A veces yo, a veces otro yo – @Macon_inMotion

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Esa luz extraña. Esa luz que ha dejado de ser día y aún no se ha convertido en noche se desparrama por el barrio. La sudadera manchada por el contacto con los ladrillos de un muro que separa un solar de otro. En frente los restos de una valla. A su lado, una litrona. Aún no ha llegado el verano y se nota. El viento mueve las ramas de los árboles. Los pájaros ya son poco más que sombras negras que van de un lado a otro.

Se baja la capucha y se revuelve el pelo rubio con la mano. Le cuesta levantarse, pero aún así, se incorpora. Necesitaba esos minutos de cerveza y meditación. Se sacude el vaquero y abandona el solar, teniendo cuidado de no pisar ninguna de los centenares de amapolas que crecen salvajes, por doquier.

Un par de muchachas le saludan al cruzarse con él. Ex compañeras de instituto que tampoco han conseguido abandonar aquel lugar y ahora sirven hamburguesas, perritos, pizzas y kebabs en el italiano de la calle de al lado. Una voz conocida le reclama desde el otro lado de la calle. Un hombre joven con una camiseta de la Juventus y el 21 de Pirlo a la espalda le reclama.

Espera a que pase un autobús y cruza la calle trotando para encontrarse con quién le llamaba. Se dan la mano y el chico de la camiseta de la Juventus le da una palmada en la espalda. Comienzan a andar en silencio y este solo se interrumpe cuando pasan al lado de un coche aparcado con la ventanilla bajada. El reggaeton se escapa del interior del coche e innunda esa porción de calle.

Unos metros más adelante, otro joven espera a los dos que se aproximan. Lleva la americana del traje sobre el antebrazo y la corbata suelta, bailándole sobre el pecho. Sonríe y tanto el rubio de la sudadera como el de la camiseta de Pirlo le devuelven la sonrisa. Se abrazan sutilmente y reanudan la marcha.

Los vehículos ya llevan las luces encendidas. Es oficialmente de noche. Un niño pasa en dirección contraria a ellos tres, dando patadas a un balón y se pierde, calle abajo. Una anciana saluda desde la ventana. Los tres la conocen desde hace treinta años, cuando no eran más que críos y la recuerdan exactamente con el mismo aspecto que tiene ahora.

¿Entonces qué ha pasado? ¿De quién ha sido la culpa esta vez? —le dice finalmente el chico del traje al rubio, que camina algo cabizbajo.

Los tres se detienen delante de la puerta de un pequeño pub que frecuentan cada desde hace años. Un hombre de mediana edad abre la puerta del local. Se adivina algún tema de Guns’n’Roses que suena en el interior del bar y al fondo dos equipos de segunda división juegan en la televisión. La puerta se cierra y el hombre baja torpemente los cuatro escalones que llevan a la calle. Saluda a los chicos, a los que conoce de vista y se marcha encendiéndose un cigarro.

Se terminó. Esta vez de verdad. No la culpo. contesta finalmente el chico de la sudadera.

¿Te culpas a ti mismo? interpela el tercero de ellos.

Obviamente, como siempre —responde. —La culpa la tengo a veces yo y a veces, otro yo.

Qué manera más elegante de decir que siempre tienes la culpa. Deberías utilizar esa frase en tu mierda de programa de radio ese de poesía que tienes. comenta el chico trajeado.

Ríen con ganas y finalmente entran al bar.

 

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