A través del Sáhara – @relojbarro

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Iban andando por el pasillo que hacía de distribuidor de las habitaciones, él era alto y transmitía seguridad, ella era pequeña y delgada, con sonrisa contagiosa. Una puerta de una habitación se abrió de repente y salió un anciano en batín, que les saludó tocándose el ala de un pequeño sombrero al cruzarse con ellos, la mujer agachó la cabeza como avergonzada, como una niña a la que habían pillado tras una travesura. El hombre mientras iba pensando que tras la tarde pasada juntos, el pasillo se le antojaba trayecto demasiado corto, hubiera deseado que se alargara al menos unos minutos más, pero ya podía ver la habitación número 23.

– Bueno, pues ya está, sana y salva como te prometí.
– Hagámoslo -dijo ella visceralmente.
– ¿Segura?
– Sí, con la condición de que me cuentes la historia de tu colgante.
– Tuyo es si vienes a mi habitación, la número 32, a partir de las 00h. Recuerda que nadie puede verte venir.

Al rato, mientras descansaba el hombre tumbado en la cama mirando el techo con las manos tras su cabeza, cavilaba sobre la tarde pasada, evitando no sin esfuerzo mirar el reloj cada dos minutos, y considerando que quizá la mujer no aparecería, lo cual no sería algo descabellado ya que se habían conocido esa misma tarde, pero creía firmemente que habían conectado. Dos golpecitos leves sonaron en la puerta, al abrir apareció la mujer envuelta en un fino chal que apenas tapaba su sencillo camisón. Entró rápido en la habitación y se metió directamente en la cama, pidiéndole que apagara la luz, a lo cual el hombre accedió de inmediato. En la penumbra, pudo ver el hombre cómo la mujer tiró su camisón al suelo. Se desvistió a su vez y se metió en la cama. Cogió la mano de la mujer, y le dio un colgante.

– Cuéntame su historia -susurró ella.

– En el último viaje que hice hace ya un tiempo, hicimos una excursión a través del Sáhara en camellos. En una parada que se hizo para descansar, me fui caminando entre dunas hasta que el grupo ya no podía verme. Una vez a solas, me paré y agaché para coger un puñado de arena. La arena quemaba, así que escarbé un poco hasta coger arena más fría. Cogía un puñado de arena, y abría la mano para notar cómo caía la arena entre mis dedos, lo cual me proporcionaba cierto estado de relajación, en cada puñado me sentía como con un peso menos, hasta que decidí que cogía el último, y al hacerlo, noté algo entre la arena, al sacarlo, vi que era una fina cadena que sujetaba un reloj de arena vacío. Sin saber al principio porqué, rellené con arena hasta arriba el reloj y lo cerré. Empecé a girarlo varias veces notando que ningún grano se movía en su interior, hasta caer que lo que aquel reloj contenía en ese momento era mi pasado, inalterable, y que toda arena que había fuera de él, arena que el viento iba moviendo a su antojo, era mi futuro. Recordé en ese preciso momento algo que leí de niño y que no supe entender entonces, «La vida es la metáfora».

-Tú me regalas tu pasado, yo te entregaré mi futuro. Prometo venir de vez en cuando a tu cama, darte un beso y abrazarnos, mientras me quede fuerza para venir, y no habrá norma de esta residencia de ancianos que no rompa siempre que la soledad vuelva a asaltarnos y me necesites.

La mujer se giró hacia él, acarició su pelo canoso, su cara curtida, se acercó, besó dulcemente su mejilla y se abrazó fuerte a él, descansando ambos, como no habían hecho desde hacía años.

 

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