69 – @IAlterego84

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Estados Unidos. Costa oeste. Carreteras secundarias. Un Chevy de antes de la guerra avanza a trompicones sobre dunas de alquitrán parcheado y matorrales que crecen en la cuneta. El conductor se aparta el sudor de la frente con un pañuelo manchado de sangre. Viste un traje oscuro sobre una camisa blanca tintada en rojo. En el asiento del copiloto, un 38 y un maletín. A juzgar por su aspecto y la manera mecánica con la que mira por el retrovisor, el viaje no es un viaje de placer. Más bien huele a huida desesperada. Sus pupilas dilatadas se pierden en las ondas térmicas que escapan del asfalto, buscando un lugar en el que detenerse. El cansancio es patente y un tic en el párpado izquierdo da fe de ello. Es difícil que le hayan podido seguir el rastro hasta ese punto. De haberlo hecho, a estas horas no estaría conduciendo. Como mucho, siendo pasto de gusanos en una fosa improvisada en el desierto y los veinte kilos de heroína que lleva en el maletero habrían cambiado de dueño. Eso, seguro.

Tras un cambio de rasante, y de verse cegado por el sol que le da de lleno en la cara, encuentra un local destartalado. Su nombre es sugerente, Km 69. Sonríe, sintiendo la boca seca, lastrada por el tabaco y los tragos de whisky que apura de la petaca cuando el dolor se vuelve insoportable. No se ha molestado en medir las consecuencias del mordisco de plomo que lleva en el pecho. Peor parado acabó el chivato cuando un Winchester le reventó la cabeza, enseñándole que hay que ver con quién se puede hablar y con quién no. Pumb. Clic. Clic. Pumb. Media cara borrada del mapa. Un lengua en mitad de un callejón. Fuego cruzado con una patrulla, y un viaje que empezó su recorrido…

…para acabar allí. En el polvoriento aparcamiento del Km. 69, junto un edificio que ha conocido tiempos mejores. Se baja del coche. Punzada de dolor. Gesto que se contrae. Una mano que agarra con fuerza el maletín, mientras que la otra se dirige de manera involuntaria a la petaca. Nuevo trago. El sabor del Vat 69 hace que la herida siga doliendo igual, pero al estar pendiente de no vomitar pasa a un segundo plano. Saca un Winston de la americana y lo enciende, acercándose a una puerta destartalada bajo un letrero deslucido en el que puede leerse «Recepción».

Dentro, una mujer sentada al otro lado de un mostrador mata el tiempo mascando chicle con la boca abierta ojeando una revista. Sin levantar la vista de las página, le advierte que sólo queda una habitación libre. Si la quiere, se paga por adelantado. Si no, que se vuelva por donde ha llegado que no quiere problemas con la justicia.

Atónito, el recién llegado da una calada al cigarrillo. Una sola habitación libre en un motel con pinta de llevar abandonado desde antes de lo de Pearl Harbor. Mira hacia la entrada. La luz del sol contrasta con la oscuridad que le rodea. Entrecierra los ojos. El dolor empieza a ser patente. Un chute de caballo le ayudaría bastante a pasar el rato. Ya se sabe: reducir pulsaciones, menor riesgo de hemorragia, un coagulo de sangre que tapona el boquete del pecho…

Está bien, dice tras pensarlo unos segundos. La mujer al fin le mira y le dedica una sonrisa enigmática, de estas que insinúan más que ocultan. Él la observa. Rubia, pelo recogido en un moño alto. Vestido blanco de topos rojos, a juego con el color de sus labios. Y una sensación de paz extraña en su interior, teniendo en cuenta el bagaje de pólvora, muertos y kilómetros que lleva encima, cuando sus ojos se cruzan con los de la mujer. Ella también le aguanta la mirada, levantando una ceja. Él sonríe con esa cara de púber onanista que siempre se le pone cuando los nervios hacen de las suyas ante la presencia femenina, hasta que una tos áspera, seca, rompe el encanto del momento. Hora de pagar. Una llave atada a una chapa metálica con un 69 grabado. El maletín que se abre. Fajos de billetes. Ojos saliéndose de las cuencas desde el otro lado del mostrador. Sonrisa enigmática, de tío de mundo como diciendo esto está al orden del día en mi vida, muñeca. Un fajo que sale. La tapa que baja. Clac. Clac. Transacción y hora de descansar, que las horas de tensión acumulada empiezan a pasar factura.

Una escalera de madera que cruje a cada paso conduce a la parte superior. Una pasarela del mismo material se proyecta frente a él, sin que las habitaciones que quedan a su izquierda parezcan albergar vida, más allá de los ácaros y demás insectos que pueda haber dentro. Avanza con pesadez. El calor es insoportable, y algo le dice que su alojamiento no va a ser el paraíso precisamente.

Abre la puerta y una bofetada de aire caliente le saca de dudas. Suelos de linóleo, una cama de sábanas amarillentas. Una ventana que da al desierto, una puerta cerrada que parece conducir al baño y una atmósfera húmeda, sofocante.

Conteniendo la respiración, entra y deja las cosas a los pies de la cama. Se desnuda despacio, evitando mirar directamente la herida. Prefiere palpar y hacerse una idea. El dolor le hace apretar los dientes. Los ojos se le inundan de lágrimas y se deja caer con pesadez sobre la colcha. El colchón chirría. La sensación de ahogo es palpable y siente que los bordes de la herida se tensan cuando dejar un brazo y busca los pantalones en el suelo. De uno de los bolsillos saca el tabaco y del otro un envase de sulfamidas. Se enciende un cigarrillo y lo deja en el borde la mesilla. Coge aire y lo retiene en el pecho. Lo que está por venir va a doler, lo sabe. El gesto se le vuelve una máscara crispada cuando el polvo blanco empieza a caer sobre la herida. Si escuece, desinfecta dice la voz de su madre en el interior de su cabeza. Da una nueva calada larga, sintiendo que todo a su alrededor empieza a dar vueltas. Después, pierde el conocimiento.

Sobresaltado, abre los ojos cuando algo que suena como el estampido de un fusil retumba en la noche. Está a oscuras. No ve nada. Sólo intuye que las cosas se están torciendo. Tiene la piel empapada en sudor. Se siente débil, febril. Se pasa una mano temblorosa por la frente. Está ardiendo. Un escalofrío le recorre el cuerpo como una descarga eléctrica, y entonces lo escucha. El tintineo de unas esposas. Su mano izquierda está engrilletada al borde del somier. Forcejea y la bombilla que cuelga del techo cobra vida, cegándole por momentos. Cuando sus pupilas se acostumbran, lo que ve no le gusta. La tía de recepción está acompañada de cuatro tipos con cara de pocos amigos y pinta de ir colgados. Uno le apunta con una recortada a la cara. Dos de ellos hacen florituras con una navaja, en plan película de acción y el otro se agacha a por el maletín. Intenta decir algo, pero al tacto de los cañones recortados en la mejilla hace que se lo piense mejor.

Trata de organizar sus pensamientos. Ha oído un disparo. El único arma que ve, está fría. La fiebre parece sacudirle con más fuerza. Tiembla. Nuevos tintineos. Pensamientos enfrentados. Y entonces todo sucede a la velocidad del rayo. El mismo ruido. Una patada en la puerta, que no un disparo. Astillas como tarjeta de visita y unas palabras que por momentos suenan a música celestial en sus tímpanos: «Policía de los Ángeles. Suelten las armas y levanten las manos». Hasta que la música se convierte en una tormenta de plomo y órganos que revientan. Cierra los ojos y grita con desesperación. Algo impacta en su cabeza con fuerza y le rodea la noche una vez más.

Cuando vuelve a abrir los ojos es de día. El sol le da de lleno en la cara. Sigue sintiéndose débil y el cañón de un 38 apuntándole a la cabeza no presagia nada bueno. Un tipo con cara de sheriff de película del oeste abre los grilletes y le sacan de la habitación en volandas. Las preguntas se suceden. Sus silencios también. ¿Dónde está la heroína? ¿Y la pasta? Hasta que cambian las tornas y es él quien pregunta y ellos quienes callan.¿Dónde vamos? Mejor dejar actuar a la naturaleza, dice uno de ellos, volviendo a esposarle esta vez al radiador de su coche. Otro, saca del maletero del coche patrulla varios botes de melaza, mira a su alrededor y sonríe antes de echárselo por encima y esperar a que las primeras hormigas se apunten a la fiesta. Después, gritos, dolor, agonía e impotencia al ver cómo el caballo cambia de mano y una certeza: jugársela al Cártel eliminando a un chivato y largándose con la pasta y la mercancía, no son una buena idea.

 

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