Arañazos de antaño – @DonCorleoneLaws

DonCorleoneLaws @DonCorleoneLaws, krakens y sirenas, Perspectivas

Tú lo ignoras, pero ellos están ahí, ocultos.

Cada vez que la vida te da un revés, regresan como los espíritus de lo oscuro: como aquellos que no han sabido transitar hacia la otra dimensión y se encuentran perdidos en un infortunio de mundo que ni entienden ni conocen.

Son los olvidados por la belleza. Cuando se inicia algo nuevo y hermoso, ellos aparentan diluirse entre la bruma de esa memoria selectiva que tanto nos ayuda a tirar del carro cada mañana al abrir los ojos para sacar adelante esos problemas a los que intentamos enfrentarnos de la forma más eficiente posible.

Pero sólo es una disolución aparente, porque en realidad están ahí, contigo. Permanecen ensimismados, asomados a la sinuosa barandilla del mirador de tus recuerdos, observando en silencio la tranquilidad con la que pasa el tiempo para que todo lo vaya poniendo en su sitio. Y cuando eso finalmente sucede, comienzan a reírse con fuerza y con maldad, como hacen las hienas al localizar los restos de una presa que ha sido abandonada por un león ya saciado de comer.

Se ríen porque se saben ganadores a la desesperanza. Están ahí cuando el que pensabas que era un amigo de toda la vida te traiciona, te miente deliberadamente o te deja en evidencia ante los demás contando lo que debería callar por propia conciencia. Están ahí cuando después de haberte enamorado como un perro (porque ni se puede ni se debe hacer con menos nobleza que la de esos animales), ella decide que ya no quiere saber más de ti o -incluso peor- que prefiere saberlo de otro cualquiera. Están ahí cuando después de haber compartido vida, alegrías y sufrimientos con ellos, por el más simple y absurdo motivo secundario, algunos familiares se convierten en ilustres desconocidos armados hasta los dientes para hacerte todo el daño que puedan. Están ahí cuando gira la veleta en un cambio de vientos y resulta que todo lo que antes hacías bien en el trabajo, ahora te lo valoran de mala manera y te sientes desorientado.

Están ahí en todas esas pequeñas y cotidianas situaciones que nos ponen a prueba casi a diario alterando nuestros nervios, reventando nuestra paciencia, mancillando nuestras modestas ilusiones, y transformando lo fácil en difícil por no sé qué norma no escrita que se podría condensar en la resignación de la sentencia: “con lo bien que iba todo”

Son los “te lo dije” que tantas veces no quisimos escuchar de nuestros padres, que tantas veces nos silenciamos a nosotros mismos al mirarnos a los espejos buscando respuestas a las dudas. Son los finos alfileres que permanecían hundidos -sin doler- en ese cojín del olvido donde vamos clavando las pequeñas puñaladas que recibimos, como hacen las costureras con las agujas que no necesitan utilizar.

Cuando todo comienza o cuando todo parece ir bien, están ahí adentro del alma, agachados miserablemente como quien se avergüenza de su actitud. Pero a medida que el tiempo zigzaguea su afilada guadaña y va segando el campo de lo sembrado para separar lo bueno y aprovechable de lo malo e innecesario, levantan su cabeza, huelen la sangre y se hacen notar, provocando que te vuelvas a sentir como aquellas veces que te prometiste a ti mismo no volver a repetir.

No son ni más ni menos que las heridas de lo sufrido, que vuelven a escocer en la piel como si no hubieran cicatrizado adecuadamente. Y es que quizás no lo hayan hecho…

No son ni más ni menos que los jodidos e indeseables arañazos de antaño.

 

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