Arrepiéntete tú – @mediofran

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A estas alturas de nada sirve lamentarse por no haber sabido interpretar cada una de las señales que se me insinuaron descaradamente al amanecer, como lo hacen esas luces de neón de cualquier club de carretera que surgen en mitad de la nada y junto a las que difícilmente se puede pasar de largo sin dedicarlas un último vistazo antes de que se conviertan en un difuminado guiño en el espejo retrovisor.

Esos mismos clubes de carretera que todos conocemos de oídas y que nunca hemos visitado y cuyas morbosas historias acerca de lo que ocurre allí dentro nos llegaron de parte de un amigo que las escuchó de boca de otro amigo que realizó con él el servicio militar, allá por los años ochenta.

Si hubiera prestado más atención quizá hubiera caído en la cuenta de que la rutina había tomado un rumbo diferente desde el momento en que no fue mi viejo despertador el que me arrancó con su perorata matutina de mi quinta fase del sueño.

El silbido característico del vapor de agua que expulsaba la cafetera me ayudó a recordar que ella había vuelto a dormir en mi cama la noche anterior.

Aquella era la enésima vez que deshacía las maletas después de su enésimo arrebato de dignidad, y aunque yo ya había perdido la cuenta de las veces que me abandonó cierto es que nunca permitió que su arrepentimiento la asaltase más allá de la acera de enfrente, obligándola de nuevo a acarrear con las maletas llenas y su maltrecha arrogancia escaleras arriba, pero sin dejar atrás su artillería de reproches.

Y esta mañana no tenía por qué ser diferente.

Quizá cuando salí para dirigirme al trabajo se quedara allí parada frente a la puerta, perpleja, despeinada por mi airado portazo, pero joder no se le puede amargar a un hombre el desayuno con una cansina retahíla de argumentos esgrimidos una y otra vez como la cantinela de un borracho que busca un mínimo de atención gratuita.

Las discusiones de pareja suelen arrastrarse a lo largo de toda la mañana, enquistadas en la mente, taladrando el subconsciente convertidas en un monólogo que se repite una y otra vez buscando la respuesta adecuada a los presumibles reproches que a buen seguro continuarán a la hora de la comida, preparándose uno para erigirse en ganador de una contienda en la que el orgullo no hace prisioneros pero que va dejando por el camino víctimas colaterales.

Conduciendo por la avenida que me llevaba hasta mi trabajo tarareaba una antigua canción que sonaba en la radio y que ya creía olvidada, siguiendo el ritmo mientras tamborileaba con mis dedos en el volante, tratando de desviar mi mente de la absurda discusión con la que habíamos aderezado el desayuno.

«Esta es la última vez que vuelvo» me había dicho mientras blandía frente a mi rostro su dedo amenazador. Ni siquiera sé por qué se molestaba en recalcármelo, maldita sea. Eso ya me lo había dicho la noche anterior y a estas alturas ya debería de saber que mi respuesta a sus amenazas siempre era el silencio. Silencio que sin duda enardecía su colérico discurso.

Bla, bla, bla… Las palabras ya no significaban nada para mí. Hacía mucho tiempo que no hablábamos el mismo idioma y para ser sincero cada vez que abandonaba el apartamento cargada con su no poco abultado equipaje sentía una sensación de alivio porque confiaba en que aquella, por fin, sería la pataleta definitiva.

—Cuando me hayas perdido del todo y esto no tenga arreglo te arrepentirás —dijo plantada en medio del pasillo mientras me dirigía a la puerta.

—Arrepiéntete tú, bonita —contesté mientras apoyaba mi mano en el pomo y tiraba de él con rabia, dejando clara la magnitud de mi enojo—. Para mí perderte de vista sería como si me tocara la puta lotería, joder. —Y salí dando un portazo sin molestarme en mirar atrás, deseando que el calculado énfasis de mi despedida hubiese surtido el efecto deseado.

Minutos después, conduciendo por la avenida y con la música vibrando en los paneles de plástico de las puertas de mi automóvil, el amanecer me daba amablemente los buenos días.

El cielo había adquirido un inusual tono cobrizo que jamás había visto antes . Las nubes se deshacían en jirones de vapor grisáceo que amenazaban con descargar lluvia.

Aquel etéreo lienzo parecía haber sido tocado por la mano de un dios encolerizado o dibujado por el pincel del Van Gogh más alienado.

Todo el conjunto del paisaje tenía un colorido diferente al habitual.

Las luces fluorescentes de los escaparates iluminaban las aceras con un color blanquecino que parecía un banco de niebla estático que se adueñaba de las calles vacías. Los semáforos resplandecían tanto que casi me cegaban al llegar a su altura y por un momento pude sentir en mi rostro el mentolado frescor de la luz que me daba paso.

Incluso el negro asfalto aparecía brillante y correoso, dándome la sensación de estar cabalgando a lomos de un caballo embadurnado de petróleo adulterado.

El aire que se filtraba por los respiraderos de la calefacción tenía un dulzón sabor metálico, casi eléctrico, que me producía un leve chisporroteo en los labios, parecido al gusto que me quedaba en la boca cuando de niño usaba la punta de mi lengua para juntar ambos polos de una pila de petaca para llevar a cabo uno de esos descerebrados experimentos que sólo a un infante aburrido se le podrían ocurrir.

Creí haber enfermado, quizá haberme intoxicado con algo, pero tan placentera era la sensación que rehusé detenerme para intentar aliviarlo.

Si me encendía un cigarrillo era probable que se desvaneciera aquella repentina experiencia lisérgica.

Alargué mi mano tratando de alcanzar la guantera donde solía guardar un paquete de tabaco pero sólo pude rozar con la punta de los dedos el pasador que hacía las veces de cierre.

Primer intento fallido.

Volví la vista a la carretera y no advirtiendo peligro alguno pulsé el botón rojo que mantenía sujeto el cinturón de seguridad con el objeto de ganar esos centímetros de más que me permitieran llegar a mis anhelados cigarrillos.

En cuestión de unos segundos había alcanzado mi objetivo y ya estaba listo para volver a centrarme en mi viaje.

Fue entonces cuando al reincorporarme en mi asiento comprendí que había hecho caso omiso de las señales con las que el amanecer había venido alertándome.

En milésimas de segundo dos haces de luz se abalanzaron sobre mí a gran velocidad sin darme tiempo a reaccionar y el bucólico paisaje que instantes antes me mantenía hipnotizado se tiñó con la misma negrura de la que está revestida la nada. Esa nada que súbitamente me dio cobijo en sus brazos pidiéndomelo todo a cambio.

Y ahora estoy aquí, mecido en una bruma siniestra, remando mientras me alejo de la orilla, contándole a nadie esta experiencia. Flotando en un incorpóreo limbo tantas veces imaginado y arrepentido por el imborrable recuerdo que a buen seguro he dejado, marcado como un portazo en una hoja del calendario, en la única persona que, no sin dolor, pienso que en verdad me ha demostrado cuánto la he importado.

 

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