Acierto involuntario – @Macon_inMotion

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Había sido un día festivo, por lo que el centro comercial había permanecido cerrado y su parking estaba desierto. Solo un coche aparcado bajo una de las farolas, se encontraba allí. A pesar del frío, un hombre bebía una lata de cerveza completamente subido encima del capó. Después de un largo trago, el hombre se levantó y puso los pies en el suelo. Aplastó la lata vacía con la mano y la lanzó lo más lejos que pudo, rebotando está contra el suelo con su característico sonido. Un par de gatos, salidos de ninguna parte, corrieron asustados por el ruido y desaparecieron a los pocos segundos entre la niebla que había. Demasiadas cervezas.

El sonido rítmico de unas deportivas sobre el asfalto despertaron al hombre que yacía dentro del coche. Hacía frío y debían algo más de las ocho de la mañana. Levantó la cabeza por encima de los asientos y vio a una mujer con ropa deportiva alejarse. En ese momento, millones de alfileres se clavaron en su cabeza, haciéndole notar los excesos de la noche anterior. Con un enorme esfuerzo salió del coche, ahora había a lo largo del parking otros diez o doce vehículos aparcados, todos cerca de una de las entradas. Trabajadores del lugar.  El hombre se tambaleó y no había dado ni dos pasos cuando tuvo que apoyarse en el lateral del coche para no caerse. Entonces vomitó.

Con un trabajoso caminar se dirigió al centro comercial, su cuerpo anhelaba café caliente. Se palpó el bolsillo para comprobar que tenía dinero. Así era.

Dentro del centro comercial hacía calor, contrastando con el gélido frío de la calle. Una joven camarera con pinta de cobrar una miseria le sirvió una apetecible taza de café,  algo intimidada por el desarreglado aspecto del hombre y su evidente resaca. El hombre puso ambas manos alrededor  de la taza, reconfortado. Ya no recordaba cuánto tiempo llevaba así pero tampoco le importaba demasiado. Se terminó el café y pagó sin esperar la vuelta.

—Feliz Navidad.—dijo la camarera mientras recogía las monedas.

—Sí, lo que sea.—empezó a decir el hombre. Entonces se detuvo en seco y se dio la vuelta hacia la joven, que se asustó ligeramente.

—¿Es Navidad?—preguntó.

—Eh, sí.—respondió perpleja la chica.

El hombre movió la cabeza con gesto extrañado, como saliendo de una ensoñación. Una lucecita se había encendido en su cerebro como si de pronto hubiera encontrado una explicación brillante a todos los dilemas del universo y esta contuviese una enorme cantidad de ironía. Ahogó una diminuta risa mientras sonreía con un solo lado de la boca. Levanto la vista y volvió a mirar a la chica con una mirada totalmente limpia, diferente a la que había tenido los últimos meses, concretamente, desde la Navidad pasada.

—¿Sabes dónde hay una floristería?—dijo—Tengo que ir al cementerio y dejar de hacer el capullo con mi vida.

 

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