Arrepentirnos otro día – @candid_albicans + @IAlterego84

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Un salón con muebles pasados de moda. Un tresillo tapizado en un estampado de flores que hace años perdió el color en la zona del asiento y el respaldo. Suelos de sintasol, y en medio de todo esto, una mesa bajera con fotografías que empiezan a amarillear dentro de sus marcos. Bautizos, comuniones y bodas que el paso del tiempo ha ido conduciendo a entierros y ausencias. De fondo, la televisión encendida pone la banda sonora a la escena. La voz del locutor suena cansada, como si repetir día sí día también malas noticias en la franja horaria de mayor audiencia le estuviera pasando factura. Sentada en el tresillo, una mujer de edad indeterminada dormita. Sobre el regazo, una biblia desgastada por el uso. Horas de lecturas arrancadas al sueño, el mismo sueño en el que no parece encontrarse cómoda. Murmura cosas incoherentes y se mueve agitada. Tiene el ceño fruncido y unos surcos blanquecinos en las mejillas hablan de unas lágrimas que no hace mucho se han secado.

Me gustaría que lo viese como yo lo veo, aunque sé que es mucho pedir. Me pongo en su lugar y no sé si yo podría hacerlo. La oigo llorar todas las noches en su habitación, desde que lo hablamos. Más bien desde que comenzó a tomarme en serio. Estos dos últimos años han sido especialmente duros, desde que papá ya no está. Ella hace como que puede con todo, igual que antes; y eso, es un lastre difícil de arrastrar cada día sin que se note. Cree que no me doy cuenta del esfuerzo que realiza cada mañana al sonreír para mí, de cómo se traga las lágrimas cada vez que la miro a los ojos y le digo que esto no es vida ni para mí ni para ella, mientras me mira con la entereza de alguien que está entregado en cuerpo y alma a una causa superior por la que está dispuesta a sacrificar su vida. Una vida que ya no le pertenece. Sus manos, agarrotadas y doloridas, insisten, todavía, en explorar mi cuerpo desnudo, curando con delicadeza las llagas que a mí me son indiferentes, cuando las únicas que me duelen son las que ella lleva por dentro y que ya no tienen cura. Sí, paradójicamente, siento dolor. La vida me duele, por mí y por ella, y cada vez más por ella. Hace ya quince años que ambas morimos en vida. Yo, en un paso de peatones. Ella, a los pies de mi cama.

El sonido de su teléfono móvil hace que se despierte. La alarma de las 16.30. Parpadea, pasándose una mano temblorosa por la cara. Una mueca de cansancio pasa rápido, fugaz, por sus expresión. Con esfuerzo se pone en pie. Un latigazo de dolor recorre su espalda. Aprieta los dientes y empieza a andar despacio. Sus pasos lentos, arrastrando las zapatillas por el sintasol del suelo, emiten un sonido monótono a medida que sale del salón y se encamina hacia el cuarto de baño. Allí, el agua fría del lavabo se escurre por sus mejillas, remarcándole las ojeras. Se esfuerza por sonreír al espejo varias veces, hasta que sus facciones parecen relajarse, borrando la fatiga que las carcome, y sale al pasillo. Es la hora de cambiar de postura a su hija, evitar las escaras y desinfectar las llagas que emiten un olor dulzón y ensucian las sábanas. Su rutina del día a día, soñando entre rezos y súplicas a un Dios que o mira para otro lado mientras su vida se consume, o simplemente no existe. Al llegar al dormitorio, se detiene junto a la puerta. Coge aire despacio, y lo retiene en los pulmones. Ella duerme. Observa su respiración pausada y relajada. La de alguien que nada espera y nada quiere. Cierra los ojos, sofocando las lágrimas, y entra.

Me gusta cuando entra en la habitación, colmándola de olor a jazmín como ahora. No quiero abrir los ojos. Quiero volver al pasado, a cuando yo era una niña y ella me sonreía mientras el viento le alborotaba el pelo, enredando la fragancia de los jazmines en él. Es increíble la cantidad de recuerdos que puede evocar un olor, ¿verdad? Parece como si volviese a sentir la suavidad de su pelo, el calor de su pecho, la tranquilidad de su mirada azul como un mar en calma. La ternura infinita con la que me apartaba el pelo de la cara tras despeinarme la coleta saltando y corriendo por el jardín, muerta de risa y de vida. Toda la habitación huele a jazmín, qué maravilla. No quiero abrir los ojos. No quiero volver a mi realidad. Sólo ansío que ella, que me regaló la vida, me ayude a resucitar. Que entienda que esto es infierno, no es vida, y yo ya sólo quiero paz.

Cuando llega a la altura de la cama, mira a su hija con una mezcla de ternura y lástima. Está ahí. Tumbada. Dormida. Consumida por su desgracia y muerta en vida, mientras que ella lo único que ha hecho durante estos años ha sido desgranar rosarios, desgastar las páginas de su vieja Biblia y ahogar sus llantos en plegarias y promesas. Rodea la cama arrastrando los pies. Mira por la ventana. El cielo está nublado, pero entra una luz que no tardará en darle en los ojos, sin que ella pueda esquivarlos o esconder la cara debajo de la almohada. Pobrecita, murmura corriendo las cortinas. Aprieta los dientes. Las ganas ganas de llorar vuelven. Traga saliva, sintiendo cómo el nudo que tiene en la garganta hace que sea una tarea imposible. Coge un cojín y empieza a ahuecarlo. Necesita tener las manos ocupadas. Lograr romper la crispación de sus puños cerrados y las uñas clavándosele en las palmas de las manos. Cierra los ojos y suspira. El tacto aterciopelado parece insuflarle valor. Abre los ojos y mira una vez más al cuerpo que una vez saltó sobre ese colchón en el que ahora se pudre día a día. Después, pone el cojín sobre su cara, dejándose caer sobre ella con fuerza. No hay aspavientos. Ni gemidos guturales. Simplemente una vida que termina por consumirse. Pasado un rato, vuelve a ponerse en pie. Las lágrimas ruedan por sus mejillas. Ha hecho lo que ha hecho. La única solución que tenía a mano. Es lo que ella quería. Lo que tantas veces habían hablado. Acabar de una vez por todas con su sufrimiento. Algo que ella misma definió como una blasfemia contra la vida. A lo que su hija respondió con un lacónico vida sólo hay una. Por favor, acaba con la mía. Y si hay un más allá, ya podremos arrepentirnos otro día, mamá. Pero, por favor, hazlo. Eso ha hecho. Acabar con una vida para acabar con su dolor. Matar. Y en lugar de culpabilidad, lo que siente, es una sensación de liberación que le inunda el pecho cuando se encierra en el cuarto de baño, coge una cuchilla de afeitar, entra en la bañera y abre el agua caliente.

 

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