Acceso restringido – @GraceKlimt

GraceKlimt @GraceKlimt, krakens y sirenas, Perspectivas

Si quieres, puedo llamarme Candela, ser morena de ojos claros, tener 38 años, 2 niños, y vivir en Córdoba capital. O ser Eva, rubia de ojos negros, 31 años, 1 bebé, y ser de un pueblecito de Huesca. O Diana, Rocío, Manuela, Carla, María, Lola. Pelirroja, castaña, pelo rizado, melena de leona, alisado japonés. Puedo ser tu vecina, tu mejor amiga, tu enemiga de la infancia, tu hermana, tu cuñada. Puedo ser tu mujer, no disimules. Y por qué no, no te escondas, también puedo ser tú.

Me enamoré como se enamora una cuando el Amor va con mayúsculas, sin razones, sin motivos, sin excusas, con los para siempre saliendo inocentes de la boca sonriente y los ojos brillantes que nunca mienten. Que nunca mentían, perdón. Sintiendo las mariposas revolotear en la tripa, en los dedos cada vez que le rozaba, en la cabeza por las noches al recordarle, en las entrañas cuando me besaba.

Sigo enamorada años después. Sí, aún le amo. Me lo digo cada mañana mirándome al espejo, mientras me visto para llevar a los niños al colegio. Luego, a veces, no siempre, me escupo un mentirosa a la cara, y me odio. Me odio tanto que me gustaría mandarme a tomar por culo y no verme más. Complicado asunto ese de querer huir de una misma, puro drama. Dime ahora si vas a juzgarme tú, cuando yo ya he sido víctima, verdugo, juez, parte, acusación, y sentencia. JÁ.

Me tomo el café con las mamás del colegio, y río con ellas de alguna broma de mierda al enterarnos que Julio, el papá de Pedro Hidalgo, se ha largado de casa con lo puesto al encontrar a la mamá de Pedro revolcándose con el profesor de karate del niño en su cama de matrimonio con dosel. Si es que se veía venir, menuda es esa. Blah, blah, blah, claro, claro, claro, sí, sí, sí. Puñal directo al corazón. Qué más da lo que sienta la mamá de Pedro, bastante poco le ha pasado, la tenía que haber echado de casa él a ella, y que le de cama el entrenador, que por cierto, no está nada mal, EH. Guiño, guiño, codazo, codazo, risas enlatadas, lenguas viperinas saliendo entre labios pintados de rosa, balazo en la sien. Se me atraganta el café descafeinado cortado con dos sacarinas, se me clavan mis propias palabras en el pecho.

He llegado tarde al trabajo, menos mal que con el rollo de la conciliación, y la historia del problema del pequeño con la intolerancia al gluten, puedo verme con él ese rato de las mañanas, sin levantar sospechas. 3 orgasmos en su despacho -ventajas de ser el jefe y el primero en llegar a su oficina-, jamás en su casa o en la mía -las familias se respetan-, y un “no puedo vivir sin ti” -¿quién dijo que con los años dejamos de ser cursis?-, me han hecho olvidar por un instante que somos unos miserables. “¿Qué tal el niño?”, me preguntan mis compañeras, “Bien, bien, ya sabéis, solo ha sido un susto, ¡qué asco de intolerancia!”, les miento, mientras de pronto siento el vaso medio lleno, medio vacío, a punto de desbordarse, vacío por completo otra vez.

¿Cuándo empecé a vivir a base de engaños?, ¿por qué tengo que sentirme sucia por algo que me hace sonreír?, ¿dónde está ese maldito hijo de puta que decidió qué era lo correcto y qué lo incorrecto?, ¿quién se atreve a tirarme la primera piedra, seguro de estar libre de pecado?

Los niños están dormidos, 3 fieras de 3, 6 y 8 años respectivamente, y yo me acurruco junto a él. Siento que no puedo ser más feliz que en este instante. Todo es perfecto. Sus brazos son refugio, casa, tabla en medio del naufragio y salvavidas. Y yo, tan chiquitita dentro de su abrazo, me siento enorme, gigantesca. ¿Ya he dicho que le amo? Es de locos, le amo tanto que a veces me duele el corazón, no de una forma poética, déjate de hostias, me duele de una forma física, como si estuviese avisándome del infarto inminente. ¿Dónde está escrito que no se puede querer a dos? Me besa la nuca y me acaricia el pelo, como si notase mi angustia interior. Maldito cabrón.

Ha salido a cenar. Me he quedado sola en casa, con los niños. Abro una botella de vino tinto y muero un poco escuchando la televisión. Infidelidad. Temazo entre los temas. Carnaza para animales muertos de hambre que se relamen oliendo la sangre fresca. Retumba en mi cabeza. Tomo un vaso de vino, me arde la garganta. Esas mujeres que solo quieren sexo, son unas enfermas. Tomo otro vaso, me arde el pecho. Utilizan a sus parejas para mantener un estatus, y juegan con su familia para saciar su apetito. Tomo un vaso más, me arde el alma. Hay que saber elegir, hay que ser valiente. La botella se termina, ardo de rabia. Infiel, mala persona, infiel, mala madre, infiel, muérete.

Vuela la botella. Miro el desconchón del puto gotelé en la pared, el vidrio contra el suelo, un chillido de la habitación de los niños, un silencio en mi garganta en modo automático repitiendo que todo está bien, que algo se ha caído, que no salgan, que pueden cortarse con el cristal. Él mira mi espalda, lo noto, las llaves aún en la mano, su frase arrancada de cuajo de la mandíbula abierta, los ojos enrojecidos, mientras las gotas se siguen escurriendo por la pared. “¿Tenemos que hablar?”. Todo estaba ahí, todo lo que queda por decir, mis palabras, mis lágrimas. “Todo está bien”.

Yo no sé lo que está bien y lo que está mal, a toda esa maravilla de la verdad absoluta aún tengo acceso restringido.
Pregúntaselo a Candela, a Eva, a Diana, a Rocío, a Manuela, a Carla, a María, a Lola.
Si te atreves, pregúntaselo a ella, ánimo.
O pregúntatelo a ti, por qué no.

 

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