A los pies de los caballos – @tearsinrain_

Tearsinrain @tearsinrain_, krakens y sirenas, Perspectivas

1

Ya no sé si soy cierto.

Un bicho del polvo, un cortapichas, se pasea algo atolondrado por el suelo del lavabo. Mi entrada le ha desubicado y ha dado rienda suelta a su instinto de supervivencia intentando huir. Pero es torpe, es idiota, y en su escapada choca contra la suela de mi zapato. Es una suela desgastada de color blanco, que forma parte de unos zapatos viejos de color azul anochecer. De las dos bombillas que deberían iluminar desde el techo, solo una lo hace. De hecho es la única puesto que, donde debería estar la otra, primera o segunda, está el agujero para meterla (me viene aquí una reminiscencia sexual inmadura con esa expresión). El espejo tiene restos de cal del agua del grifo y de pasta de dientes. Muestra mi imagen y noto en él cierta desgana. ¿Qué te pasa idiota, algún problema? No mataré a la dermamptera, me da asco, simplemente eso. Paso la mano por delante del espejo y se activa. Sale un menú casi trasparente a la derecha, en columna y unos iconos pequeños en la parte inferior y otros arriba. El espejo me saluda.

Hola, ¿quién deseas ser hoy?

Quiero ser yo mismo.

Lo siento, no reconozco esa orden. Define los parámetros para “yo mismo” o activa las diferentes opciones del menú manualmente. Para cualquier consulta pulsa o di “Ayuda” y un operador se pondrá en contacto contigo inmediatamente.

El insecto neóptero salido de las entrañas de una casa en ruinas sigue buscando cobijo, ahora empieza a acertar el camino, detrás del retrete. Todo está más o menos limpio o más o menos sucio. Ha estado peor. El espejo espera. Yo también.

 

2

Cae una lluvia de esas que molestan, en rachas diagonales que golpean mi cara y se cuelan por los rincones imposibles de la capucha. Perdí el paraguas en el metro hace unos días y no he vuelto a comprarme otro. Igual que en una escena de Blade Runner, me muevo entre cientos de paraguas ajetreados, yendo de portal en portal o saltando de debajo de un balcón a otro, pero llegaré igual de mojado. Solo me detengo un rato delante de la tienda de Habilidades y Métodos Adquiridos, la chica pelirroja lleva hoy un vestido ajustado de color violáceo y se mueve con gracia preparándose para abrir. Llevo tiempo preguntándome como debería ser para gustarle. La respuesta siempre se repite: sé tú mismo. Pero ya no sé qué significa eso, de manera que sigo allí plantado, bajo el toldo de una cafetería abandonada. Antes la gente iba a las cafeterías, tomaba algo, charlaba. Ahora también, pero en realidad es un intercambio de Ideales y Pronósticos, nada natural. He conocido a mucha gente a través de páginas de PreDiagnóstico pero siempre me sale mal luego, cuando hacemos intercambio. Ya nada es lo mismo. Días atrás entré en la tienda, haciendo acopio de la valentía que me quedaba escondida, restos de algo que ya no existe, e intenté hablar con ella, saludar, simplemente.

Lo siento –dijo – deberías revisar tu Personalidad, alguna cosa me impide leerte.

Me fui.

 

3

Lo intenté con el espejo cuando era nuevo. No entendía entonces que el problema no era tener uno mejor, muy caro, tanto que me dejé sueldo y medio en él. Al principio, entusiasta, probé y probé de cientos de formas convencido que encontraría a mi Yo Ideal y lo petaría allí donde fuese. El problema es que hay millones de Yo Ideales en las calles convencidos de que lo petarán allí donde vayan. Ser especial se ha vuelto anodino.

 

4

Al llegar a la oficina me hacen esperar, sentado en una de muchas sillas gris aburrido. Hay revistas animadas en una mesilla de al lado. En una de ellas, una chica vestida en ropa interior me guiña un ojo; en otra, una familia perfecta me enseña su casa y, en otra, girada del revés, se anuncian los nuevos modelos de espejos personales. En el fondo, pienso, todo es jodidamente triste. Al cabo de unos minutos, una mujer con cara de tener cosas más interesantes por hacer, me pide que la siga. Solo levantarme me doy cuenta que, en realidad, no quiero ese trabajo. No quiero ninguno. Quiero encerrarme en casa y jugar con el espejo. Quiero mirarme en él hasta que se gaste mi imagen, que no es ya más que el cúmulo de muchos yo que no son yo, quiero ver en el fondo de mis ojos color avellana algún resto de lo que fui.

Entro en una sala pequeña con una mesa demasiado grande. Dos mujeres, una a cada lado de la mesa, hacen ver que miran algo en sus tabletas. Hay un sitio para mí en el centro, justo debajo de un cuadro de caballos pintados con ese tono hiperrealista que asusta a los niños. Ahora soy yo el cortapichas, a los pies de los caballos. Me saludan las mujeres, me siento, los tres estamos demasiado apretados entre la mesa y la pared. Preguntas rutinarias, preguntas trampa, preguntas personales. La entrevista me sale mal, me muestro inseguro y confuso, incoherente y disperso. He diseñado mal mi personaje. Cuando acabo, sé por sus caras que no cambiaré de empleo esta vez. Y es que no estaba convencido de quererlo, y así no se logra nada. Al largarme, en el ascensor, veo mi cara de “seguro y tranquilo, capaz de liderar proyectos y gestionar conflictos” que llevo. Pero no ha funcionado. El espejo y yo creo que no nos entendemos. Es más fácil pensar eso que pensar que el problema soy yo. Vuelvo a casa a mirar al bicho, a ver si sigue ahí. Antes miraré a la chica de la tienda e imaginaré que no necesita leerme la Personalidad, sino que desea conocer mi personalidad.

 

5

El cortapichas ya no está. Debe de estar refugiado detrás del retrete. Pulso el botón de autolimpieza y me advierta una voz que eso costará 150 créditos y solamente me quedan 400. ¿Deseo continuar? No. Voy a la galería y busco las cosas para limpiar el lavabo manualmente. De fondo pongo un canal de música personalizada, me da igual molestar a los vecinos. Friego el retrete, quito el polvo, ordeno el pequeño armario lleno de medicinas caducadas para mi depresión, mi angustia, mi estrés, mi aburrimiento y mis cien cosas, barro, limpio el lavamanos, recuerdo el cuadro con los caballos. Al terminar, paso un trapo por el espejo y este se activa. Casi no me reconozco. El que tengo delante parece alguien entero, sólido, macizo.

Buenas tardes, ¿deseas cambiar la configuración establecida?

Quiero volver al principio, borrar todas las configuraciones.

¿Quiere volver a la primera configuración guardada?

No, quiero volver a mi estado inicial.

No hay ningún estado inicial guardado.

Yo tampoco recuerdo mi estado inicial. Antes la gente, como mucho, se maquillaba o se arreglaba. Ahora, desde que se inventó el espejo, somos como necesitamos ser en cada situación. Según un reportaje que vi, se han dado tres tipos de casos diferentes: la mayoría ha creado sus yo anulando los anteriores y viven en una mentira perenne; en segundo lugar, están los que van saltando de yo en yo, como un juego; y los terceros, los míos, el consuelo del tonto al encontrar alguien más tonto, los que vivimos anulados entre tanta máscara habiendo perdido toda identidad. Un tanto por ciento casi imperceptible, dijeron, uno entre millones. Hay terapias para nosotros. Soy especial. Yupi.

¿Cuál es la primera configuración guardada?

El espejo escupe una fecha, en voz y escrita. Y una ficha, escrita, con la descripción de rasgos. Empezó cuando compré el espejo nuevo. Allí ya estaba dañado. Yo, no el espejo. No hay vuelta atrás, solamente me queda una alternativa. He de tumbarme a los pies de los caballos, para que no me pisen.

 

6

La chica pelirroja, con un vestido estrecho de color verdoso, cierra la tienda. Su elegancia y su belleza me imponen y creo que me sobrepasan. Siempre me he visto inferior y eso me hace temer que los demás lo vean igual. Espero en la esquina. Es un anochecer de aquellos en que los colores no brillan, todo está tapado. He repasado en mi cabeza unas cuantas veces el plan a seguir pero, como siempre, acabo improvisando porque la mayoría de mis planes presuponen que soy un tipo decidido y valiente. La sigo, la veo caminar por la parte segura de la calle, la iluminada, la acera donde todavía quedan comercios abiertos. Me siento mal haciendo esto, pero necesito caminar para ver si encuentro algo de valor tirado en el suelo, que se cayera del bolsillo de algún despistado o que alguien, a quien le sobraba, lo tirara con desdén. He prefijado el objetivo en el espejo. Después de dos esquinas, acelero el paso y como no quiero asustarla la llamo cuando me faltan unos metros para alcanzarla. No sé su nombre, así que grito un “disculpa, perdona” redundante. Ella se gira y muestro una sonrisa que no es mía, ensayada e impostada. Permito que me lea. Es como desnudarse pero teniendo debajo de la ropa otra capa de ropa. Le gusta lo que ve, sonríe. Me presento, le explico que desde el día que entré en su tienda pienso en cómo darme a conocer, miento diciendo que podía haber recurrido al espejo pero que entonces me habría sentido fatal. Ella se sonroja y me dice que ella sí recurre al espejo a menudo. Cuando va a trabajar. Silencio. Pregunta si me ha decepcionado y corro para decir que no, que claro que no, que yo también a veces, que todos lo hacemos y que para eso está el maldito chisme. He dicho maldito chisme adrede. Le pregunto si puedo acompañarla andando, como a la vieja usanza, va a la parada de cabinas elevadas de tres calles más abajo. Reconoce que le queda lejos y podría ir en metro o autobús, pero las cabinas la hacen sentirse segura. Andamos y charlamos al tiempo que una lluvia ligera empieza a empujarnos por la espalda. Se ríe con lo que le digo, me río cuando ella se ríe. Al final nos cuesta separarnos. Antes de que suba, informo que estoy aquí de paso, que vivo en un hotel durante unos días por una cuestión de trabajo y que me gustaría volver a verla. Quedamos para mañana, para desayunar. Desde la cabina, comenta que le encanta que me haya presentado así y no usando ninguna aplicación. La veo irse. Bajo de la estación elevada y camino, buscando un hotel donde hospedarme, después que he pasado horas diseñándome y, al acabar, he roto el espejo y he matado al bicho del polvo, imaginando la paradoja de que era yo uno de los caballos del cuadro, pateando mi propia cabeza.

Ahora ya sé que no soy cierto.

 

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