Asociación de víctimas de ti – @kike_vasallo

Enrique Vasallo @kike_vasallo, krakens y sirenas, Perspectivas

La noche empezó como una noche cualquiera, con un vaso de whisky con hielos.
Estaba sentado en el taburete favorito, del rincón favorito, de su bar favorito para beber las noches de diario, bueno y en cualquier momento.
El bar tenía todo lo que un bar debe tener: un camarero silencioso que te servía lo de siempre cuando te veía cruzar la puerta, música suave de fondo, la luz tenue y gente como yo. Estaba lo suficientemente cerca de casa como para que no diese pereza ir y lo suficientemente lejos como para que el paseo, borracho, de madrugada despejase lo justo como para que luego quedara inconsciente en la cama.
Era un bar de esos que un poeta podía considerar su oficina, con servilletas grandes y gordas para poder escribir en ellas, con vasos de whisky a un precio irrisorio y que salían mejor que escribir con cerveza.

Entró una mujer, vestido negro, tacones altos negros y labios rojos. La miró durante tres segundos hasta que llegó a la barra y se sentó en un taburete alejado.
Pidió, no debía de ser asidua porque el camarero no le había servido nada al entrar.
Miró el móvil un par de veces hasta que le llegó la bebida, whisky con hielos; sonreí.
Volvió a mirar el móvil una vez más y supuse que habría quedado con alguien aquella noche.

Yo seguía dando pequeños sorbos a mi vaso mientras me rascaba la barba con una mano y miraba los garabatos que pretendían ser letras que había escrito en el papel que tenía delante. El taburete, con forma de sillín de moto, hoy se me hacía terriblemente incómodo. Me incorporé y alcé la vista. Allí estaban esos labios rojos que me sonreían torcidos y por encima unos ojos negros que no sonreían pero que me miraban fijamente. Fui al baño y noté como los ojos me escaneaban de arriba a abajo mientras un escalofrío me recorría de abajo a arriba.

Cuando volví ella estaba sentada en mi taburete y sus manos cogían con elegancia el texto que estaba escribiendo.
Me acerqué despacio y cuando estaba justo a su lado cogí el vaso y bebí. Ella terminó el texto y me miró.

—No va a salir un final feliz de este texto.
—Lo sé, no sé escribir finales felices.
—Qué triste…
—Ya, aún no me ha pasado nunca a mí. No sé como son.

Su voz era suave y pausada, seguro que recitaba genial poesía. Una voz de esas de las que puedes enamorarte fácilmente.

—Puedo ser tu final feliz de la noche de hoy.
Sonrió, otra vez con los labios mientras que los ojos se cerraban muy felinamente.

[Hola, soy el que escribe. Ya sé que esto es difícil de creer pero de momento es la única mentira que he contado hasta ahora. Además es mi texto y hago lo que quiera con él. Seguimos]

Carraspeé y volví a beber.

—Quizá este escrito pueda esperar para tener un final o quizá sea mejor que no tenga final. Mi casa está cerca, te invito a un whisky con hielos allí.
—Vale, pero los hielos mejor los usamos para otra cosa.

Salimos del bar, llegamos a mi casa, abrí una botella de whisky que había comprado esa misma mañana y puse dos vasos. No hablamos mucho, acabamos en el sofá y lamiendo whisky de nuestros cuerpos desnudos y con muchos hielos que se derretían al momento de tocarnos.

A la mañana siguiente ella ya no estaba. Había una taza de café en la mesa del salón con pintalabios rojo en el borde, a su lado descansaba el texto que estaba escribiendo la noche anterior. Había algo escrito justo después de donde había dejado de escribir yo. También había una tarjeta con un número de teléfono y un nombre: Asociación de víctimas de mí.

La cabeza aún me daba vueltas y tuve que releer lo escrito en mi texto en tinta roja carmesí, con perfecta caligrafía, mas de un par de veces.

Acabo de escribir
el más trágico final
de toda tu vida.
Enhorabuena,
tienes SIDA.
No me recuerdes mal,
disfruta lo que te queda por vivir. 

Visita el perfil de @kike_vasallo