Alejandría – @Netbookk

Ricardo García @Netbookk, krakens y sirenas, Perspectivas

Acodado en la barandilla de la cabina en lo alto de una grúa, disfrutando de su cigarro y de la brisa que entra por Levante, Ahmed contempla los preparativos para la carga de naranjas en uno de los muelles del nuevo puerto, al oeste de Alejandría. Él sabe que es un privilegiado, porque desde su atalaya disfruta de unas magníficas vistas de la ciudad. Desde el extremo del muelle de carga se puede ver todo el frente litoral con sus luces y dejar resbalar la vista perezosamente, hasta la Ciudadela de Qaitbay. Una mosca se cruza en su camino… y, de repente, todo vuelve a empezar en su memoria…

El olor de la sangre seca es muy desagradable. Sobre todo cuando la sangre que te impregna toda la ropa, es la de Ali que, descuartizado, lleva dos días tirado delante de la cabaña que fue vuestro hogar, al borde del lago. Los dos días que lleva Ahmed escondido en el falso techo desde donde vio como le asesinaban sin poder hacer nada. Su última mirada, sonriendo hacia su escondite, antes de que le cortaran la cabeza, fue la prueba definitiva de su enorme amor.

Él ya no está entero, le faltan una pierna, las dos manos y un antebrazo devorados por las fieras. Las tripas se las llevaron, riendo por lo bajo, unas hienas la noche pasada a pesar de sus esfuerzos. Le ha costado un día entero, trabajando bajo un sol inclemente, recoger los trozos de su pareja, que los guerrilleros desperdigaron adrede delante de la cabaña, para que fueran pasto de las alimañas. Hay que escarmentar a los que no se someten a la ley de su Dios. Por encima de todo se impone el olor a sangre seca y el recuerdo del ruido incesante de las moscas revoloteando por encima de los restos del cadáver de Ali.

A estas horas, con el sol ocultándose por el horizonte, la ciudad se prepara para despertar ya que se está celebrando el Ramadán. Los ruidos y los olores de las cocinas, la algarabía del zoco, los cantos del Almuecín se mezclan con el azul oscuro del viejo Mediterráneo y el rojo de la puesta del sol, componiendo un retablo del que pocos pueden disfrutar como él desde su atalaya. Ahmed cierra los ojos un instante, intentando retener todos los detalles que pueda, porque la vida es un camino, y el suyo, parte está noche, desde el puerto de Alejandría rumbo noroeste hacia una nueva vida.

Dentro de poco ya se podrá comer y beber libremente, tal y como se acostumbra a prohibir si sigues esta absurda tradición. ¿Que tendrán que ver los Dioses, con los asuntos del hambre de los hombres? ¿O es que acaso piensan los sacerdotes que un estómago vacío es más agradecido, o más dócil…? Se pregunta Ahmed, acostumbrado a cuestionarlo todo mientras, mirando al cielo, apura la colilla de su penúltimo cigarro y lo lanza lejos trazando una parábola abierta y luminosa hacia el mar. La pequeña pavesa vuela lejos, como un remedo de su anterior vida, consumiéndose en su viaje hasta el agua, como una estrella fugaz…

Una, dos, tres estrellas fugaces caen como pavesas encendiendo el cielo del verano. Al fondo la aldea arde. Los guerrilleros han sacado a todos de sus cabañas y están subiendo a las mujeres y a los niños a sus camiones. Los hombres están hacinados en el centro de la aldea y de repente los kalasnikov empiezan a interpretar su macabra canción… Detrás de unos arbustos, Ahmed, Alí y tres chicos más de la aldea que habían ido de caza, observan impotentes como sus familias, sus risas y recuerdos, toda su vida anterior desaparece entre el humo y las pavesas que ascienden danzando un baile macabro, hacia el cielo estrellado… 

Desde aquí arriba, tan cerca de esas estrellas, si mira hacia abajo los estibadores parecen pequeñas hormigas que se mueven frenéticas por el muelle. Siendo animales gregarios por naturaleza, no se preguntan las razones que les atan y que les condenan a ser esclavos de unas tradiciones estúpidas. Inmovilizados de mente y espíritu por unas costumbres arcaicas, a un pasado que para él, carece ya de sentido. De ahí, de todas esas preguntas que, hasta ahora, ningún Dios le ha sabido responder, nace la firme determinación de marcharse de este lugar al que ya nada le ata. Ya que, por muy bella que sea una tierra, si no te alimenta el hambre del cuerpo y la del alma, si te ha separado de todo lo que querías, para nada sirve. Por eso, como ya nada le une a Alejandría, Ahmed ha decidido huir. Ni siquiera el recuerdo de su madre adoptiva, Clea, lo puede retener ya allí. Está decidido a marchar.

Ha sido relativamente fácil conseguir un trabajo en el puerto. Tan sólo ha tenido que decirle al capataz que trabajaría gratis dos meses para sobornarlo y que le dejara ocuparse de la grúa. Después de todo, no abunda el personal cualificado. Lo que el encargado no sabía es que antes, Ahmed había investigado las múltiples entradas y salidas de buques del enorme puerto, eligiendo con cuidado y paciencia este carguero, que, esta noche de luna nueva, se llena de naranjas para el puerto de Marsella en el muelle bajo su grúa. Él, tan sólo debe cargar los palets de tal forma que dejen un hueco en la bodega para esconderse entre ellos justo antes de zarpar, y dejar pasar el tiempo que dure la travesía. Ya había visto hacer la estiba antes, a su predecesor, y sabe que siempre se pueden dejar huecos donde una persona puede aguantar escondido los veinte días de travesía, siempre que lleve agua y comida… y por pasar hambre no será. Él ya está más que acostumbrado.

Desde el Sahel, en Sudan, hasta la frontera con Egipto andando sin parar. Pasando luego por Abu Simbel, Assuan y un largo viaje, en la sentina de una vieja gabarra, por el Nilo hasta llegar a El Cairo y acercarse a su desembocadura, en Rosseta. Desde allí, el ultimo trayecto lo hizo hacinado en un destartalado camión, junto a unos peones de la construcción, que iban a reformar los muelles del puerto Occidental de Alejandría.

Han pasado diez largos años, desde que dejó su aldea, pero Ahmed los ha sabido aprovechar. Unos amigos le presentaron a los guardeses de la casa que Clea todavía mantenía en Alejandría y ella, conmovida por su historia, lo adoptó antes de volver a Francia, porque los viejos se jubilaban. Desde entonces, hasta que se vendió la mansión y mientras aprendía a leer y escribir, cuidó de los jardines por donde habían paseado tantas tardes, Justine, Baltazar, Mountolive y su propia madre adoptiva, tejiendo aquel famoso laberinto de pasiones…

En Marsella le espera otro amigo de la infancia, un billete de tren hacia París y el reencuentro con la familia de Clea. Quizá hasta un trabajo y una nueva vida. Acodado todavía en la barandilla, en lo alto de la grúa, Ahmed se promete a si mismo que esa colilla que acaba de tocar el agua del puerto de Alejandría, será la penúltima que se fume. La última quizá sea en Marsella, cuando esté a salvo, en casa de su amigo. Y luego, después de este último viaje, se promete a sí mismo que en su nueva vida, dejará de fumar.

«Más allá de los cabos y promontorios del ansia, más allá de los premeditados menhires del deseo, más torpes y tímidos con aquellos que más exigen algo sutil y hermoso y lleno de descanso, nos movemos y zozobramos en mareas de ilusión, a tientas buscando, más allá de las inmóviles puertas de la inmortalidad»
Lawrence Durrell – El cuarteto de Alejandría.   

 

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