Abril de 1917 – @LaBernhardt

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La fábrica de harinas da miedo porque hace mucho que dejó de serlo y se reconvirtió en el Centro Sociocultural La Vuelta.
Es curiosa la fachada porque al arquitecto que le encargaron la rehabilitación le maravilló el letrero, decadente y oscuro, “Fábrica de harinas Saoro” y decidió dejarlo allí en los altos, para incluir un metro abajo uno nuevo, brillante y moderno, en un contraste que seguro le duele al pasado, el del centro sociocultural.
Ha sido desde siempre un lugar extraño porque durante la guerra sirvió de hospital y más tarde, fue casa de racionamiento, para repartir lo poco que había para echarse a la boca en la posguerra. Fue también una sala de fiestas improvisada durante las fiestas del pueblo, durante dos o tres años. En apenas 100 años había sido posada, vivienda particular, fábrica, hospital…parecía que nada ni nadie quisiera durar lo suficiente como para quedarse en aquel solar. Nada de eso viví yo que como el resto de gente de mi quinta nos sabíamos más o menos su historia. Hasta que el ayuntamiento tuvo dinero para ponerse con las obras de rehabilitación, permaneció cerrado. Entrar entraban los jóvenes, por aburrimiento o para hacerse los machotes, que dicen que en la casa de la fábrica ha muerto mucha gente, que yo voy a entrar y tú no tienes huevos, que mi hermana dice que vieron un fantasma…esas cosas que se hacen, que se cuentan por las noches en los veranos eternos de los pueblos sin playa.
Yo también las conocía, claro, pero nunca me dio por entrar en busca de fantasmas. Yo tardé mucho en entrar a la casa de las harinas, como la llamaba mi madre, y fue para trabajar en las obras de rehabilitación. Ya entonces era jefe de cuadrilla, los hombres que estaban a mi cargo me respetaba bastante y teníamos contentos a los jefes. Las órdenes directas me las daba el arquitecto, cada lunes. Nos reuníamos en lo que debió ser despacho o vete tú a saber, sobre una mesa llena de polvo de obra. Allí se cerraban las indicaciones, los plazos, las horas que le ganes a esa parte de la casa, te las haces en otro sitio, que yo en eso ya no me meto. Era un buen tipo este Manel, no era un arquitecto estirado, que de ésos he conocido unos cuantos.
Yo iba muy mal de dinero en esa época. Mi ex mujer me tenía asfixiado, joder, que no hacía más que pedirme de todo y yo cagándome en la puta del día que firmé el divorcio sin fijarme en nada.
Por eso tenía que buscar más faena, donde fuera, de lo que fuera. Cumplía mi parte en la fábrica y pasaba a hacerle alguna chapuza a un vecino y así iba tirando.
Las obras debían terminarse en julio porque el alcalde quería sacar barriga en las fiestas de agosto, así que durante el mes de junio doblamos turnos y yo me quedé con varias noches.
Siempre he pensado que para la gente de la obra la noche es una bendición, que no sabéis el calor que se pasa con el ladrillo a pleno sol.
Llegaba a casa, me duchaba, cenaba algo y al curro, de nuevo. Me seguía impresionando esa casa tan grande, tan vieja y ahora tan reciente. Estar trabajando de noche era estar más cerca, dentro de ella.
Una de aquellas noches me quedé en el patio de detrás que se estaba quedando de maravilla porque iba a ser un espacio abierto y con árboles, bancos de madera y farolas bajas. Había que echarle imaginación porque ahora estaba agujereado como un queso, a la espera de los árboles. No recuerdo qué empecé a hacer ni por qué tenía tanta prisa ese trabajo nocturno, sólo que dejé la pala y me quedé mirando ese montón de huesos que alumbraba mi casco. Ver huesos todos hemos visto y no digo que nos vayamos de farra al cementerio y nos liemos a exhumar cadáveres, que no. Digo que es algo que no debe impresionar porque los huesos no impresionan.
Lo que caga es encontrarse con ellos en donde no te los esperas y yo, esa noche, no me podía imaginar que acabaría viendo ese montón de color tierra y blanco roto, joder que me acordé de mi ex y de su manía en distinguir 15 tipos de blanco. Pero es que los huesos que yo imaginaba eran blancos y radiantes y éstos eran marrones, sí, pero alguno de ellos lucía, desafiante, y parecía más blanco que ninguno. Blanco roto, blanco sucio, no sé; huesos desenterrados y yo sin saber qué hacer.
Dicen que no hay que tocar esas cosas nunca, los que creen en supercherías y polladas de ésas, porque te cae una maldición. El resto dice que tienes que llamar a alguien competente en la materia, que no hay que meter la mano en esos asuntos porque si lo haces, igual acabas en un lío con la guardia civil y a mí éstos últimos sí que me cagan vivo.
Pero no llamé a nadie, no antes de meterme en el hoyo y coger entre las manos alguno de ellos. No pesaban y estaban tan fríos y de repente, lo vi, una cajita de latón, algo gris, pequeño, entre esos huesos y lo que debío ser ropa, en otra vida. La caja estaba en muy mal estado. La guardé en el bolsillo de mi chaleco. Entonces reaccioné y salí del agujero de un salto. Llamé al que fue mi jefe, mi patrón, mi casi padre, perdona que te moleste a estas horas pero es que en el patio trasero de las harinas, en un hoyo, me he encontrado unos huesos, sí, hostias, que sí, que estoy seguro que no son de perro, Tomás, que son de persona, ¿que qué más hay?, nada, trozos de ropa, nada más.
Nada más. Nada más. Y no le dije que también había una cajita de latón. No dije nada. Nada más.
Y le hice caso, cubre eso con tierra, no plantes un árbol ahí, lo cambias por un banco de madera y hormigona eso; échale mañana a primera hora varias capas y aquí no ha pasado nada.
Eso me dijo Tomás que era mi casi padre, que no dijera nada, que no hiciera nada.
Y eso hice yo: nada.
Cuando llegué a casa, saqué del bolsillo la cajita, me costó abrirla y me costó más poder respirar cuando vi lo que había en ella: una piedra pequeña, sucia y brillante porque quería brillar.
La lavé y sin tener ni idea de joyas ni piedras preciosas tuve la certeza total de que aquello lo era mucho.
Me eché un par de orujos, que me temblaba todo. Metí bajo el grifo la caja de latón y apareció una inscripción: abril de 1.917
Creo que dormí con la piedra entre las manos. Al día siguiente, llegué pronto a la obra e hice lo que Tomás me había aconsejado. Hormigón para calmar mi mala conciencia, hormigón para dar descanso a esos huesos de alguien a quien nunca nadie encontraría.
Unos días más tarde conseguí la dirección de un tasador de joyas, qué maravilla, decía, ya no se ven piezas así, finales del XIX, principios del XX,¿no? y yo, a todo que sí, mire que yo me quiero ir, que me quema este diamante, que me pesa el hormigón encima de la conciencia, eso debería haberle dicho pero no; nada.
Sí, es de esa fecha, creo; lo único que tuvo mi abuelo de valor. Eso dije, qué canalla la palabra Valor, que se me había colado en mi mentira para recordarme que de eso, yo, no tenía.
15.000 euros me dieron en una casa de tasadores en Madrid.
Tapé algunos agujeros, otros, y fui feliz hasta que una noche, poco después de la inauguración de la casa de la cultura, una vocecita se instaló a los pies de mi cama.
Devuélveme mi piedra, devuélveme mi piedra, eso escuchaba sin parar. Cada noche, cada día, siempre.
Perder la cabeza es sencillo, vivir escondiendo esa locura a la gente, no tanto pero se puede. Hasta que una mañana, esperando el desayuno en el bar de Paco, un viejo se me quedó mirando y sonrió, ¿tú también los oyes, zagal? pues estás jodido porque no hay sitio en la tierra que te pueda esconder de la voz de los muertos.

 

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