Aquí mando yo – @mediofran

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«Aquí mando yo», susurro mientras recorro con el dedo índice el angosto camino que va desde mi pecho hasta el salto al vacío en el que muere la curva de mi cadera, allí donde las estrías penden del abismo como un cortejo de suicidas que se aferran a la cornisa, cautivos de la duda in extremis que induce al arrepentimiento tan solo una milésima de segundo antes de saltar.

«Aquí mando yo», sollozo al deslizar mi mano por la tersa planicie de mi muslo, palpando con rabia los bordes irregulares de los cardenales que empiezan a amarillear como lo hace el centeno semanas antes de la cosecha.

Presiono con la palma de la mano como si esperase que al retirarla hayan desaparecido, pero están cincelados en mi piel por la mano habilidosa de quien sabe cómo infringir dolor sin dejar marcas, acallando los rumores, acrecentando el silencioso dolor interno, esa angustia perenne que se enquista en las entrañas como el cáncer voraz que se aferra al tejido blando.

El bochorno me invade y siento cómo mis mejillas se sonrojan, encendidas por la aversión que experimento al contemplar mi cuerpo desnudo frente al espejo. Ya no me reconozco. Solo soy una rehén cautiva en una jaula de piel y huesos.

Avergonzada aparto la mirada y reparo en la ropa cuidadosamente dispuesta sobre la cama y a los pies de ésta una hambrienta maleta vacía que espera con sus fauces abiertas a ser saciada.

Contengo la respiración y cierro los ojos esperando encontrar dentro de mí el liberador estímulo que espolee aquella valentía adolescente que colmó mi juventud de alocadas experiencias, pero mi niña interior no se quiere asomar, acurrucada como está en un rincón con las rodillas encogidas contra su pecho y la mirada perdida en un punto indeterminado de una pared inexistente.

Miro el teléfono que sostengo en la mano y me sorprendo al comprobar que no recuerdo haber marcado los tres dígitos que aparecen en la pantalla, aún así soy consciente de que si aprieto la tecla verde hallaré al otro lado la mano tendida que tanto tiempo llevo esperando.

Pero las dudas me nublan la vista. O quizá solo sea el llanto. Lágrimas que brotan al tiempo que mi abotagada cabeza se deshace en suposiciones.

Pienso en los dolorosos reproches que a buen seguro habré de soportar por parte de mi núcleo familiar más cercano, donde el arraigo de una arcaica cultura malinterpretada obligó durante décadas a todas y cada una de mis ascendientes a doblar la cerviz, sumisas ante la autoridad del hombre del campo.

Me aterra enfrentarme a la crítica de quien en su día me acogió en su seno por atreverme a privar a mis hijos del cariño de su padre y lo que es peor, no quiero ni imaginarme cuál será la reacción de él al comprobar que por fin he tomado la decisión y que he implicado a los niños en ella.

El miedo y las dudas me hacen cuestionarme la legitimidad de mis actos.

¿Y si en el fondo tuviesen razón? ¿Qué clase de madre condenaría a sus hijos a la incertidumbre de vivir sin su padre? ¿Quién soy yo para sublevarme contra la centenaria tradición del Obedece y Calla?

Quizá el único precio que tenga que pagar para asegurar la felicidad de mis hijos sea el de soportar en silencio los golpes y el desprecio como durante años fui testigo de cómo lo soportó mi madre. Puede que así consiga demostrarme a mí misma que soy capaz de albergar su misma valentía.

De todas formas estoy convencida de que esto es algo pasajero. Sé que él me quiere y comprendo que esté realmente agobiado con el trabajo y todas sus preocupaciones como cabeza de familia y yo, la verdad, tampoco le he puesto las cosas fáciles.

Vuelvo de nuevo la mirada hacia los moratones y recuerdo lo tonta que fui al dejar enfriar la cena aquel día que llegó tarde. Debería haber sido más previsora. Después de todo un hombre que se pasa diez horas deslomándose para que no nos falte de nada no se merece un plato de comida fría esperándole en la mesa.

Sería injusto por mi parte no concederle una segunda oportunidad. Bueno, en realidad he perdido la cuenta de las oportunidades que le he prestado a fondo perdido, pero estos últimos días parece estar más calmado. Estoy segura de que ha recapacitado pues ayer se mostró más cariñoso que de costumbre y me sorprendió abrazándome por detrás mientras le preparaba el almuerzo. Aún me estremezco al recordar cómo deslizó sus labios por mi cuello, retirándome el cabello con delicadeza como lo hacía cuando éramos dos amantes embriagados por el efervescente estallido hormonal de la adolescencia.

Definitivamente algo ha cambiado en él.

Presiono el botón rojo de mi teléfono y borro el número que había marcado en él. Compruebo una vez más que no ha quedado registrado en la memoria y me dispongo a guardar de nuevo la ropa en el armario.

Son las siete y falta una hora para que regrese. Si me apuro me dará tiempo a cocinarle su plato favorito para la cena: esos huevos fritos con chorizo por los que, como dice sonriendo, merece la pena haberse casado conmigo.

Saco mi bata del armario pero creo que hoy no me pondré nada debajo. A lo mejor esta noche, aprovechando que los niños están con mi madre, le apetece hacerme el amor hasta caer rendidos los dos como solíamos hacer de jóvenes.

Hoy, como excepción, en mi cuerpo manda él.

Salgo de la habitación y echo un último vistazo a la estancia. Qué tonta me siento al recordar lo que he estado a punto de hacer unos minutos antes. Pero mientras giro el pomo de la puerta me prometo a mí misma que si vuelve a las andadas y se le ocurre volver a ponerme la mano encima, la próxima vez…

 

…Pero ¿a quién quiero engañar? Para mí no hubo una próxima vez.

Aquél en quien deposité mi confianza y al que brindé hasta la última gota de amor que manaba de mis entrañas borró a golpes mi rol de esposa, madre y amante para convertirme de un plumazo en un número más.

En eso me convertí. En una cifra que sirviera de titular en los noticiarios para después pasar a engrosar una infame estadística que, constituida por quienes son víctimas de esa suerte de terrorismo soterrado padecido en silencio, día a día se desborda sin que nadie acierte a encontrar las vías legales con las que cauterizar la herida. Herida que sigue supurando, incapaz de cicatrizar, siendo abierta casi a diario por la habilidosa mano del pusilánime que solo sabe infringir dolor para satisfacer su ego acomplejado.

«Aquí mando yo», vociferaba mientras blandía sobre su cabeza el raído cinturón de piel con el que de forma cobarde trataba de purgar sus carencias, proyectando su debilidad sobre mi carne sumisa.

«Aquí mando yo», fueron las últimas palabras que escuché de boca de mi verdugo…

 

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