Al otro lado del océano – @Candid_Albicans

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Tengo miedo. Qué digo miedo. Pánico es lo que tengo. Llevo diecinueve años esperando que llegue este día y sólo tengo ganas de dar media vuelta y echar a correr. ¿Y si no le gusto? ¿Y si no soy lo que espera de mí? Me he recogido el pelo en un moño cuidadosamente despeinado y me he puesto una camiseta blanca lisa, mis vaqueros más usados, unas converse y una vieja chaqueta gris de punto que perteneció a mi abuelo. Me pregunto si habré heredado de ella mi escasa feminidad. Sonrío imaginándola y aparto esa idea de mi mente. Qué tontería. He crecido con mi abuelo y no he llevado nunca coletas o lazos en la cabeza, ni vestiditos, ni nada “de niña” que complementase mi habitual aspecto desgarbado. Tampoco me habría sentido cómoda, creo. No hace frío, pero estoy tiritando. Me tapo la cara con el cuello de la chaqueta y respiro profundamente. Huele a él y a su tabaco de pipa. Lo echo de menos.

Me pregunto si tiene tantas ganas de verme como yo a ella. De recuperar el tiempo perdido. De ir juntas a comer pizza, hablar de chicos, ver una peli tiradas en el sofá, de reírnos a carcajadas delante de unas cervezas o de llorar abrazadas todas las penas que no hemos podido compartir. Quiero decirle tantas cosas. Que la perdono, que puedo imaginar por lo que ha tenido que pasar para llegar a tomar una decisión así y que la vida nos ha dado otra oportunidad. No, eso último no se lo diré. Suena a frase motivadora de esas que vienen en las tazas; pero realmente lo siento así. Al fin y al cabo, ha vuelto.

Llega un momento en la vida de todas las personas en el que debemos mirar a los ojos a nuestros demonios antes de morir. Yo los he mirado a todos excepto a uno. Se llama Emma y tiene 19 años, el pelo negro y los ojos de un azul tan profundo como el océano que nos separa. O por lo menos así la recuerdo.

Hoy me enfrentaré al más paralizador de los sentimientos: la culpa. La he alimentado tanto durante estos años que ha tomado posesión absoluta de mi conciencia y de mis actos. Mi padre me escribió una carta antes de morir en la que me pedía, como última voluntad, que me reencontrase con Emma. Nuestras conversaciones telefónicas siempre han sido pocas, breves, estériles y llenas de silencios incómodos y frases-puñal que alimentaban a la culpa. Así que todo lo que le rebosaba y nunca me dijo, lo derramó sobre un papel y me lo hizo llegar. Murió pocas semanas después. El cáncer le devoró los huesos y yo, mucho antes, el alma. Viajé para asistir a su entierro y allí la vi a ella, vestida con ropa negra alguna talla más grande que acentuaba todavía más su fragilidad. Tenía los ojos hinchados por las lágrimas y la falta de sueño, y se dejaba hundir en el abrazo firme de una amiga. La puta culpa me atravesó el pecho, di media vuelta y me fui.

Hoy, dos meses después, he vuelto para cumplir la última voluntad de mi padre. No he venido a redimirme, ni a pedir perdón, porque no creo que lo merezca. Hoy intentaré explicarle que hice lo que creía que era mejor para ella: correr sin mirar atrás, extender un océano entre nosotras y desaparecer de su vida. Quizás no quiera escucharlo, quizás no necesite explicaciones. Al fin y al cabo, la abandoné. Los abandoné.

Hoy estoy rehabilitada, ya no me meto nada, ya no bebo y aunque el SIDA sobrevuela lo que queda de mí esperando su momento, puedo sentirme afortunada de seguir despertándome cada día para sentir cómo mi monstruo me devora las entrañas al otro lado del océano.

 

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