Asesinos de sueños – @Candid_Albicans + @IAlterego84

Candid_Albicans @candid_albicans, @IAlterego84, krakens y sirenas, Perspectivas

“Si oyes un clack atrás no te vuelvas nunca,
porque fría tras tu nuca puede que haya una pistola”
ElPhomega

 

Subamos el telón. Así, a vista de pájaro. Cielo azul, con un hongo de contaminación. Atascos. Gente yendo y viniendo. Vamos, un día más en la ciudad.

Avancemos un poco. Zona rica. Chalets con piscina y plaza de garaje. Urbanización cerrada. Seguridad privada, esto es placas frustrados. Hombres de Harrelson que hacen rondas por calles tranquilas dándoselas de ser el azote del hampa. Persianas que empiezan a subirse. Puertas que se abren y triunfadores de la vida que salen de sus casas con sonrisa de anuncio de dentífrico.

Centrémonos en una en cuestión.

La escena es la siguiente. Hombre de edad indeterminada. Traje caro. Maletín en mano. Cara afeitada hace pocos minutos. Olor a aftershave. Y a su lado una chica mucho más joven. Atractiva. Sonriente. Gesto de devoción. A su lado tres niños. Todos de menos de diez años. El vivo retrato de su progenitor pero sin úlceras ni ojeras fruto de la edad y el coste que supone llegar a la cima de la sociedad.

Él acaricia las cabezas de sus retoños. Después, da un beso casi furtivo en los labios a la mujer. Dice algo gracioso, los cinco se ríen. Hace un ademán con la mano. Un brillo metálico centellea como el fogonazo de un disparo en la noche. Los cuatro le dicen adiós con la mano. Él se monta en un Lexus y enciende el contacto. La jornada continúa su rutina.

La ciudad se derrama en el horizonte como un reguero de sangre resbalando en las paredes blancas de una bañera hacia el sumidero.

 

Hasta luego mi vida. Duerme. No te levantes. Mamá volverá enseguida.

Un suave beso en la frente y mil demonios clavando sus garras en mi conciencia.

Echo la llave al salir. Me subo la falda ocho centímetros más. Lleno mis pulmones del aire húmedo y denso que parece ser una constante en esta cloaca olvidada, y avanzo sin ganas. Las primeras luces aparecen en las ventanas, y las persianas comienzan a bajarse como si se tratasen de puertas acorazadas que pudieran protegernos de las miserias de la humanidad. Niego con la cabeza mientras enciendo un cigarro. Maldita sea.

El barrio está situado en una zona industrial deprimida. Casas bajas con fachadas agrietadas y desconchadas que hieden a alcantarilla por cada esquina. Una vieja fábrica de lápices abandonada es el lugar de negocios preferido por la flor y nata arrabalera. El encanto de esta mierda de lugar radica en la esperanza que mantengo de poder largarme de aquí con mi hijo para no volver. Y así, entre sueños y esperanzas, me alquilo a 20 euros la hora. Continúo caminando. Vuelvo la cabeza y ya no veo mi casa. Otra vez las garras de mi conciencia. Mira hacia delante, hostia. La culpa no os dará de comer.

Unos metros delante de mi frena un Ford Focus negro con cristales tintados. Me decepciono al ver que el conductor que se asoma haciendo más aspavientos que señas no es un cliente sino el camello que trapichea en el parque. Me dice que tiene un cliente para mí en una urbanización exclusiva. Que busca una chica guapa y que el tío huele a billetes de los grandes. Parece que no hay mucho que pensar. Aún así dudo. Meto la mano en el bolso. Acaricio mi navaja. Menuda tranquilidad de pacotilla, pienso. Subo.

El coche sale derrapando. Mientras, veo a través de la ventanilla como el perfil del arrabal se diluye en el horizonte.

El tío está nervioso, no para de hablar y de mirar por el retrovisor cada dos por tres. Estamos pasando de largo las luces de la urbanización. Algo no está bien. Le exijo que pare pero el hijo de puta continúa. Intento abrir la puerta cuando en ese momento un clack inesperado indica el cierre automático. Antes de poder reaccionar, algo surge del asiento trasero y un golpe metálico estalla en mi cabeza. Todo se vuelve negro.

 

Sigamos con nuestro paseo con vistas privilegiadas de la ciudad.

En las afueras. Cerca de un descampado. Dos coches. Uno que acaba de llegar. Ford Focus. Negro. Salpicaduras de barro en la carrocería y cristales llenos de mierda. El otro es un todoterreno. Color oscuro y cristales tintados. Llantas de aleación brillando recién pulidas. Puertas que se abren y bajan de cada uno dos hombres. Los del Ford con el glamour de un narco de parque. Chándal. Tatuajes horteras en los antebrazos. Gafas de sol apoyadas sobre las cejas. Pupilas dilatadas. Mascadores de chicle compulsivos con leves temblores de mandíbula y congestión nasal que solucionan sorbiendo de cuando en cuando.

Los otros apuntan a una versión profesional de lo que los otros quieren ser. Gesto serio. Aspecto limpio. Ropa algo más ostentosa que un chándal lleno de chinazos, sin llegar al cliché de gangster siciliano obsesionado con las formas y los trajes caros.

La coreografía que tiene lugar va fluida. Ninguno habla. Uno de los del todoterreno saca un sobre. Quien lo recibe lo abre y empieza a contar billetes. El negocio se está cerrando y no están las cosas como para andar con regateos ni redondeos. Asiente. Se lo guarda en el bolsillo y junto al otro saca a una chica inconsciente del asiento del copiloto. Uno la lleva de los brazos. El otro de las piernas. La escena, sin pretender resultar morbosa, tiene cierto paralelismo con la de un animal degollado que se tira sobre la cadena de despiece. Uno. Dos. Tres. Impulso y a la cinta transportadora. Y más o menos por ahí van los tiros. Sin miramientos la tiran en la parte de atrás del todoterreno. La cosa se pone grotesca a juzgar por la pose en la que ha caído. Parece un cadáver tibio, aunque un vistazo rápido permite ver que aún respira y la ropa interior que asoma por debajo de la falda está seca. Dos pruebas vitales para saber si alguien se ha ido para el otro barrio o aún está en el de los vivos: ausencia de respiración y relajación involuntaria de esfínteres.

Hecho esto las puertas de los coches se abren y cierran al unísono. El Focus se marcha de allí levantando una nube de polvo. Los del todoterreno se lo toman con calma. Esperan. El que ocupa el asiento del conductor fuma mirando fijamente el paisaje de cascotes, desperdicios y perros famélicos que pululan entre montones de basura que tiene delante. Da una calada. El que está sentado a su lado señala hacia el camino de grava por el que han llegado. Los dos asienten y las ruedas empiezan a deslizarse con pereza sobre el suelo.

La escena termina. La vista de pájaro de la que disfrutamos se desliza varios kilómetros más hacia el horizonte, rumbo a una cementera abandonada. Allí espera otro coche y las rodadas sobre la arena indican que el tráfico allí tampoco es que sea demasiado concurrido. Un lugar aislado. Solitario. En ruinas. Un espacio ideal para lo que está por pasar.

 

Respiro. Estoy viva. Intento entender qué está pasando pero solamente puedo centrarme en el dolor palpitante de mis sienes. Una bolsa de plástico me cubre la cabeza ciñéndose a mi cuello. Intento abrir los ojos, pero una luz blanca e intensa atraviesa el material traslúcido apuñalándome las retinas. El miedo me atenaza. Siento vértigo. Mi respiración se hace tan rápida y entrecortada que el aire del interior de la bolsa se agota con cada inhalación, empujando ésta dentro de mi boca. Me han atado a una silla. No puedo moverme y estoy desnuda. El oxígeno se agota. Me ahogo. Quiero gritar. La adrenalina fluye por mi sangre espoleando mis pocas esperanzas de supervivencia. A la segunda convulsión un puño golpea mi boca llenándola de sangre. Una voz distorsionada me libera sin prisas del plástico, permitiendo que el hedor a heces y a muerte que inunda el lugar penetre en mis fosas nasales provocándome náuseas. Levanto poco a poco la cabeza para descubrir horrorizada que esto no ha hecho más que empezar. El calor húmedo que emana de entre mis muslos recorre mis piernas hasta formar un charco amarillento a mis pies. Cierro los ojos y lloro.

 

Frente a ella, el objetivo de una cámara. Detrás, un tipo grabando. Sonrisa lasciva. Una erección que empieza a despuntar. Él, el típico niño gordito con tintes de psicópata al que inflaban a collejas en el colegio. El mismo que en la adolescencia trataba de encajar con la jet set de repetidores y demás gallos de corral. El mismo que salía a correr envuelto en bolsas de plástico para perder peso. El mismo que con los años descubrió que lo que en verdad le ponía era lo que ahora mismo hace: ver cómo esas zorras que no le tocarían ni con palo suplican por su vida entre sangre, vísceras reventadas y alaridos. La justicia poética de alguien que se ha tomado mucho tiempo hasta poder ajustar cuentas. Una versión real de Acción Mutante en la que él mismo es Ramón Yarritu. Y todo esto le hace sentirse grande, poderoso. Como el capo Riina, capaz de decidir quién vive y cuándo deja de hacerlo.

Con una mueca lasciva recorre la estancia con la mirada, fantaseando con lo que aún no ha empezado. La chica es guapa y éstas son las que más suelen chillar. El miedo las hace parecer tan tiernas, tan sensuales, tan… tan accesibles hasta para gente como él. El mero hecho de pensarlo hace que empiece a jadear. Ella está ahí, asustada. Sola. Desnuda. Él, frente a ella. Sumido entre las sombras que le rodean. Vestido. Empalmado. Todo sería tan sencillo como acercarse, sonreírla. Prometerle la libertad siempre y cuando accediera a hacerle algún favor. Una mamada de alguien que teme por su propia vida es garantía de ausencia de escrúpulos en cuanto a temas de higiene y demás se refiere…

Sus delirios sexuales se disipan a toda prisa. El chasquido de un cerrojo metálico le hace saber que el tercero en discordia ha vuelto. Sus pasos retumban en el cemento del suelo, arrancando ecos que le traen recuerdos de otra época. Palizas al salir de clase. Amenazas. Miedo. Un nudo en la garganta que vuelve a materializarse cuando las luces del almacén se encienden. Incómodo, parpadea, evitando el ser deslumbrado. Una voz cavernosa le increpa, diciendo que hoy hay prisa por terminar, así que mejor empezar a grabar cuanto antes. Él obedece como de costumbre, pero la cosa parece ir en serio con esto de la falta de tiempo y demás, porque aún no ha pulsado el rec, cuando la primera hostia en la cara de la chica restalla como un látigo en el silencio de la noche.

 

Hay dos hombres. Uno de ellos está grabando a cara descubierta. El otro está escondido tras un pasamontañas negro. Sólo puedo verle los ojos. Cuando me habla su voz autoritaria suena metálica y distorsionada. Apenas puedo entender lo que dice. A su lado una mesa improvisada sirve de expositor para un par de bisturíes, una sierra quirúrgica y unos guantes de látex. Ya no sé si es mi cabeza o la habitación la que no para de girar. Aprieto los ojos con fuerza. Intento gritar, pero mi garganta está seca y paralizada. Solamente acierto a nombrar a mi hijo entre sollozos. Eso no les ha gustado. No vi venir la hostia que me dejó sin visión del ojo derecho. Vuelvo a nombrarlo. Otro golpe. Un dolor agudo me recorre la columna como una corriente eléctrica. El tiempo se detiene. Ya no siento nada. Sólo lo veo a él con sus bracitos extendidos hacia mí. Me dejo abrazar.

 

La escena sigue con naturalidad. Sangre a borbotones. Espasmos y convulsiones. Un cuerpo que poco a poco empieza a irse de este mundo cerrando el círculo de la existencia. Ya se sabe. Sales de un agujero y acabas enterrado en otro.

El que graba no pierde detalle. La chica hace rato que ha dejado de suplicar y jadear. Lo único que decía de manera poco coherente era un nombre. Tampoco es que importe mucho, pero el encuadre que ha hecho de sus ojos asustados y ausentes no tiene precio. Se relame y empieza a desmontar el trípode. Ahora toca lo monótono de su trabajo. Editar el vídeo, grabarlo en un DVD y esperar a que el pez gordo llegue y pague. Coser y cantar.

El brillo de una 22 junto al portátil le asusta. Medidas preventivas, ya se sabe: más vale prevenir que curar. Más de una ha intentado ganarse sus favores y salir por piernas, craso error por su parte, pero follarse a alguien atado a una silla con bridas de plástico no es fácil.

Trabaja de manera mecánica. Tanto, que acaba antes de lo previsto. Está solo. El compañero ha ido a darse una ducha como hace siempre. Se lo puede imaginar delante del espejo astillado de los vestuarios poniendo pose de musculitos. Cachas de gimnasio ciegos a ciclos y proteínas. Mejor así. Adora estar así… solo… con el cuerpo aún caliente de la chica que acaban de torturar hasta la muerte… de no ser por la sangre y las tripas que le asoman del abdomen, casi podría decirse que es una princesa de cuento… y él, su príncipe azul para despertarla con un beso tierno, sensual, de estos que levantan ánimos y lubrican partes sexuales…

Pero no está el día para deleitarse en poesía a lo Benedetti. Su móvil suena. El que paga ha llegado. Hora de hacer el intercambio de mercancía. El DVD a cambio de un maletín repleto de pasta. Nada de hacer preguntas. Tenemos dos manos para algo y una sirve para dar y la otra recibir. Después, de vuelta al almacén. Repartir los billetes y esperar a que los que les compran los cuerpos para vender el pelo y convertir lo que sobra en fertilizantes paguen lo acordado. Un día redondo. Ganancias netas.

Al entrar en el almacén ve a su compañero en camiseta interior. El recuerdo de los abusones de su mocedad le golpea con fuerza dejándole aturdido, como una hostia a mano abierta a la altura del oído. Su campo visual no son más que puntitos de colores. Su cabeza, una olla a presión. Sus tímpanos zumban. Sin ser consciente de lo que hace, deja el maletín en el suelo y coge la 22.

No escuches más, sólo déjate llevar por el odio.

Y eso hace. Dos tiros a quemarropa y un cuerpo más en el suelo. Por si las moscas le destroza la nuca a culatazos. Hasta que la fatiga le amenaza con traer de la mano un ataque de asma. Escupe y patea un par de veces el cuerpo y se marcha recogiendo el maletín. Su cabeza empieza a descongestionarse. Se siente liberado. Como si acabara de quitarse una losa de encima que hubiera arrastrado durante años. Su móvil vuelve a vibrar. Sus cortadores de cabellera vienen de camino. Sonríe, diciéndoles que están de suerte. Hoy tienen un 2×1 en pelo y fertilizantes.

Después, sale del almacén cerrando la puerta. Fuera, el día sigue su curso. Desde una vista de pájaro podríamos decir que la vida en la ciudad sigue su rutina habitual, ahogando vidas anónimas que mueren en días monótonos, simples asesinos de sueños.

 

Visita los perfiles de @Candid_Albicans + @IAlterego84