Adivina mi nombre – @distoppia

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Cuando Ana despertó, tuvo la sensación de haber olvidado parte de sí misma dentro del sueño. Eran las siete de la mañana de un abril con martes y la niebla cubría la ciudad. Abrió la ventana y de forma sutil pequeñas formaciones casi etéreas y descoloridas empezaron a inundar la habitación, mientras Ana, ajena a todo, buscaba debajo de la cama la zapatilla que le faltaba. La niebla la siguió por el pasillo hasta la cocina y fue acumulándose en el techo, como un espectador de lujo de lo que habría de ocurrir más tarde.

Dos veces tuvo que presionar el botón de la cafetera, dos veces busco el mando para encender la televisión. Del gato no había rastro y ni un solo mensaje de WhatsApp por responder. Pasó más tiempo del necesario buscando la que siempre fue su taza favorita para el primer café de la mañana. Se la habían traído de Nueva Orleans hace más de siete años y desayunar mirando los pequeños dibujos de los saxofonistas tocando en el barrio francés era su pequeño y secreto ritual. Cuando al fin se dio por vencida, sonó el teléfono y descolgó la llamada. Para su sorpresa, nadie dijo nada al otro lado de la línea y colgó.

Hacía apenas un mes y medio que se había instalado en aquel apartamento de alquiler en el centro y aún quedaban ciertos rastros burocráticos del anterior inquilino. “Hola, buenos días” fue todo lo que alcanzó a escuchar de la segunda llamada antes de que la línea volviera a fallar.

Pero Ana apenas le dio importancia. Lo que había llamado su atención era la letra A. En el teclado de su ordenador quedaba un ligero rastro de lo que días atrás fuera una letra. Ahora sólo quedaba un vacío extraño que no había notado hasta ese mismo día. Lo lógico habría sido que también hubiera desaparecido de la pantalla. Le dio por pensar que de ahora en adelante sería incapaz de escribir palabras con la letra A y se imaginó a sí misma mandando emails extravagantes a su jefe. De repente le sobrevino la idea de que quizá ya nunca más podría escribir su nombre en el ordenador. Eso sí podría complicarle la vida y no tendría ninguna explicación racional.

Cinco minutos después, Ana estaba abrumada por la idea de que tal vez en algún momento de su vida había empezado a desaparecer. Aquello explicaría muchas cosas: por qué nadie quería jugar con ella en el patio del recreo, por qué su novio le puso tantas veces los cuernos, por qué no encontraba trabajo. Podría ser que fuera más etérea que las demás personas. “No todos tenemos la misma existencia”, razonó. “Mi madre viene hecha de puro metal, su presencia nunca pasa por alto. Mi gato es todo pelo. Mi jefe es todo él una mala idea. Julián es puro músculo y gomina”. Las cuentas salían y la niebla se espesaba sobre su cabeza. Ana, en realidad, nunca había estado presente en ningún sitio y nadie la tenía en consideración para opinar. Nunca fue delegada en clase porque nadie la veía. Nunca la llamaron para cantar en aquella banda de rock porque ningún grupo quiere una cantante invisible. El banco no pudo concederle la hipoteca porque su dinero, por ende, tampoco había ocurrido.

Para cuando volvió a sonar el teléfono, Ana ya había decidido tomar cartas en el asunto y empezar a ser otra persona, al menos por dentro. Se llamaría Raquel y existiría por completo. La llamada resultó ser de la compañía de teléfono. “Nos ponemos en contacto con usted para subsanar los errores de su factura anterior. ¿Puede decirme su nombre para dirigirme a usted?”.

Entonces Ana quiso, pero no pudo decir quién era. Intentó hablar, pero la boca se llenó de niebla y los sonidos no encontraron la salida. Su garganta muda intentó, quizá por primera vez en toda su vida, decir su nombre, pero su nombre ya no le pertenecía. Las nubes de la cocina daban una calma perturbadora al momento en el que Ana, al fin, desapareció.

 

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