6 grados – @sor_furcia

Sor Furcia @Sor_furcia, krakens y sirenas, Perspectivas

Capítulo 1

 

Ricardo

Hola,

¿Conoces la teoría de los 6 grados de separación? Según ella, todas las personas de la Tierra estamos conectadas entre nosotras a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios. Pues bien, te propongo un juego.

Esta carta ha llegado hasta ti porque alguien te ha nominado para morir. Sí, como lo lees. La muerte te está acechando y tú, hasta que no has abierto este sobre, no tenías ni puñetera idea.

Pero no te preocupes, todavía te puedes librar. Solo tienes que elegir a alguien de tu alrededor que merezca morir antes que tú y nominarle. Aunque no va a ser tan sencillo, no me vale cualquiera. No puedes señalar con el dedo al kiosquero, o al camarero del bar en el que tomas el café. La persona a la que nomines tiene que ser alguien de tu entorno más cercano, alguien que conozca tu nombre de pila, y tú el suyo, y de quien sepas la dirección de su casa.

Cuando lo hayas elegido debes dejar bajo tu felpudo esta carta en un sobre con sus datos de envío, para hacerle llegar la cadena. Pasaré a recogerla y, si has hecho bien tus deberes, no volveré a molestarte más… A no ser que nomines a la misma persona que te nominó a ti, ya que entonces ambos moriréis; o que la teoría de los 6 grados sea muy puñetera y seas nominado dos veces. En ese caso, ya nada ni nadie podrá salvarte.

Buena suerte.

 

Ya es la tercera vez que lee la carta y aún no da crédito. “¿Será una broma?” —se pregunta mientras se seca unas gotas de sudor que le resbalan por la frente—. Si es así, no tiene ninguna gracia. Por más vueltas que le da, no se le ocurre nadie capaz de gastarle una broma de tan mal gusto pero, sin embargo, sí se le ocurren algunas personas que le nominarían para morir sin pensárselo dos veces. Como su ex, por ejemplo. “Maricón ¿no vas a dejar nunca de joderme?”. Apostaría dinero a que ha sido él. Podría ser su socio, para quedarse con todas las acciones del bufete ahora que el negocio va bien; o el carca de su cuñado, aunque, pensándolo mejor, seguro que no tiene cojones para hacerlo… «No, seguro que ha sido él». Se lo imagina en la terraza de su ático de la calle Serrano, tomándose un zumo de esos verdes de moderno de mierda que le gusta tomar, poniendo su nombre y su dirección en el sobre y dejándolo bajo el felpudo para, después, entrar a echar un polvo con el musculitos sincerebro de su nuevo novio. Se le pone más mala hostia solo de pensarlo. Pero lo que más le jode es no poder nominarle de vuelta porque, si lo hace, ambos morirán. Y, seamos sinceros, a él le viene ahora mismo fatal morirse.

“Ya lo tengo, nominaré a su madre, que se joda”. Su exsuegra, esa cotilla prepotente e indeseable que nunca creyó que fuera suficientemente bueno para su hijo. Aunque, pensándolo mejor, eso le quitaría un peso de encima a su ex, porque la verdad es que él nunca le pareció tampoco suficientemente buen hijo, y ella se pasaba el día recordándoselo. Seguro que le fastidia más su madre viva que muerta. Así que, que se joda, se merece seguir teniendo a esa arpía amargándole la existencia.

Deja de pensar en ellos un momento, tira la carta en la encimera de la cocina, saca un vaso y se prepara un whisky con hielo que se va bebiendo sorbo a sorbo hasta que, de repente, una bombilla se enciende en su cabeza. Se lo termina de trago, va hacia su despacho, coge su agenda, un sobre y un bolígrafo, mete la carta sin volver a leerla dentro, cierra el sobre y, mirando en el listín telefónico, escribe un nombre en él —orgulloso de haber tenido tan buena idea.

La destinataria se llama Maribel. Es su secretaria, pero lleva meses de baja por depresión. Al parecer se comió un bote de pastillas, pero pudieron salvarla. “Total, si se quiere morir, qué más da, seguro que a ella le da igual estar nominada”. Además, no parece que tenga intención de volver a trabajar próximamente, y él no quiere tener que seguir pagándole su sueldo por no hacer nada; y la sustituta que ha tenido que contratar no lo hace mal del todo y es mucho más joven y estilosa, así que prefiere que se quede ella antes de que vuelva la vieja loca amargada. “Sí, sin duda es la mejor idea”. Abre la puerta, mete el sobre bajo el felpudo, cierra sin más miramientos y se prepara para darse una ducha.

 

 

Maribel

Cuando recoge el sobre que sobresale bajo su felpudo, con su nombre escrito a mano y sin remitente, le resulta extraño. Lo abre y, al terminar de leer la carta, tiene la mano tapándole la boca y los ojos como platos. Que una cosa es que la vida sea dura, pero esto ya es ensañamiento… Entra en casa y se sienta en una silla de la cocina, deslizando de nuevo sus ojos entre esas líneas. “…alguien te ha nominado para morir… elegir a alguien… que merezca morir antes que tú… ya nada ni nadie podrá salvarte”. La vuelve a doblar, delicadamente —como si sus manos susurraran—, y se le escapa un suspiro, mientras un sentimiento de culpabilidad le invade. Hay un nombre que planea por su cabeza. Solo uno. El más fácil. Y a la vez el más difícil.

Todos estos meses atrás han sido un infierno. Quizá podría quedarse ahí sentada esperando a que el psicópata que la ha metido en este juego apareciese por la puerta y acabase con su sufrimiento. Ella ya lo intentó, pero no fue capaz. Quizá quitarse del medio es la única manera que se le ocurre de poder respirar tranquila. Eso, o escribir en el sobre el nombre que está pensando.

Cuando fue madre no se imaginaba que la vida la llevaría hasta el punto en el que se encuentra. Todo había ocurrido hace mucho tiempo. Ella era muy joven y, aunque el padre no quiso hacerse cargo, decidió seguir adelante sola. Había intentado hacerlo lo mejor posible, pero se ve que no lo había conseguido. Toda la vida trabajando de sol a sol, intentando educar a su hijo lo mejor posible, tratando de alejarle de las calles, de las malas compañías… y fracasando.

Primero fueron los porros, dejar los estudios, las carreras de coches… Después vinieron las drogas más duras, ponerse violento con ella, detenciones por robos, por peleas, y la heroína, la maldita heroína…

Nunca podrá borrar de su mente y de su cuerpo aquella noche semanas atrás. Él llegó a casa nervioso, sudando, pidiéndole dinero. Ella no se lo quiso dar, sabía para lo que era. Forcejearon, quería robarle la cartera, ella se resistió. Cada vez se fue poniendo más violento, la pegó, la tiró al suelo y, cuando la tenía allí tumbada, llorando, empezó a darle patadas hasta que acabó marchándose con su botín. Todo fue muy rápido, horrible. Ella se sintió morir. Fue al baño, cogió un bote de pastillas y… Sacude la cabeza. No quiere recordar.

Se seca las lágrimas y decide salir a la calle. Baja a la papelería de la esquina, compra un sobre, sube a casa, mete la carta dentro y escribe su propia dirección en el destinatario pero, en lugar de su nombre, pone el de él, el de su hijo. Lo que más quiere pero, a la vez, lo que más necesita que desaparezca. Y la desliza tímidamente bajo el felpudo.

 

 

[Continúa en el Capítulo 2]

 

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