Arenas movedizas – @relojbarro

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He seguido el proceso a rajatabla, como siempre hago. He sido diligente, preciso, sin complicaciones, todo seguía su curso natural y, en cuestión de segundos, todo se ha torcido con consecuencias dramáticas. No sé cómo, pero he perdido otro paciente.

Está claro que muere gente cada día, los fallos humanos están ahí claro, la vida es así, no puedo hacer nada. Cuento con muchísimos éxitos y muy pocos fracasos, por algo será. En fin, espero tardar en volver a perder a algún paciente, pero seguramente tampoco será culpa mía.

Sigo dándole vueltas a la operación, no tiene sentido, a no ser que yo haya cometido un fallo, pero creo que no ha sido así, no sé, puede que me haya despistado, que esté cansado, aunque suelo prepararme bien para estos casos. No lo entiendo.

Llevo mirando un rato mis manos, me ha parecido ver que temblaban un momento, lo cual es algo muy raro, tengo un pulso de acero, pero…juraría que han temblado. Deben ser imaginaciones mías. Decididamente, debo haber incurrido en algún fallo. No hay explicación si no es por un error mío. Quizá no sea tan buen cirujano como todos dicen siempre.

Me he cruzado con la familia del niño, les he pedido perdón por su fallecimiento, aunque quizá sería más justo decir que he sido su verdugo. Seguro que pude haber hecho más. La verdad que pienso mucho en la operación, repaso mentalmente todo, pero sigo sin ver mi fallo, lo cual me da a pensar si no he incurrido en otros errores fatales antes.

He salido de una operación sudando, se me ha hecho eterna, una sensación de agobio en un momento puntual me ha invadido y creía que volvía a perder a otro paciente. He pedido la semana libre, apenas he dormido estos días. Mis manos tiemblan cada vez más, tengo la sensación de que si opero a alguien de nuevo, voy a matarlo y encima sin saber que lo hago. Estoy pensando también si no habrá algún compañero del equipo médico que hiciera algo mal, ya no sé si fiarme de ellos.
No sé si atarme las manos, no puedo evitar que tiemblen, no las puedo controlar, es como si ellas me controlaran a mí, me pongo nervioso con solo mirarlas. Seguro que en la operación temblé sin darme cuenta, eso debió pasar. Debería haber muerto yo en la sala de cirugía, no ese pobre niño, ¿qué culpa tenía él de que yo sea un cirujano tan inepto? El niño enterrado y yo libre para seguir matando pacientes. Deberían meterme en la cárcel, como el monstruo que soy.

Llevo tres días encerrado en mi habitación, a oscuras. Ahora sé que nunca debí haber estudiado medicina, porque no soy médico, lo que soy es un asesino.
Anoche tuve varias llamadas del hospital, hasta que apagué el teléfono. Sé que lo que quieren es que vuelva fallar en una operación y acabar con mi carrera. Solo quiero dormir, y si existiera la justicia poética, no debería ni volverme a despertar.

Me he despertado de golpe, una pesadilla me ha hecho despertar sudando y con la boca seca, solo recuerdo una imagen, me he visto a mí mismo operándome, y justo antes de acercar el bisturí a mi ojo, me he visto sonreír con un aire macabro. Suena el timbre, es una amiga enfermera, es raro, debe ser de madrugada.

Me cuenta la enfermera que mi hermana sufrió un accidente anoche, está muy grave, necesita una intervención muy compleja, a vida o muerte, y solo yo he realizado alguna parecida en el hospital, nadie más tiene la precisión necesaria para realizar la operación con alguna posibilidad de éxito.

Estoy lavándome las manos, me doy cuenta de que no tiemblan, como siempre que voy a realizar una operación. Debo salvar a mi hermana. Entro a quirófano.

Llevo unos minutos sentado fuera en un banco, frente a la entrada de Urgencias. Veo venir a mi padre. Está llorando. Me abraza, parece frágil, solo acierta a decir con voz entrecortada un simple «gracias».

La mente, nuestro bien más preciado, nuestro mayor recurso, nuestra mejor arma. Es increíble el poder que tiene en nosotros, hasta como para poder curvar la realidad, doblarnos a nosotros, doblegarnos a base de miedos, de inseguridades, de irrealidad, capaz de tejer una tela de araña de dudas en la que apresarnos, crear un desierto de arenas movedizas en el que hundirnos a nosotros mismos.

Miro en mi interior ahora, tras descubrir que mi reloj de arena no es siempre un reloj de arena fluido, perfectamente sincronizado, no, es un reloj de arenas movedizas también, sobre el que debo estar atento, hasta que el último grano, caiga al fin.

 

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