50 palos – @IAlterego84

IAlterego84 @IAlterego84, krakens y sirenas, Perspectivas

A ver, empecemos con un concepto claro. No es nada personal, estás donde estás por hacer lo que has hecho. ¿El qué? Algo sencillo, jugar con las personas equivocadas. Las reglas del juego son sencillas: nunca apuestes si no puedes pagar lo que pierdas. Si lo haces y no hay efectivo para saldar las deudas, una parte de cuerpo acaba hecha serrín y todos tan contentos. Tú, recibiendo una pensión por invalidez. Nosotros, a otra cosa. Como ves, el negocio es redondo. Ve eligiendo qué prefieres, mano o pie. Derecho o izquierdo. Todo debidamente cauterizado con una lamparilla de soldar, pero primero vamos a divertirnos un rato. Deja que te cuente un cuento o al menos te refresque un poco la memoria. Que a juzgar por cómo me miras, creo que se te hemos sacudido demasiado fuerte en la cabeza y si no te has quedado sonado, al menos algo de amnesia parece que sí que tienes.

Tú y unos amigos habéis venido al lugar equivocado. El casino. Nuestro casino. A querer poner en práctica las gilipolleces que os cuentan en la facultad los profesores sobre probabilidades, estadística y azar. Ya sabes, técnicas para contar cartas. Evaluar las posibilidades más favorables estudiando jugadas previas para poder sacar un patrón. Mierdas de esas. Y la verdad es que la cosa os iba bastante bien. Casi nos desplumáis. Casi. Pero claro, jugar implica un riesgo: perder. Y la gente que me paga no está acostumbrada a eso. Siempre ganan.

Y mientras al que estaba en la sala de control le empezaba a hervir la sangre, pues vosotros a lo vuestro. Palmadas en el tapete. Risas y carcajadas. Y todo el mundo pendiente de vosotros. Fichas de colorines apiladas frente a vosotros y una vuelta más a la ruleta. Todo al rojo. Ahora al negro. Mitad y mitad. Y, por increíble que te parezca, en un par de momentos la banca perdiendo más de lo que había ganado en toda la noche.

Os lo habíais montado bastante bien. Distribuidos por distintas mesas. Jugando a eso del pardillo que apuesta hasta la dentadura postiza de su abuela por si tiene algún valor, y perdiendo. Hasta dejar la mesa caliente. Momento de levantar el vuelo y dejar que sea otro el que recoja lo sembrado. Algo magistral. Bingo para el caballero y un par de botellas de champán pagadas en fichas para celebrarlo. Plof. Descorche y chorreón de espuma. Botella en alto y el glamour del ganador dando sus resultados. Tías que se os acercaban. Crupiers de gesto serio negando con la cabeza y la cara congestionada, como si la pajarita les apretara la carótida, repasando mentalmente la manera en la que se la habíais podido colar hasta el fondo y estar al loro para próximas jugadas

Espera. Espera. Espera. Que te has vuelto a quedar inconsciente y esto de hablar solo no me gusta. Es un poco triste. Así mejor. Un cubo de agua y vuelves a la vida. Mano de santo. Sigamos. ¿Por dónde iba? Bueno, es igual. Voy a echarme un cigarro a ver si esto me refresca la memoria. No te molestes en hablar, te hemos estallado un par de dientes antes de traerte aquí y tienes las encías que da pena verlas. Chillabas mucho y eso es malo para el negocio. Ya sabes. La prensa haría su agosto cubriendo la noticia de alguien que desaparece en el aparcamiento después de ganar una fortuna. Así que no nos has dejado otra alternativa. Una barra de plomo en el hocico. Por momentos he pensado que te habíamos dejado tieso, pero no. Sólo ha sido el susto. Piezas dentales rompiéndose en mil pedazos y manso como un cordero te hemos metido en el maletero de un coche. Sí, sé que suena muy a película de gángsters, pero es la mejor manera de llevar a alguien al matadero, ¿no crees?

Doy un par de caladas mirándote fijamente. Sé que tú a mí no me ves, sólo me oyes. Te hemos esposado a una silla con un foco halógeno dándote de lleno en la cara. No es que me importe demasiado que me veas la cara. Tienes pocas posibilidades de salir de aquí de una pieza y, si no lo haces en trozos dentro de una bolsa, sabes que no es conveniente ir a la policía para cantar y que hagan mi retrato robot. Pero más vale prevenir que curar. No sabes lo rencorosa que se vuelve la gente cuando les cortas un pie y con los cambios de estación el muñón les pone quisquillosos.

Bueno, que me pongo a divagar y por lo que me pagan es por hacer que la gente como tu hable. No por entreteneros. Vamos a poner crear un poco de suspense. ¿Lo oyes? Son unas tenazas. Clinc. Clinc. Y esto, espera. Pomb. Pomb. ¿No lo sabes? Un martillo de cabeza redonda. Veo cómo te estremeces sólo con esto, y sonrío. Espera a escuchar cómo suena un hueso al partirse, es como crack, una rama seca ¿lo has oído alguna vez? Las primeras veces impresiona, pero al final acaba siendo la banda sonora de tu trabajo. Como la radio en una peluquería, el sonido del torno en la consulta de un dentista, o el goteo de cañerías y los chillidos de las ratas que nos rodean en este sótano.

Es igual. Doy una calada más y me acercó a ti saliendo de las sombras. Mis pasos suenan agudos en el linóleo del suelo. ¿Sabes por qué ponemos esta mierda en el suelo y no cemento como en las películas? Sencillo. Esto es impermeable, una pasada de fregona y la sangre se va sin dejar rastro. Aquí el luminol poco tiene que hacer. Además, cuando los nervios aprietan se pierde el control de los esfínteres y esto es más aséptico.

Cuando notas que estoy detrás de ti, antes de que te agarre del pelo y tire con fuerza hacia atrás, te pones rígido. A juzgar por tus canas, tampoco eres un adolescente con ganas de pasar una noche loca. A ojo, tus cincuenta palos no te los quita ni Dios. ¿Quién coño te manda a tus años meterte en estas cosas? Bueno, es igual. Empecemos el baile que me está entrando hambre, y créeme, mejor no conocerme cuando no he comido.

Dos falanges amputadas después, charcos de sangre y gritos como para montar filarmónica del tormento y el dolor.

¿Ves? La cosa no era tan complicada. Sólo tenías que decirme unos nombres y dónde encontrarlos. ¿A que no ha sido para tanto? Bien. bueno chico. Pero, ¿sabes una cosa? A mí también me gusta jugar y soy un tramposo magistral. ¿De verdad creías eso de que ibas a salir de aquí? Ingenuo. Digamos que era una de las muchas mentiras piadosas que tenemos que decir en esta vida para conseguir lo que queremos. ¿No lo entiendes? Espera, mi amigo el 38 quizá te aclare las dudas. Clic. Pumb. Hasta luego.

 

[ Continua en “Mentiras piadosas” ]

 

Visita el perfil de @IAlterego84