Aliens y unicornios – @tearsinrain_

Tearsinrain @tearsinrain_, krakens y sirenas, Perspectivas

Érase una vez, en un país muy lejano, que vivía una bruja, una Bruja Buena. Su casa, sencilla, de madera y piedra, se encontraba en el Último Rincón del Bosque de Hayas. Este bosque, tan grande que nadie había podido recorrerlo entero jamás, o esto se decía, ocupaba el centro de una tierra que otrora fue hermosa, rica y fértil, pero que ahora se moría. La razón por la cual ésta se moría no la sabía nadie. Salvo la Bruja Buena. La Bruja Buena no era fea ni hermosa, no era alta ni baja, no era gorda ni delgada, no era joven ni vieja. La Bruja Buena era como cada uno la veía, y cada uno la veía según lo que esperaba encontrar, según lo que creía que vería. Así, cuando un cazador de ciervos y su ayudante se perdieron por el Bosque de Hayas, puesto que era imprescindible perderse, y encontraron la casa, pudo ser que al cazador le pareciera la mujer más bonita sobre la tierra si eso era lo que deseaba, pero su compañero pudo ver en ella a la mujer más horrible y terrorífica. Este era uno de los encantamientos de la Bruja Buena. Sin embargo, cuando el cazador regresó a su hogar y quiso contarle a alguien cómo era ella, no pudo, algo le impedía describirla, se perdía en indefiniciones e imprecisiones, en contradicciones y lagunas. Claro es que a su acompañante le pasaba lo mismo.

Como hemos dicho antes, la tierra que rodeaba el Bosque de Hayas se moría. Poco a poco, los manantiales dejaron de emanar agua, los campos olvidaron su verde para ir tornándose grises, todo lo que brillaba antes, poco a poco, devenía mate. Las vacas adelgazaban por mucha hierba plomiza que tragaran, las ovejas daban lana rasposa, los cerdos y los pollos y los pavos enfermaban y su carne resultaba agria y maloliente. Los pájaros dejaron de sobrevolar la tierra, los peces abandonaron los ríos de agua mohosa y los lagos. Incluso el Sol salía cada mañana más tarde y lo hacía con pereza, con hastío, sin ganas, apático, y su luz sobre la región era tenue y tosca. Por las noches la Luna comparecía triste como si seguir allí fuera una condena. Cuando llovía, las gotas caían con morosidad, algunos decían que se frenaban antes de chocar contra el suelo y que ponían cara como de asco. Los habitantes humanos de los pueblos y aldeas, de las granjas e incluso de la Ciudad Principal, se volvieron lentamente taciturnos, apagados e indolentes. La tierra, a su vez, se encerraba en sí misma y en las fronteras los puentes se rompieron, los caminos se llenaron de espinas y de rocas que impedían el paso a la tierra vecina.

En esta tierra no había Rey, ni Reina, ni Príncipe, ni Princesa. Tiempo atrás se había decidido que cada cierto tiempo mandaría una persona distinta de un Consejo formado por personas elegidas al azar. Desde los primeros indicios de agostamiento, habían pasado ya cuatro mandatarios: el primero lo ignoró todo diciendo que ya pasaría; el segundo quiso resolverlo por la fuerza, haciendo que todos trabajaran el doble o hasta el triple; el tercero lo revolvió todo replantando, reconstruyendo, remodelando. Los fracasos se sucedían en serie, piezas de un domino que cada vez corría más aprisa. El cuarto mandatario era una mandataria, decían que era una chica demasiado joven, sin experiencia ni conocimiento, incapaz de hacer nada y, a pesar de llevar en el mando muy poco tiempo, ya sonaban voces pidiendo otro cambio, antes de dejarla hacer nada. Ella, con sus funcionarios, revisó todos los informes técnicos, científicos, astrológicos, filosóficos y fantasiosos, sin saber qué hacer. Veía las flores palidecer y luego marchitarse en sus macetas y añoraba el aullido del búho por la noche y el zumbido de las abejas por las mañanas, mañanas en las que ya no había rocío. Así que, cuando una noche escuchó a un cazador y a su ayudante intentando explicar que en el Último Rincón del Bosque de Hayas había una bruja y que por donde ella caminaba todo volvía a la vida, pues fue eso lo que explicaron ambos a pesar de que uno aseguraba que era bonita sin poder describir por qué, y el otro garantizaba que era fea sin saber explicar cómo, la Chica Demasiado Joven llamó a sus dos soldados más fieles, una mujer y un hombre, y de madrugada partieron sobre sus monturas en dirección al Bosque de Hayas. Sería demasiado joven, pero era decidida y quedarse de brazos cruzados le parecía una opción horrible.

Pero claro, había un problema. Y ese problema era que sabían lo que buscaban: una bruja en una casa de madera y piedra en el Último Rincón del Bosque de Hayas; y para qué la buscaban: para que les ayudara a resolver el problema de la muerte de la tierra. Nadie que fuera a buscar a la Bruja Buena podía encontrarla, hacía falta perderse. Durante días y noches cabalgaron, acamparon, comieron sus provisiones, bebieron su agua, se ensuciaron de polvo y barro, se les irritó la entrepierna. Dieron vueltas y vueltas, pasaron más de una vez por el mismo sitio, volvieron atrás, empezaron de nuevo, pero no hallaron la casa, ni la bruja. Al final, desesperados, decidieron volver habiendo perdido toda esperanza.

Una noche de regreso, mientras los caballeros que la flanqueaban dormían en un sueño convulso, la Chica Demasiado Joven miraba el cielo de estrellas mortecinas, pues incluso ellas se iban apagando en aquel firmamento, cuando vio una que era distinta a las demás. En primer lugar era más bien de color verdoso, un verde claro y diáfano; en segundo lugar, se movía, de forma casi errática, como si anduviera perdida en un laberinto de sombras; y en tercer lugar, emitía un sonido ligero, como una flauta travesera lejana en una melodía de silencio. Largo rato se quedó la Chica Demasiado Joven intentando discernir si se trataba de un efecto óptico, de una ilusión o de un sueño absurdo; se frotó los ojos, agudizó el oído, se pellizcó. Pero no había duda: estaba despierta y además, la luz se iba acercando. Se levantó, pensó si despertar a los que la escoltaban y decidió, por algún motivo irreconocible, que mejor no. El verde tintineante se convirtió pronto en una refulgencia cetrina con forma de huevo y ésta se desvió, quedando cubierta por las copas de las hayas. La Chica caminó saliéndose del campamento, abriéndose paso entre arbustos y ramas, siguiendo la estela olivácea hasta que, quedándose detrás de un árbol, vio como aterrizaba y se apagaba.

La Luna triste parecía haber advertido también aquel hecho extraño y brillaba un poco más que las noches pasadas, como si observara picada por la curiosidad, un tipo de curiosidad que solamente la Luna posee. De repente, provocándole un susto que casi la delata, del huevo se abrió una puerta y salió un ser cómo ninguno que la Chica Demasiado Joven hubiera visto jamás, ni despierta ni dormida, ni en relatos, ni en realidades, ni en embustes. Hay que tener en cuenta que ni la Chica ni nadie en aquellas tierras o en tierras cercanas, había visto jamás nada volando que no fuera un pájaro, un cometa, una nube o una hoja levantada por el viento. A eso, cabe añadirle las luces imposibles y los sonidos desconocidos hasta entonces, todo formando un cuadro de una rareza tal que, otra vez, la Chica se pellizcó en el hombro y luego se abofeteó para asegurarse que no dormía. No dormía, o el dolor físico existía en los sueños contrariamente a lo que siempre habían asegurado. El Ser Extraño, indescriptible, avanzó entre los árboles siguiendo lo que se asemejaba a un mapa y guiándose por lo que podría ser una brújula. Avanzaba con decisión sorteando las hayas sin mirarlas, con sus ojos fijos en el mapa. Ella le siguió, tiritando bien por el frío nocturno, bien por el miedo, intentando no hacerse notar. Se dio cuenta que el Ser Extraño no emitía ningún ruido, salvo el sonido musical de flauta travesera remota y de que aun sin mirar sorteaba con suma facilidad piedras y raíces. Ella, sin embargo, debía ir poniendo cuidado en cada paso que daba, se hizo algún que otro rasguño, se lastimó algún que otro dedo de sus pies. El Ser Extraño llegó a un claro y se detuvo, miró a su alrededor, sacó algo de lo que ella dedujo que era un abrigo y entonces el claro se iluminó con tonos glaucos y signos, símbolos, letras, dibujos y formas geométricas que aparecieron en el aire como por arte de magia durante unos instantes. El Ser se puso a hablar o balbucear o gemir o algo en una lengua inverosímil, las imágenes se movieron y cambiaron y por algún truco o mecanismo, se desvanecieron. La Chica Demasiado Joven volvió a abofetearse.

— Al final te harás daño dijo una voz limpia e ilustre a su lado.

Ella se giró pensando que era uno de sus adláteres, pero ante sí tenía un unicornio. Los unicornios no existen, pensó.

— Claro que existo dijo él sin mover su morro.

Estoy soñando, pensó ella, es descabellado que esté despierta, e intentó golpearse en la cara, esta vez con más contundencia, pero su mano se detuvo por alguna fuerza mágica invisible a unos centímetros de su mejilla sonrosada, quizá por el frío nocturno, quizá por el asombro.

— Deja de hacer eso, por favor. Te aseguro que estás despierta.

A unos pasos de ellos, sin haberse percatado de su presencia, el Ser Extraño volvía a emprender su marcha. De haber tenido un espejo delante y haberse visto, la Chica Demasiado Joven se habría sorprendido de ver que podía llegar a poner la cara que ponía ahora.

— Cree que sabe a dónde va dijo el Unicornio, esbozando una sonrisa.

Los caballos no sonríen, pensó ella.

— No soy un caballo, soy un Unicornio, y todos los animales, mágicos o no, sonríen. Vamos a seguirle, hasta que no esté perdido no funcionará.

Ella quiso preguntar qué no funcionaría, pero se le atragantó la voz. El equino con un cuerno purpúreo en la frente se puso a trotar sin sonido alguno, tal que flotara, y ella, a pesar de las enormes ganas que tenía de salir corriendo, le siguió. Avanzaron muchos metros, el Ser Extraño se iba deteniendo y volvía a mirar las imágenes que proyectaba un aparato que llevaba consigo, luego farfullaba algo, cada vez más irritado y reanudaba su marcha por el Bosque de Hayas, casi infinito. En un momento dado el Ser Extraño pareció darse por vencido, se sentó en el suelo abatido y empezó a silbar, con una melodía melancólica. La Chica se dio cuenta de que ella tampoco tenía ni idea de dónde estaba, sería incapaz de volver hasta el lugar en que sus socios de viaje dormían. Quizá se habían despertado y la buscaban nerviosos, preocupados.

— Siguen durmiendo —aclaró el hípico.

Leía sus pensamientos. Intentó no pensar en nada, pero descubrió que eso es imposible y decidió preguntarse a sí misma qué debería ser aquel Ser Extraño, de dónde habría salido.

— Viene de muy lejos respondió, telepáticamente, el Unicornio, de otra estrella, pero está aquí por lo mismo que nosotros. Su tierra se muere, como la tuya y como la mía.

De golpe, ella se percató que había olvidado por qué estaba allí, en aquel Bosque. Y entonces vio que había un camino entre las hayas más altas del Bosque, un camino pequeño marcado con claridad, casi pintado en un decorado de la mejor obra de teatro. El Ser Extraño también lo vio, se alzó y decidido o, mejor dicho, como empujado por la decisión de alguien otro, avanzó por él. También movidos por una voluntad que no les pertenecía, el Unicornio y la Chica Demasiado Joven fueron detrás. El camino se abría paso entre el bosque o el bosque se abría para dejar pasar al camino. Al final de la senda, una casita de madera y piedra, con una chimenea de la que salía un humo tan blanco que irradiaba un resplandor argentino. La casa estaba rodeada de flores que incluso a oscuras eran más radiantes que la del resto de la tierra que moría. En la puerta, sentada en un balancín, la Chica Demasiado Joven vio a una mujer de mediana edad afable, hermosa y dulce y supo, solo verla, que la tierra dejaría de morir y pronto empezaría a revivir.

 

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