Aprendiendo a querer a Dafne – @LaBernhardt

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Querida Dafne,

¿Me creerás si te digo que yo nunca supe escribir cartas?, ¿querrás leerme, ahora que no encuentro un lugar que no huela a ti?
Siempre me pediste unas letras —no seas idiota que nunca serás Baudelaire, que puedes seguir siendo un macho Alfa aunque me escribas una moñez— sin hablar; una confesión, un trozo de papel, una servilleta, me cago en la puta, algo físico en lo que se pudiera leer que sí, que yo a ti, que yo contigo.
Y yo no soy de poner títulos, no soy de escribir cuentos. Yo no sirvo para nada más que no sea para huir.
Y ahora, Dafne, para perseguir tu recuerdo.
Y es que yo creo que me llegaste tarde, yo fui yo el que se atrasó, no sé… La cosa es que me parecías de mentira, Dafne bonita; tus risas, tu cuerpo, las cervezas que no arreglaban el mundo pero casi, tus abrazos, follarte… bah, lo de siempre pero distinto porque era contigo y cuando quise darme cuenta, yo era el arrollado por el tren y tú ya estabas en mí y todo era igual que antes pero no.
¿Y si te quise, Dafne, pero nunca te lo dije? NO amar pero abrazar, sirve.
O no, yo qué sé.
Vivías esperando un rato a mi lado, Dafne, y yo respiraba cuando me alejaba de ti.
Y lo más grande es que nunca me agobiaste, nunca. Y me sorprendía sonriendo cuando alguna tía me decía: «vaya viajes te metes, tío, yo quiero irme contigo» y nunca, nunca te mencionaba. Yo siempre viajaba «solo».
Miraba a las demás y siempre les encontraba un fallo. Nadie fue, serás tú, Dafne. Pero nunca te lo dije.
Cuando me lié con aquella tía, sí, mira; ahí sí te lo conté todo. Y dime, Dafne, cómo puedo olvidarme de tu cuerpo roto. Dime cómo puedo hacerlo porque me temo que esa imagen me acompañará en todas las pesadillas de mis insomnios, amor.
Tú siempre volviste, siempre. Y yo, yo también. Volvimos para dolernos, imagino. Y para querernos distinto.
Y tú, Dafne, tú seguías buscando un título a tu cuento. Y yo, linda, yo seguí mudo.
¿Acaso hay un modelo de amor?, ¿un formato oficial?, comedme la polla, que amores hay de mil colores y el nuestro, lo nuestro fue. No sé qué pero fue porque fuimos y quizás, todavía y siempre somos y seremos.
Por eso no quiero hablar de amor sin tu olor en mi cama. No quiero hablar de querernos si va a ser otra a quien tenga que explicarle la diferencia entre el Garaje y el Ska.
Porque te quiero aunque sea un amor extraño, el mío, aunque para el mundo sea un desamor… dirán, entonces, que no te quiero. Pobres, ellos.
No te quiero, Dafne, pero no hay Oporto sin tu risa.
No te quiero, Dafne, sin embargo, Kyoto y su diluvio se ha quedado con nuestra mejor siesta.
No te quiero, Dafne, y Chile sigue siendo mi único paraíso si reviso nuestras fotos.
No te quiero, Dafne, y me cago en la puta cuando los muelles de Liverpool se quedan sin color cuando los camino sin ti.
No te quiero, Dafne, y me sabe a mierda el whisky de Edimburgo sin tus manos frías en mi espalda.
No te quiero, Dafne, no te quiero y eres mi puto primer mensaje de buenos días y el último de cada noche.
Dime, musa, ¿qué puede hacer este mortal para seguir siendo libre sin soltarte de la mano? ¿cómo perseguirte, invisible, hasta que mi ausencia te recuerde que siempre estuve ahí?
Dime que no necesitas un Te quiero porque ya te los abrazo, amor.
Dime que volverás, que dejarás de ser un laurel, a orillas de una pena.
Dime qué no necesitas, Dafne, y te lo daré porque esta vez, de verdad, estoy aprendiendo a quererte.

 

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