Abril de 1917 – @soy_tumusa

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En la radio aún comentaban los últimos vestigios de la guerra, las revoluciones que se alzaban y la imposibilidad de terminar con los frentes abiertos. Los Países se resentían, el ejército y las ayudas que no llegaban, daban los últimos coletazos ante la imposibilidad de ponerse de acuerdo y llegar al final. En medio de todo ese caos, las familias lloraban sus pérdidas y, aunque estábamos lejos de aquella masacre, nos salpicaba cada noticia y cada linchamiento, como si nos tocara de lleno. No había nada más que mirar las caras de la gente que quien más y quien menos tenía a alguien cercano entre las tropas.

La vida pasaba lenta y como de otro color en las montañas fronterizas a Italia, donde el tiempo parecía paralizarse entre el verde de los prados, el humo de las chimeneas y el rumiar de los animales. De vez en cuando un sobresalto por alguna mala noticia o por algún camión beligerante que pasaba cargado de hombres heridos de semblante triste y asustado, como si hubieran visto a la muerte cara a cara. Esos hombres bajaban al infierno y regresaban con vida, pero con la mirada llena del horror y la crueldad de todo lo que allí habían vivido. Esos hombres, “les braves”, les llamaban en el pueblo. Gente que luchaba por su país o por el ajeno en tremendas coaliciones, al final terminaban por darse cuenta que esa guerra no era la de ellos y qué morían por un país que no era el suyo, al final no había enemigo que valiera.

La radio no paraba en todo el día, yo casi conocía el idioma de tanto oír hablar al locutor, las palabras más básicas ya las aprendí y no me costó mucho desenvolverme en la posada. No había mucho turismo por aquella época, algún viajante que otro buscándose la vida, rara vez parejas de vacaciones, pero la estancia allí se hacía llevadera porque siempre había algo que hacer. Llegué para echar una mano a mi hermana y me terminé enamorando del pueblo, de las vistas, y de los encantos de la vida rural.

A finales de abril, la guerra ya casi estaba en su fase terminal y la gente regresaba a casa, con sus familias, el que podía, claro. Era continuo el trasiego de camiones remolcando gente, civiles y soldados, por aquella época el país jugó un papel decisivo atendiendo a enfermos y heridos de guerra, ocupaban hospitales, hoteles y casas de socorro. La posada por aquel mes estaba a rebosar y no había margen para el descanso entre los huéspedes y los soldados que se alojaban allí mientras no los reclamaban en su patria a terminar de sanar sus heridas. Recuerdo perfectamente abril, porque me trae el olor a pólvora seca de los fusiles, al ruido ensordecedor de los aviones y a esos ojos verdes que se cruzaron conmigo por primera vez a lo largo del pasillo mientras terminaba de hacer la última habitación del día, cansada, sudorosa, rodeada de sábanas y cubos de limpieza, allí estaban mirándome fíjamente como si me atravesaran como un puñal.  En su peculiar francés, buscaba la habitación 012, lo que yo no sabía en ese momento, es que aquella habitación más tarde se convertiría en mi refugio, en mi lugar favorito, rodeada de sus brazos, donde de algún modo u otro me hubiera quedado a vivir de por vida.

 

Orazio, sólo ponerme su nombre en mi boca aún me hace estremecer. Era un poco de luz entre tanta oscuridad, guerra y lamento. Era aire fresco con su alegría, sus historias y su sonrisa y obviamente, caí rendida a sus encantos. Al principio eran miradas, nos buscábamos en cada rincón de la posada, me hacía ruborizar y eso me ponía tan nerviosa que era incapaz de terminar bien mis tareas. El trabajo se hacía con gusto sabiendo que él estaba ahí y que me cruzaría con su aliento en cualquier rincón, emocionante se hacía el día en busca de sus ojos. Una mañana, bien temprano, me sorprendió en su habitación oliendo la almohada de su cama y muerta de la vergüenza salí corriendo, me encerré en la cocina casi todo el día para evitar cruzarme con su mirada, avergonzada porque descubriera que me gustaba intenté evitarlo a toda costa los siguientes días, pero me fue inútil, me abordó en el patio trasero donde daba de comer a los animales y sin mediar palabra alguna, me besó, llenándome la boca de pasión y deseo con sólo ese beso. Recuerdo que aquella noche no pude dormir pensando en su boca, su olor, sus manos… maravilloso recuerdo que nunca pude borrar de mi cabeza. Al día siguiente mientras hacía mis habituales tareas en la habitación contigua a la suya, noté unos labios que recorrían mi cuello y me apretaban fuerte contra su pecho. No dudé en responder a ese beso que terminó como por arte de magia en su habitación, despojándome de mi uniforme de trabajo y sumergida en su cuerpo, entre sus caricias y las sábanas. Jamás nadie me había hecho sentir tantas cosas en una cama, parecía como si conociera mi cuerpo al milímetro y me entregué a él dejando que recorriera con su boca cada centímetro de piel, me movía al compás de su respiración como si quisiera quebrarle la hiel cada vez que empujaba más dentro, fue tan bonito como mágico. A partir de ese día, deshacíamos la cama cada día a escondidas, cada noche a oscuras, éramos dos amantes saciándonos a besos y caricias, a pasión y desenfreno, cada noche en su cama era diferente, cada día en sus brazos me estremecía retorciéndome como si fuera a partirme en dos. Lo recuerdo como si fuera ayer, aún no he podido dejar de sentirle, por muchas noches que no esté junto a mi, por mucho que yazca en otras camas, no son él.

Como todas las historias de pasión y amor, no tenía fin, o no queríamos verlo, pero su marcha fue inminente, tanto que no me dio tiempo a despedirle. Se fue una mañana al alba, cuando entré en su habitación como de costumbre para correr a sus brazos, ya no había nada, ni un triste mensaje, ni una triste nota, ni una dolorosa despedida. Partieron a casa todas las tropas que esperaban órdenes de mando tras el fin de la Guerra, Italia llamaba a los hijos de su patria y me quedé desolada, vacía. Indirectamente la Guerra también me había quitado un trozo de mí. Durante los siguientes años luché por dar con él, con una dirección que me devolviera a Orazio, con alguna noticia, pariente o conocido e incluso pensé en ir en su búsqueda, pero cualquier intento fue inútil.

Echaba de menos cada parte de su ser, su sonrisa, sus historias sobre el mundo que había vivido, sus miedos y sobre todo el amparo de sus manos cuando me apretaban sobre su pecho. Entre sus brazos estaba a salvo de cualquier cosa. Nunca más volví a saber de él, jamás le pude decir el amor que llevaba dentro, tan grande, tan puro, pero cada vez que quiero cruzarme con su mirada la observo a ella, mi alivio de ojos verdes y sonrisa cautivadora que fue la que de nuevo me volvió a robar el corazón.

 

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