A veces yo, a veces otro yo – @igriega_eme

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Apenas tengo cuarenta y nueve, se escucha interminable, me detengo a medio jardín y de pronto veo ante mi, una inmensa torre; siento los pies desnudos sobre la tierra, estoy mirando hacia arriba, intentando localizar el final de una pila de libros que se levanta al infinito oscilando en la punta con una danza de nubes.  

Zumba a mi izquierda un abejorro de tamaño regular, siento que mis ojos se vuelven de hormiga, me siento como un punto en el medio de ese pastizal salpicado de arcillas, las pequeñas piedras parecen montañas con picos y aristas, mis pies se vuelven torpes y lentos, tropiezan con la superficie rocosa debajo de la columna que muestra cada segundo de mi transcurrida vida. 

Es entonces cuando siento hoja sobre hoja, suma de segundos y minutos, siento un jaloneo en la cabeza, es mi madre que me peina, el peine me dibuja una raya perfecta y me cruza las ideas, de la frente a la nuca, siento una batalla entre los nudos de mi pelo y los dientes feroces que tratan de morderlos; un aroma a limón me saca de concentración, siento las gotas del cítrico humedeciendo cada hebra, haciendo posible el liso perfecto, dos coletas y una falda a tablas, así se van mis días entre pupitre y las viga de equilibrio en la gimnasia. Creo que fui feliz, un poco solitaria, sin abrazos ni mimos, sin aplausos, sin batallas ganadas. Me miro adolescente y desorientada, soñando con reacciones químicas en un laboratorio de primer mundo, abro los ojos y estoy en el mundo de la informática.

De repente siento los rayos del sol dorándome la piel, escucho el canto del mar en cada ola, se me pierde la mirada tras cada pelícano que planea y pica, que come y flota, se me puede ir la vida contemplando la espuma que cada vez trata de alcanzarme en la orilla, le amo y a la vez le temo, siento que formo parte de él pero me siento más de las estrellas.  

Cuando pienso en mi abuela paterna, insisto en localizarla en algún punto brillante de la bóveda estelar, elijo el que tiene visos rojos y parpadea, siento que un lazo invisible se desenrolla de mi corazón hacia el suyo. No estuvimos cerca y sin embargo sin saberlo va dejando con cada destello su fuerza, su valentía, su entereza.  

Nuevamente algo me distrae, un pequeño cangrejo, cruza frente al borde de la espuma de la última ola y dibuja un caminito en la arena, seguro de su andar, como si supiera donde está su destino, y en sus cangrejos pasos, me recuerda que aún no encuentro el mío.

A veces yo, a veces otro yo. Sí, ese otro yo, al que le falta media vida todavía, ese yo que se ha puesto esta mañana los zapatos de perseguir auroras boreales y sonrisas, de coleccionar abrazos y caricias, que se quita la coraza y se viste de amaneceres en la montaña, y se enrolla la bufanda de amores verdaderos, de tardes de vino y chimenea, de chocolates y libros en cada esquina. 

La pila de libros se vuelve pequeña, porque hoy me siento grande, viva, beneficiada, hoy y ahora, comienza la vida.  

 

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