Algo tramas – @sor_furcia

Sor Furcia @Sor_furcia, krakens y sirenas, Perspectivas

“¿Qué estás tramando?”, me decías cuando me veías con la mirada perdida. Miradas vacías que llenaban vacíos, que a veces me transportaban sin moverme, o te hablaban sin necesidad de decir, aunque tú no las escucharas. Que te veían pero no te entendían, que no tramaban nada, que sólo soñaban.

Recuerdo todos mis silencios. Sosiegos intranquilos, calmas inquietas, recovecos donde escondía las palabras para que tú no las encontraras. Palabras que jamás te dije porque no me enseñaste a decirlas, porque jamás las escuché. Que se ocultaron entre los minutos que las esperaban y entre las horas que las dieron por perdidas. Los recuerdo porque gracias a ellos aprendí a valorar lo que decía, a saber cómo y cuándo decirlo, y, sobre todo, a quién. Porque una vez que las palabras se pierden, quizá cuando las encuentres ya carezcan de sentido.

Te doy las gracias por las veces que no creíste en mí, porque así no me quedó más remedio que hacerlo yo misma; por infravalorarme, porque, lejos de hundirme, eso me impulsó a crecer; por señalarme mis defectos, pues de esa manera pude conocerme mejor y aceptarme; y gracias por decirme que debía cambiar, porque cambié, sí, pero no para gustarte a ti, sino para gustarme más yo.

Me alegro de haber sido testigo de tus días malos, que me demostraron la importancia de trabajar para que los míos fueran mejores, y así poder disfrutarlos; y de haberte visto hacer las cosas demasiado tarde, lo cual me ayudó a descubrir que el tiempo perdido jamás se recupera; y que he de aprovechar cada segundo como si me fuera a morir mañana, porque ¿quién me asegura que no va a ser así?

Así que gracias, de verdad, muchas gracias por todo. Porque hay cosas que, aunque tú no me las enseñaste, gracias a ti las aprendí. Aprendí que, a veces, a las personas no hay que entenderlas, hay que aceptarlas. Aprendí que pensar en mí no es ser egoísta, es ser generosa conmigo misma. Que no puedo obligarme a sentir, porque quien siente por obligación está muerta. Y, cuando me alejé de ti, descubrí que la soledad puede ser la mejor de las compañías, pero que hay compañías que si no las tienes te sientes sola.

Así que gracias, mamá.

Porque fuiste un ejemplo para mí, sí, y aunque muchas veces fuiste un ejemplo de la persona en la que no me quiero convertir, ahora me miro en el espejo y te veo; a veces hablo y te escucho; y, sobre todo, miro para atrás y te entiendo. Ahora me doy cuenta de que cuando parecía que me criticabas, en realidad solo intentabas protegerme; que lo que a veces parecían órdenes, eran consejos que hablaban desde el miedo que tenías a que me equivocase; que tu afán por controlarlo todo, simplemente era un reflejo de tu necesidad de asegurarte de que todo estaba bien.

Entiendo que eres humana, y que tú también te equivocas, y que tienes tu pasado y cargas con tu propia mochila. Comprendo que, por mucho que seas mi madre no te puedo pedir que seas perfecta, igual que tú has aprendido a vivir con que yo tampoco lo sea. Que has intentado hacerlo lo mejor que has podido y que, aunque a veces yo no lo entendiera, todo lo hacías pensando que era lo mejor para mí. Que tus errores no eran solo tuyos, eran nuestros, como cuando yo cometía los míos y tú te culpabas por ellos, como si así pudieras evitar que yo los sufriera. Porque cuando aprendí a conocerte, también me conocí más a mí, y a través de perdonarte, he podido perdonarme todo lo que yo te reproché.

Y ahora recuerdo cuando me dijiste “A veces siento que debo pedirte perdón por haberte traído a este mundo” y me parecen las palabras de amor más bonitas del mundo. Y cuando me vuelves a pillar con la mirada perdida y me preguntas “¿Qué estás tramando?”, te contesto “Nada, sólo pienso que me parezco más a ti de lo que me gustaría”, y tú frunces el ceño y yo te abrazo como quien se abraza a sí misma.

 

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