Abandonar el barco – @JokersMayCry

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No sabía cómo callarlo y lo escribí, sangré la tinta que se coagulaba en mi corazón, a palabra por latido mientras me temblaba el pulso y cada trazo era una cicatriz del alma. Lo que allí había vertido tenía la oscuridad de un negro insomnio que se alargaba como la sombra del pasado, era un infierno donde ya no me entraban más pecados, ni más silencios, donde ya todo era cenizas. En medio de ese negror, había una luz, la última luz que iluminaba mi alma condenada, tenue, suave, lejana, esperanzadora. La había crucificado entre las líneas.

Lo leí, lo peor de escribir es leerse, hacerse la autopsia con un bisturí oxidado y afilado con la verdad. Dolía, dolía como el silencio que envuelve al llanto, como un sueño roto y un esguince en el suspiro de la soledad, como el sepia que tiñe a la nostalgia. Y lloré al verme desprendido de ese último haz que brillaba en mi interior, cómo lo más precioso que tenía en la vida, ese último retazo de alma, esa pequeña sonrisa que era mi luna creciente, lo había arrancado de cuajo porque no tenía fuerzas para mantener su llama viva, porque siempre ha sido más fácil rendirse y dejar de luchar.

¿Qué hacer con lo último que merecía la pena de mí? Mi niño interior dobló el papel e hizo un barco mientras cantaba entre susurros “Había una vez un barquito chiquitito”, juntando las esquinas con cuidado, dejando las palabras más bellas por fuera, las que nunca supe pronunciar con mis labios, aquellas que siempre habían estado dentro de mí y que ignoraba que me habitaban. El barco aún no se había hecho a la mar y ya tenía la cubierta mojada por la tormenta de lágrimas que llenaban el blanco papel de lunares, la tinta sangró y sentí su hemorragia en mí. Mi niño lloró aún más, tan frágil, pequeño e inocente en un mundo cruel que no entendía. Tormenta en los columpios destartalados que chirrían sobre los charcos, hojas secas que arrastran el frío viento de octubre con un sueño escrito en cada una de ellas, juguetes rotos en manos adultas… Nunca me perdonaré haberle hecho llorar.

Salí al bostezo de la noche con mi barco de papel entre las manos, sosteniéndolo como si fuera una delicada flor de loto y me arrodillé frente a un charco. “Soltad cabos” susurré, “arriad las velas” y pensé que era tan puro que no resistiría el peso de un solo cañón, que el más pequeño oleaje lo haría naufragar, que ardería ante un abordaje, que algo tan precioso no estaba hecho para luchar.

Lo posé en el agua con delicadeza, un mar en calma en el que nadaba la luna y soplé con suavidad. Sentí su soledad en medio del mar, sus ansias de desplegar unas alas y volar, porque ese barco quería surcar el cielo, que alguien gritara “estrella a la vista”… Ese barco quería seguir soñando, pero yo ya no.

Le di la espalda y me alejé abandonando el barco, abandonándome a mí mismo. Seguro que era tan precioso que el mundo no podría contenerse a destrozarlo y ya sólo había un vacío en mi interior, una nada que sólo podría llenar el dolor.

 

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