejos de su alcance le susurró al oído que no fuera, que se quedase con los pies en la tierra, que bastante tenía ya con la cabeza en las nubes. Sin embargo él la abrazó fuerte y le dijo que él la buscaría cada día, a cada vuelta; que si veía un punto brillante moviéndose rápido por el cielo nocturno que él estaría saludando desde arriba.

Habría momentos en los que la distancia sería algo más que el tamaño de la Tierra y otros momentos en los que pasaría justo “rozando” por encima de su cabeza a unos 300 km. La distancia, a veces, no era para tanto. Había llegado el momento de hacer que esa distancia se redujera a cero con una caída.

Apenas quedaban unos minutos para el desacople del módulo de descenso de la Soyuz. Bajaba con otros compañeros, una mujer rusa, con la tez pétrea, y un británico que sonreía con la calma tensa del que ya ha hecho una reentrada antes. Todos llevaban sus trajes espaciales por si acaso hubiera un problema de despresurización de la cápsula.

10… 9… cerró los ojos 8… 7… 6… miró la foto, en la que salía ella con una sonrisa de oreja a oreja mientras él la abrazaba por detrás con la cabeza hundida en su pelo, que había colocado en un panel de la pared 5… 4… 3… respiró profundo 2… 1… desenganche.
Se activaron unos propulsores que les introdujeron en la órbita de entrada y se dejaron llevar.

Ella miraba al cielo, con una copia de esa foto en las manos, y el corazón reducido a la mínima expresión. Había ido al lugar de reunión para luego ir a buscar la cápsula una vez en tierra. Rezaba, sin saber muy bien a qué, pero rezaba mirando al cielo con lágrimas que rodaban por sus mejillas hasta el suelo.

Desgraciadamente, un par de días antes, un pedazo pequeño de basura espacial había chocado contra la cápsula de descenso abriendo una pequeña fisura en el escudo térmico.
El módulo comenzó su descenso sin ningún incidente hasta que al entrar en la atmósfera el rozamiento hizo aumentar la temperatura. Poco después y tras un fogonazo en el interior se dieron cuenta de lo que pasaba. No había nada que hacer.
Cerró los ojos y estiró la mano, haciendo caso omiso a los gritos desesperados de sus colegas, cogió la fotografía de ella y la besó a través del cristal del casco de su traje espacial.
Pensó: ojalá no estés mirando hacia arriba ahora mismo porque no voy a poder saludarte cariño…
Apretó la fotografía en su puño junto a su corazón cuando el escudo térmico no aguantó más, comprometiendo la estructura interna y partiendo el módulo en pedazos que cayeron como estrellas fugaces.

Bolas de fuego brillaron en el cielo mientras ella caía de rodillas y sus lágrimas regaban el suelo y se clavaba las uñas en las palmas de las manos destrozando la foto entre sus dedos crispados. Los restos cayeron a unos pocos kilómetros pero la nube de humo y polvo era perfecta y dolorosamente distinguible. Los equipos de emergencia se desplegaron y acudieron veloces al lugar del choque mientras ella se desmayaba en el suelo y con los ojos fijos y abiertos miraba al cielo sin ver nada, soñando con que todo hubiese sido una mala broma del destino.

Se levantó como pudo, tras recuperarse, cubierta de polvo y lágrimas pegadas a su cara. Pedazos de papel de la fotografía cayeron de su mano para salir volando de entre sus dedos cabalgados por una brisa de aire caliente. Echó a correr hacia la columna de humo que aún subía retorciéndose como una serpiente gorda y negra.

A los pocos cientos de metros un camión de aspecto militar que venía de la zona del accidente paró enfrente de ella. Se bajó un señor mayor que conocía de las fotos que él le había enseñado.
Ella se detuvo y le miró a los ojos. El hombre se acercó y negó con la cabeza casi imperceptiblemente. Ella rompió a llorar de nuevo y él la hundió entre sus brazos.
A los pocos segundos su voz, potente, resonó en los oídos de ella.

-Señora, inexplicablemente su marido logró salvar esto. Lo tenía en su puño.

Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y le entregó un papel algo quemado.
Entre las lágrimas vio la fotografía que él se había llevado consigo.
En la parte de atrás había algo escrito que no se había quemado y aun podía leerse:
Si miras al cielo siempre estaré ahí para saludarte. Te quiero.

 

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