Al fondo a la derecha – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

Al fondo a la derecha.

Laura se sentía sola. Sola en mitad de esa habitación que, hasta hace poco, estaba llena de compañía.
Su hogar ahora solo era una casa desnuda de muebles, pero tan vestida de recuerdos que aún escuchaba a su abuelo hablar desde su butaca:

– Ven pequeña, acércate. Tengo que contarte la historia de aquel marinero sin barco que consiguió vencer a los piratas desde tierra y casarse con la princesa.

Y Laura, la pequeña Laura, corría al regazo de su abuelo, tropezando con todo a su paso, ansiosa por perderse en el relato.
Sentada a sus pies, ella volaba. La voz de su abuelo conseguía que Laura luchase al lado de piratas malvados, salvase a damas en apuros, se perdiera en bosques encantados o se enamorase de truhanes bondadosos.

Su abuelo fue el complemento perfecto de Laura. Juntos descubrían los matices de la música, los significados escondidos entre las líneas de los libros, los misterios que ocultaban las miradas en una pintura y descifraban las verdaderas intenciones de cada escultura.
De su mano aprendió el valor de la palabra lealtad, la dureza de la palabra empatía y con su muerte aprendió, a la fuerza, cómo se sobrevive con el alma enfadada y la sonrisa esperando ser recuperada de la casa de empeños.

Se fue, la dejó sola porque no podía más, pero ¿cómo culparle? Su cuerpo había sufrido una guerra y pasado hambre, sus ojos vieron morir a su mujer y sus arrugas le recordaban a diario que su cuenta atrás hacía mucho que había empezado.
Laura lloró aferrada al cuerpo sin vida de la persona que le enseñó que debía vivir la vida, como si cada día fuese el de la despedida.

Y así creció Laura, convencida de que los sueños se cumplían y que, aunque duela, nunca te mata del todo una despedida.

Habían pasado veinte años y Laura ya no era esa niña que corría por el salón de esta casa ahora vacía. Ella, tan acariciada como dañada, había recurrido a su infancia como salvoconducto que la librase de la despedida de su actual vida. Subió despacio las escaleras que la llevaban al desván y, tras su puerta, se dio de bruces con toda una vida almacenada en cajas y sonrió perpleja al comprobar que, todo lo que ella era, cabía en ellas.

Se sentó en el suelo y empezó a abrirlas una a una. Con precaución y falsa calma. Con el miedo que te otorga enfrentarte a tus fantasmas.

Empezó con las cajas del centro y en ellas encontró un montón de expedientes académicos, las notas de felicitación de sus maestros, los cuadernos de párvulos y sus primeros dibujos. Sus dedos acariciaban las manualidades imaginando los deditos que tendría cuando las hacía y sus ojos releían su nombre escrito en cada una de las libretas.

Las cajas de la izquierda fueron su siguiente elección. De ellas salieron fotos de personas que creyó querer para siempre, y ahora ni reconocía. Pasaron frente a sus ojos los rostros de antiguos conocidos, compañeros de estudios, amantes ocasionales y todo aquel que creyó conocerla porque compartieron junto a ella un instante. Su olvidada amiga del alma, el chico que nunca quiso y la besó a escondidas, y anuarios llenos de imágenes que no sentía como vividas.

Cerró todas las cajas con un gesto cansado y, aburrida, se dispuso a abrir las cajas de la derecha. Eran cinco, y de igual tamaño y color que todas las anteriores.
Laura abrió la primera caja y de ella empezaron a nacer sonrisas. Descubrió las fotos de ella junto a su hermana y primos en esa misma casa. Imágenes que la volvían a hacer volar boca abajo desde el columpio, a mancharse de barro y correr tras su hermana con una araña en la mano.
La segunda caja también estaba llena de fotos. Se reencontró con el rostro amable de su padre, los rasgos hermosos de su madre y desfilaron ante sus ojos cada miembro de su familia y amigos.
La tercera caja no fue menos maravillosa. Al abrirla recuperó su tesoro de libros y vinilos. Allí estaba El principito filosofando con Piaff, Maria Callas cantando para Huxley, o Dante tomando café con Platón.
La cuarta caja consiguió que Laura volase de nuevo. Al abrirla, millones de recuerdos volvieron a iluminarla con cuadernos de partituras, cuerdas de violín, algún desgastado tutú y zapatillas de ballet.

Sin cerrar la cuarta caja, sus manos buscaron con impaciencia el contenido de la quinta y, al abrirla, sus ojos se llenaron de lágrimas al reconocer los ojos de su abuelo en la foto de su hija. Laura aferró la foto a su pecho mientras sacaba de la caja la primera ropita de su hija, sus primeros zapatos y su mantita. Detrás aparecieron fotos de ambas en el sofá riendo distraídas, jugando o haciéndose las dormidas.
Cartas de amor, fotos junto al que ha sido el amor de su vida y una libreta roja en la que alguien con envidiable caligrafía escribió… Para Laura, mi nieta y mi alegría.

Cerró la caja y la apiló junto a las otras cuatro. Temblaba, pero sonreía. Despacio, cerró la puerta del desván y bajó las escaleras, pensando y sonriendo al saber que ella era el tipo de recuerdo que será conservado en una caja, al fondo a la derecha.

 

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